lunes, 11 de mayo de 2020

La cima se siente abismo

                                     Abril 29 del 2020, en el que la cima de montaña hoy se siente abismo.

Sí, hay días y días. Llevo tres en que no puedo ni mirar largo, tampoco muy adentro. No hay preguntas que esperen respuesta, ya ni una sola. Me cansé de preguntarme cosas.
Reniego de ti, también, a veces. Y me digo lo absurdo de esculpir tu existencia. Otras, te espero como espero que llueva. Ese milagro.

Ha dejado de llover, arreció el calor y sólo quiero dormir largo, pero tampoco lo consigo. Los sueños se han vuelto retorcidos, trenzan a todo tipo de gente: la que da y la que quita. La viva y la muerta. La reciente, la casi olvidada. Casi, digo, porque asoman atrevidos mientras duermo. Parecen venir a desempolvar historias añejas y quitarles el salitre. He soñado también con el silbido de la nauyaca. Claro, la sueño bajo mi cama.

Ya decidí no pensar en ella, por mortal que sea su veneno. Camino en zigzag, no dejo de mirar dónde piso, y evito los nidos de hojas y troncos que le serán fresco refugio.

¿Por qué no te sueño a ti, entre tanto revoltijo? ¿Me meteré yo en tus sueños, a punta de repetirme que existes?

Hoy me sabrías cansada. Estos últimos días traigo un para qué, listo en la boca. Ya guardé en un cajón lo bucólico y romántico del bosque, ya reniego a enlodarme a toda hora, lavarme y relavarme. Cargar troncos, bajar, subir sin tregua, sudar en cascada, apaciguar ronchas y sacarme aguijones y astillas de la piel.
Insistir con la pintura, perseguir palabras, cocinar, ¿qué se come? Recoger, alzar, sacarle garrapatas a mi Jarocho, untarle ceniza en el cuero para calmarlo.
El sol ya se me metió, como fuego, instalado en los huesos. Los treinta y cinco grados me vuelan los sesos, nublan cualquier pensamiento y me hacen crujir la espalda.

Tengo que contarte, a ratos te escribo como si me supieras. Jarocho es un Golden retriever, pequeño para su raza y de mirada nostálgica. Tiene la mirada de quien se conmueve con un poema recién descubierto y queda en silencio, mientras lo acomoda en sus emociones. Tendrías que verlo con un paliacate verde al cuello.

Qué bueno no sabernos nada en estos días. Si me tuvieras de frente verías a una mujer revuelta, confundida, hastiada.

Apenas colgué la mirada en la Antología del cuento triste, entre esos: Bartleby, el escribiente. Como él, yo también preferiría no hacer una cosa ni otra, preferiría no vivir cambios, preferiría no moverme.
Preferir. Ese verbo que hoy conjugo con Bartleby.
Mejor ser el árbol de enfrente, que sólo es. Ahí nació, ahí se está y se queda. Ser el tucán que va de un árbol a otro. Ser la lluvia o la neblina.

Hoy, hay que olvidar los proyectos entre manos, olvidar que se tiene manos. Darles cuerda es ponerse un picahielos en la panza. ¿Para cuándo?

Esta espera hace como que no espera, y espera algo que no sabe qué es, ni cuándo vendrá y ya se me ha cansado. Se aburrió. La relevó la cara verdosa del hartazgo. El prefiero no. Frente a todo. Nunca tuve madera para Penélope.

Ya dejé de pensar los tiempos de lo que fue la agenda, hasta no hace mucho. El libro terminado, la obra de teatro, los talleres a mujeres presas. Ya dejé al tiempo. Se me cayó de las manos.
Y te pienso más estos días, en que tu rostro y voz me dan sombra y consuelo.

Mi bisabuela Cruz era mujer del campo, crió a mi padre, huérfano desde los nueve años, en tierras de Jalisco. Para que él no escuchara temas adultos, de sobremesa, le decía Ve a ver si ya puso la marrana. Métale el dedo a la gallina, mijo, a ver si ya trae huevito. Y sus historias me quitaban el sueño cuando niña. Como a ti, la anhelaba en mi vida.

Por alguna razón, a mi padre le dio por repetirme Cuánto me recuerdas a mi abuela. Cómo te hubiera querido Crucita. Era una mujer calzonuda que decía cosas como A los huevones los cura el hambre y a los cabrones, ni el tiempo. O Por esperar a los de a caballo, se les fueron los de a pie. Y claro, su marido era tenedor de libros, medio borrachín y ella trabajaba por los dos.

A cuarenta y dos días de pandemia, esta cima se siente abismo. El trabajo es arduo e inacabable. Una lluvia o un viento fuerte te multiplica las tareas.

Y Cruz, Crucita, con su pelo blanco entre pasadores, vuelve y vuelve a mi mente. Esa viejita que no conocí, y que fue la más alta figura para mi padre, que se fue hace poco. Me habló tanto de ella y nunca faltaron algunas lágrimas hacia la parte final del relato.

Unos días antes de partir me dijo Crucita y yo te vamos a estar esperando. Y cuídate mucho, porque verás, la vejez es una masacre.
Celebro tanto que no le tocara esta pandemia delirante, había vivido ya el delirio senil, sin darse cuenta. Esto lo tendría anudado de angustia. Y a mí, pensar que algo de esto lo rozara. O no pudiera despedirme.

Un día vas a contarme de ti, aunque invento tus respuestas. Y a darme acuse de recibo, de algún modo, que sellarás con la certeza en tu mirada. Que leíste estos asomos breves, que algo pudiste verme, aún a tientas.
Yo no te escribo cartas, lo que hago es abrirte la ventana, mostrarte mi paisaje, decirte Ven. Ya es tiempo. Sólo que pase este bajón que sabe a rendición y suele durar unos tres días. Luego remonto.

Y aún con sabor de abismo en la lengua, te espero,
I

@irmazer


Abono al cofre desde la misma cima

Abril 20 del 2020, abono al cofre desde la misma cima.

Ha pasado una semana. Siento como si hubiera pasado más tiempo. En esta temporada los días se alargan de más. Les cabe tanto, y miras el reloj para comprobar que son, apenas, las tres de la tarde. Ya noté que no es hacer por hacer, sino un hacer para ser. O eso busca.

Los cafetales se llenaron de granos rojos en su punto. Le di a la pizca. Cortarlos, quitarles la piel, ponerlos a secar al sol sobre una malla. Sacar el corazón aún pálido, que luego será verde. Tostar, a fuego lento, con aún más paciencia de la que tengo (al descubrir, por ejemplo, nuevos avisperos por todas partes) en pensarte y darte forma.

Previo a los granos, la flor del café se cierra y forma en la rama, una larga hilera de brotes como colmillos blancos. Simula filo. O mi mirada se empecina en ver filo.

Empecé esta carta en el balcón, quería que nos sobrevolaran las aves de por acá, pero he entrado en la casa, para escribirte sin veneno nuevo. No es metáfora.
Qué de brava es la naturaleza que no deja de recordármelo.
Tengo una roncha encimada a la anterior, parecen de colección. Y de noche, un ardor en la piel que semeja al del amor propio herido o al de la decepción.

Encima de mi cama vestida de algodón blanco, volteo y miro en el buró: junto a una jarrita con gardenias que corté ayer, y que lo perfuman todo, un gran machete. No sé si es más brillante que filoso. Te preguntarás si sé usarlo. Sí.
También tengo -al mes de confinamiento - buena mano con el serrucho y la sierra. Mis ojos le dibujan futuros a los troncos caídos, le imaginan utilidad. Las manos obedecen. Quién me viera. Ojalá que tú. ¿Qué verías?

El muchacho que trabaja aquí, dijo ayer Oiga, oí cantar a una nauyaca.
¿Dónde mero?, apuré a preguntar. Cómo quedar indiferente.
Aquí abajito, dijo seco, y sus dedos señalaron una mínima distancia. Un metro. Así me lo soltó, sin el menor susto en su gesto, yo lo imité.
¿Qué se hace, si llega a morder?, creo que preguntó un agujero en mi pecho.
Pos, dudó un rato, vamos con los culebreros, ellos saben cómo sacarle el veneno a uno. Ellas son bien tímidas, recalcó.
Ah, ¿sí? Bien tímidas, repetí, y seguí aparentando calma.

Caminé lento. Nauyaca o serpiente terciopelo, me fui, rumiando. Culebreros, resoplé. A saber qué hagan para expulsar el veneno.
No pasé buena noche, huelga aclarar. Mi cabeza abrió la puerta a varios peligros.
Ya venía siendo racha de barajear posibilidades non gratas y jugar con ellas. A sumar nuevas.

No tengo suero antiviperino y, como te conté, estoy a media hora de coche de la población cercana. Ni tengo el suero ni sé administrarlo. Qué consuelo.

Recordé cuando empecé a venir por esta tierra, hace dos años, y los primeros temores me llevaron corriendo a una farmacia del centro del pueblo a pedir suero para víboras. Tal cual.
El empleado, perplejo, dijo ¿Para víboras? No, aquí no hay de eso, ha de ser en una veterinaria y sólo donde haiga víboras. Que aquí, no. (Debo contarte que Veracruz es famoso por su variedad de serpientes).
Ese fue mi único intento por conseguirlo. No insistí. Fiel a mi carácter distraído, me volqué en algo más, y lo olvidé. Mecanismo de defensa, quizá. Si funcionó, fue hasta ayer.

Que canta la nauyaca. Algunos ven canto donde yo veo mordida, asfixia y punto final. Tan tan.
Por eso el machete en el buró, supongo. Y quizá, las gardenias -a su vera- para suavizar la imagen y perfumar los insomnios.

¿Serás tú de los que actúan en lumbre o de los que se paralizan? Me pregunto. Yo pertenezco a los dos bandos, me he visto en ambos. No sé qué lo defina, si el azar o mi temperamento sanguíneo.

Así que, de momento, agradezco los ratones blancos que corren detrás de la lavadora, y que desaparecen una vez encuentro su agujero y lo tapo. Son casi bonitos. Y las cuijas, las abejas hiperactivas de primavera; los calores de infierno; la humedad que está cerca de lograr que me evapore, por las tardes, mientras la terciopelo no me cante en serenata privada, ni me dé a probar su veneno, ni nos encontremos la mirada una a la otra.

Ya, de tanto escondérmele al virus, desapareció la prisa en todas sus formas. También algunas vanidades. Uso cualquier trapo para vestirme; dejo que asomen las canas, que crezcan y brillen, ya nos hablamos de tú. Que sean y seamos juntas.
Dejé de matizar el olor de mi piel. No disimula el animal que traemos dentro, ruge, se deja ver y oler. Una huele distinto, me gusta conocerme así, a pelo. ¿Para qué acallar el propio olor? Que me cuente quién soy, qué tan suave, qué tan fiera.
Y retomé el baño frío, de noche, aunque los horarios no existen.

Tal vez te importe saber que nunca he sido muy puntual ni muy lo contrario. Hay rachas en que mi disciplina parece japonesa y, otras, en que soy una huelga encarnada en todos sentidos. Por contrastes, soy inacabable.

Mi hija -de veintidós- me repite ¿No te parece que eres demasiado positiva?
Esa frase ha nacido aquí. Y no lo soy siempre. Pero cuando traigo rabia y hartazgo, me callo. Otra lección de esta convivencia donde nadie sale, o lo hacemos las dos juntas.

Ella, que me acompaña esta temporada, está aprendiendo a esperar, a aceptar. Dos palabras fáciles de decir a esa edad. Y a la mía.
Sin internet, no habrá cursos en línea, pero su ser compañera se fortalece. La palabra solidaridad tiene más matices. Creo que, sin darse cuenta aún, nutre y riega a diario, las semillas que va sembrando y busca ya que asomen las flores. Literal y metafóricamente.

La inmediatez de su generación aquí es inexistente. La gratuidad de fondo se desvaneció.
Nos turnamos los quehaceres, las mangueras, los trastes; saca lagartijas; lava y tiende la ropa. Son cosas que no hacía, que antes no le exigí, por absurdo que se lea.

Incluso llegué, aquí, a sentir algo parecido a la culpa. Cómo alejarla de alguna forma de estudio. No tardé mucho en darme cuenta: aquí está esculpiendo su ser, sus cómos. No hay a qué volver, de momento. La propuesta inicial de quince días devino en treinta, y es una cuenta que crece a diario, según golpea la realidad. Vamos en cuarenta y cinco, por venir. Ya no pregunta, ya ni la ceja levanta. A la ansiedad la debilita entre colores y mandalas. Y cocina mejor de lo que imaginé.

Para estudiar habrá tiempo. A aprender a vivir más vale que nos apuremos, aunque es tarea que nunca termina. Acá deshebra sonidos, distingue entre vuelos de pájaros, y tipos de hongos sobre la hierba. Guarda la semilla de cuanto come; toma fotografías de insectos; camina largo; y puedo ver cómo ahonda en sus calladas reflexiones. De repente le asoma una lágrima, a veces las lágrimas son mías: inesperadas, nacientes como sin motivo aparente. Están y ruedan, y las sellamos con un abrazo tan apretado como silencioso. O, cada una en una esquina distinta. Aquí nos estamos viendo las entrañas, y no todo lo que sucede es precioso. Tenemos a la tolerancia en engorda.

Aquí sé esperar -mejor- que pase el desencuentro. También aprendimos que un chico zapote se duerme si no lo dejas a la intemperie. Esto es, que nunca madura y se pudre tieso.

Los ritmos de los temperamentos se parecen a los de afuera. Cada ave y semilla se manifiesta a su antojo. Nada es, a diario, lo mismo.
Los sentimientos arrecian de noche, tanto como la voz de los búhos. La neblina y los recuerdos se confunden en este laberinto. Las hojas caen con la misma ligereza con la que olvido lo que parecía prioridad y hasta urgencia.

Extraño a mis hijos, los otros dos, que libran estos días de virus, a su modo, y en rincones distintos. Nos salva, al menos por un rato, la voz del cariño al teléfono y los videos que logramos por minutos. Mirarnos, saber cuánto queremos abrazarnos. Están creciendo, valorando, repensando sus formas y sus vidas. La incertidumbre araña, rompe, y deja entrar luz de nuevos pensamientos. A los veintitantos, de los tres, eso ya es mucha gracia.
No sé, aún, qué tanto se den cuenta. Está lo que dicen y lo que callan, pero asoma en primer plano cuánto nos faltamos en tercera dimensión, fuera de una pantalla.

Buscamos, todos, una pomada para sobrevivir: al virus, a lo incierto, a la lejanía, a las consecuencias. Y manoseamos los hubieras, pensamos cuánto se irá a la mierda, qué será postergación y qué, destrucción. También recordamos algunos de nuestros olvidos.

Esta era va a reescribir oficios, querencias, hábitos y prioridades. Va a acentuar nimiedades y a permitirnos notar nuestros reveses. Al tiempo.

Que corra el aire y que yo pueda visitar ese nido de nostalgias que llevas en la mirada. Que tu voz líquida se deslice en mi oído, alguna vez. Sin prisa, que ya no quiero recordarla.
Que pase todo esto, arando en nuestra mente y entrañas. Que deje frutos que nos duren.

No conseguí el suero, pero intentaré dormir.
Ya sabes que te espero,

I.

@irmazer

Carta cofre desde la cima de una montaña


Xico, Veracruz, México, a 14 de abril del 2020, en una cima de montaña.

Que te gustara mucho estar aquí y, mientras tanto, saberme arreando gallinas, apenas oscurece, para meterlas en su casita que las protege de las comadrejas. Y es que, ese marsupial horrendo, las devora en segundos. Al principio no lo creí. Comadrejas comegallinas, para contarte su nombre completo. Me parecía una más de las tantas leyendas que rezan por aquí, como si verdades. Después de vivirlo, me crea, incluso, un poco de angustia. Es en lo único que pienso luego de ponerse el sol. Creo que podría hacerte gracia. O no.

Ojalá (porque sólo es la voz de mi deseo) que disfrutaras una lluvia como la de anoche. Ese milagro. Es el único momento, en este lugar, en el que dejan de estrellarse los insectos contra mi cabeza y brazos. Por insectos digo chaquistes, avispas azul ultramar, tan hermosas de brillo y color que cuesta creer que hagan tanto daño y causen fiebres altas durante días.
Ese azotar del viento que hace chocar a los árboles, unos contra otros, el golpeteo del granizo, el estruendo todo de los chaparrones y adentro, los crujidos de la madera que se reacomoda.
El petricor se quedó conmigo y, como si untado en mi olfato, caí dormida.
Desde niña, no hay un olor que disfrute más. Los terrones secos quedaron tan agradecidos como yo.

Ese viento enfurecido refresca como el amor. Aquí, la voz del cielo y sus rugidos parecen ecos animales. Eso pensaba mientras caía al sueño.
El aguacero duró un par de horas y se llevó la luz. Sucede cada vez que llueve, los bambúes son tan altos y fuertes que se recargan, empapados, sobre los cables o los rayos rompen y tumban troncos muy altos. Me quedé sin luz.

Que te gustara -déjame insistir- estar sin televisión y sin internet, como estoy desde hace casi un mes. Que, en su lugar, disfrutaras, como yo, del colibrí que sorprendí muy temprano, con el pico clavado al centro de un diente de león. El vientecito, que hacía volar los flecos de la flor, completaba a perfección la imagen que duró segundos.

Ahora muero por un café, pero estoy sin gas. Aquí lo nada gracioso del asunto: saqué la parrilla, para luego recordar que no había luz. Y tampoco hay agua, porque la bomba que la sube del pozo es de luz. Así que sin luz, agua ni gas, me pongo a escribirte.
Que todo esto -enfatizo- te diera alientos nuevos y algo parecido a la urgencia por mirarnos.
Quiero abrazarnos como si siempre.
Jamás de los jamases he sabido si existes, siempre de los siempres he sentido que sí -en mi epidermis- y no me cabe un hilo de duda. Algo excepcional en estos tiempos, en que la incertidumbre lo permea todo. 

Escribirte es también una vacuna contra la furia y veneno que se debe leer, para saber si aún no hemos muerto o estamos a punto de.

Lo bueno de no conocerte es que modelo, como si barro, tu temperamento y tu ritmo, a mi antojo. Con toda arbitrariedad te imagino y recreo. Invento tus besos y te espero. Cuánto tardarás en venir, me pregunto cada tanto. Hace mucho que te espero.

En este refugio busco escondérmele al virus. No hay humanidad cerca. No, antes de veinticinco minutos en coche, mismos que evito en lo posible.
Escóndetele al virus, tú también, para que esto tenga algún sentido.

Mi ciudad, una de las más grandes del mundo, está contagiada por montón, así que, de momento y por un par de meses, no pienso volver. A veces siento como si mi casa y ciudad se hubieran incendiado y entre esas llamas, se fue todo lo que hubo adentro; desde esa idea, me descubro armando una nueva manera de vivir aquí, en medio del bosque de niebla, donde el aire es purísimo y equivale a estar enchufada a un tanque de oxígeno sin tregua.

El calor merodea los treinta y cuatro grados desde las once de la mañana, lo que es agotador y, a las dos de la tarde, insoportable. La humedad del lugar hincha mi melena y me chapea la piel, la abrillanta. En días que ando más positiva, me repito cuánto hidrata la piel estar metida, sin pausa, en un vapor sauna. Cada día, a las cinco de la tarde, sube la neblina. Es un espectáculo, al que le siguen tapices de estrellas e intermitencia de luciérnagas.

Los días se estiran, largos, hay mucho qué hacer hacia donde mires. No hablo de obligarme a la creatividad, sino de lo necesario: rastrillar las hojas arremolinadas por el viento; quitar la pedacería de ramas y troncos por doquier; aprender a separar -en la mirada- la inmensidad de tonalidades del verde que aquí conocí; regar los frutales y buscarles brotes nuevos.

Durante algunos años me dediqué a pintar. Estos días he sentido, en varios intentos, que la pintura olvidó mis manos. Curioso: escribirlo me ha hecho recordar de golpe que, cuando mi padre estaba cerca de morir, perdí el lenguaje. No enteramente, ni enmudecí, pero olvidé, digamos, la mitad de las palabras que conozco. No exagero.
No las hallaba y, a más me aferraba con encontrarlas, más se escondían de mi alcance. Solté. Dejé de perseguirlas y de obsesionarme con recuperarlas. Han ido volviendo con el tiempo, como muchas de las cosas que aprendemos a soltar.

Así que ahí -sin querer- te describo la tamaña obsesión que vive conmigo. Está siempre presente, aunque a la vez, es cambiante. Todo el tiempo me ronda alguna. Aun cuando me cuente que gracias a mi “disciplina” dejé una, al poquísimo tiempo me doy cuenta de que me he aferrado a otra. Sólo voy sustituyendo.

Desde hoy, mientras me esconda del sol –a eso del mediodía- y te recuerde, mientras me nazca de las ganas, te escribiré. Descuida, no eres una obsesión.
Esto tuyo, nuestro, es sutil, es un aroma que me roza a ratos. Casi un recuerdo en el que mecerse. O como un trozo de memoria de lo no vivido.

Baricco -en Océano Mar- escribió un personaje que escribía cartas a alguien -a quien no conocía- pero ya deseaba amar. Y cada carta la guardaba en un cofre que fue llenando a lo largo de su vida. Cuando la conoció, supo enseguida que era ella y le entregó el cofre. Lo leí hace tantísimos años, siendo muy joven, y entonces, pensé mucho lo que sería recibir un cofre con cartas -de años y años- escritas para mí sin ser aún yo.
No lo olvidé, está claro, pero se guardó -empolvado- en algún cajón interior, muy al fondo, y lo taparon otras muchas cosas. Hoy lo recordé. Hoy que, por alguna razón, sentí que este es un buen momento y buzón para escribirte y abrirme contigo. Este será mi cofre con tus cartas y me dejaré conmover sin vergüenza.

Te imagino con labios gruesos y un nido de nostalgias en la mirada. Sólo desde ahí nos reconoceremos. Te dibujé una vez y así saliste de mis manos. Así, tus labios y así, tu mirada. El carbón se deslizaba a ritmo propio, ya sabía cómo.
También sé que tu voz es líquida.
Así te vi cuando podía dibujar, hoy no puedo. Hoy escribo y ha vuelto el abanico de mi lenguaje. Te escribo ligera, como si un encuentro cotidiano, aunque deje de serlo por tu ausencia y porque no me sabes. Igual te escribo. Esto deja correr el aire entre mis yos, que son muchos, como los de todos.

Ahora asoman nubes amenazadoras y yo sólo les pido que cumplan. Iré a confirmar ese milagro.
Antes, a desenchufarlo todo, por las descargas eléctricas. Que te gustara hacerlo conmigo.
Y esa distancia del coche, mañana no será posible evitarla. Hay que hacerte llegar la primera carta de mi cofre imaginario. Ojalá fuera un buzón cercano de una casa vecina imaginaria.

Te espero.
I.

miércoles, 3 de abril de 2019

Las redes o la sed de ser

Las redes o la sed de ser

Que las redes no nos vuelvan antisociales, ni nos agreguen nudos ni miedos. Que tampoco nos vuelvan jueces anónimos ni sembradores de odio hacia todo y todos. Tampoco permitir que nos pongan en riesgo, de ningún tipo. Que no nos atrapen.

No dejar de distinguir esa distancia inmensa entre lo que tienen de bueno: utilidad, publicidad, acaso promoción; compartir una obra, una frase, un cuadro que nos conmueve, un autor que descubrimos y queremos gritar lo bueno que es, que sea leído.
Descubrir cosas que desconocemos, sorprendernos de la magia de una fotografía que de tan precisa lastima; decir de ladito que nos duele, que nos emociona, que andamos ilusionados; gritar que viene libro en camino, que asoman nuevos cuadros, que la familia crece; que nos duele el país en el que nacimos y vemos perder y perder.

Que vengan a compartir, que un año más de vida, que algo se logró, al fin; que alguien se nos fue para el otro lado; que vean esa función de teatro, que gran película, que juntémonos, que celebremos estar vivos. Eso. Que mientras creamos (y creemos) estamos vivos y lo sentimos así a cada instante.

Que nos crecieron los enanos, que otro bebé en camino, que descubrí una variedad de orquídeas que no imaginé que existiera; que un brindis por los que se fueron, por los que llegan, por los que siempre se están yendo.
Que mira la bruma sobre esos cerros, que esa neblina no termina nunca, que los insectos traen modo de orquesta que nunca se detiene, que todo gracias a la contemplación serena.

Que en las redes descubrí que al colmillo del elefante lo pintan de rosa para que nadie lo compre; que hay nuevas especies en extinción; que existe una playa llena de cerdos que nadan; que el habanero es el mejor y más potente antibiótico; que hay nueva exposición que debes ver; que las jacarandas poblaron la postal de la ciudad; que hay contingencia y mejor aprovecho de una a siete para guardarme en casa; que los taxis que se decían exclusivos, se volvieron tan peligrosos como cualquier otro; que unos padres echan en falta a la hija desaparecida; que en África los colores del amanecer van saturados de hermosura; que hay que echarle más ganas al tema que se acerque a la cultura, porque se pondrá más difícil, que aún así, persigo el telón de terciopelo en lo por venir, que arranco nueva aventura entre el telón y lo musical; que el libro de la memoria ya viene pisando fuerte; que dónde viene una nueva marcha, que cómo nos reunimos en aras de proponer estrategias; que tal libro nuevo es imperdible; que no nos quedemos en la superficie de la ola, que lleguemos hasta abajo, donde el tesoro, donde el asombro y donde quede una sonrisa. Y que dejemos de generalizar y pongamos a dormir a los prejuicios. Que ya es hora, que ya basta.

Que el estudio del pintor de la última entrevista es una chulada, que comparto para que no se quede en rumor; que cerrar las redes nos deja recargando la mirada sobre alfombras de jacarandas que pueblan cada calle; que haremos lo que podamos hacer cada uno, a su manera y no, mucho más. Y no es poco.

Que quede claro para qué nacieron y cuánto se han desvirtuado. Que querían compartir, expresar y de golpe, encaminan un suicidio aquí, mil denuncias por allá, todo válido, mientras sea el foro que corresponde para tanto señalamiento y mientras ese cauce lleve a puerto de justicia.

Que nos unan, que nos acerquen, que sean puentes, invitaciones, convocatorias y brindis. Una más de las manifestaciones de esta época y nada más.
“Hemos caído en una pantalla”, dijo Sabina Berman en una reciente entrevista de radio. Y a veces, muchas veces, siento que hemos caído en lo más bajo de una pantalla y con todas sus consecuencias.

¿Y quién usa a quién?  Y ¿quién le sirve a quién?
¿El usuario las usa a placer? o ¿las redes atrapan al usuario sin que pueda apenas advertirlo? Las redes pescando a los usuarios, las redes creando antisociales, espionajes, rompiendo lazos, descubriendo atrocidades y repartiéndolas por doquier y sin piedad. Las redes destilando veneno, rabia y venganza hacia todas partes. Así de absurdo.

Y ¿lo irónico? Que en teoría las usamos a placer, que nadie obliga y, cuando menos se piensa: ahí está el infierno. Una adicción, una esclavitud, un nuevo contrasentido. ¿Hasta cuándo?



lunes, 2 de octubre de 2017

Que se nos acuse

Recordatorios -hoy y casi a diario- de matanzas, de cadáveres y víctimas, damnificados en tantas partes, desparecidos, violaciones. Hacia donde se mire, es una tragedia y un caudal de daños y vergüenzas lo que pasa en el mundo entero. Que se nos culpe de estar vivos, de no olvidar nuestra parte de instinto, de estar rebosantes de vida, de no aceptar disimulos ni regateos, de no ser cómplices de la indiferencia ni de la pausa ni de la limosna afectiva. De no aceptar excusas sino resultados, de perseguir relaciones completas, transparentes, sin rincones. Que se nos acuse de hablar de frente y decir lo que sentimos, lo que necesitamos, lo que no merecemos, lo que no permitimos. Que de abusos, todos, estamos hasta el tuétano, ni hablar de los políticos, de los jueces, de las leyes, de los amigos a medias, de las palabras a medias y el mundo de las apariencias. Que se nos acuse de sentirnos vivos mientras nos dure el respiro, de no estar a medias ni esperar cuando ni sabemos qué esperamos. Que quien omite, delata. Y a quien omite o acomoda, la expresión le jode. Seamos directos, adultos, y hablemos derecho que, de transas, está plagado el mundo. Queramos completo, o dejemos de lado. Seamos lo que somos por completo, apostemos el resto, seamos culpables, por favor, de todos los gestos que implica estar vivos. Que se nos acuse de luchar por hacer funcionar, de no aceptar seguir la ruta de la muerte, con cada uno de sus gestos y manifestaciones, que son tantas. Dejemos los velos, el cuento, a menos que sea para publicarlo y -con suerte- tocar el alma o la entraña de algún otro. Dejemos un mundo donde quien "te quiere" te disminuye, donde quien menos da es quien más exige, quien menos cuida se ofende donde otro cuida, dejemos un mundo donde solo importa el afuera, la etiqueta. Dejemos de patologizar todo, de etiquetarlo todo desde una moralina absurda. Dejemos de multiplicar naderías, de prometer hacia el futuro, de diluir el presente en aras de decolorarnos los días. Que se nos acuse de intentar mil veces, de querer de veras, de construir puentes afectivos de estructuras a conciencia, puentes tendidos entre iguales, de hacer diálogos verdaderos, de dejar de posponerlo todo. Que se nos acuse de proponer la vida e intentarla las veces que hagan falta, de abrazarla mil veces, de hablar de frente, de no huir de los problemas. Que se nos acuse de perseguir la risa, la magia, la admiración y el asombro, los abrazos, las semillas que hemos de sembrar hasta poder devorar su fruto. Que se nos acuse de ser asertivos por no cargar con lo que no nos toca, por no permitir lo que no nos conviene, que nadie nos culpe de estar vivos en un mundo que tanto persigue a la muerte. Y de tantas maneras. Que se nos acuse de huir del abandono a nosotros mismos, de la indiferencia, de las migajas, de los hubieras y del mañana sin argumentos ni razones. Que se nos acuse de raros, de locos, de intensos, de tercos, de cariñosos, de eufóricos, de volubles. Que se nos acuse de cada "no" necesario (porque aleja a la vida) y de cada "sí" convencido (porque abraza a la vida). La vida es un viaje y dura muy poco. Al que no se sube, lo deja afuera. No son sino elecciones. Después de este último 19 de septiembre, muchos no pueden decir lo mismo. Seguimos por aquí. Corrimos con suerte esta vez. A saber si habrá otra más o cuántas más. Que se nos acuse de no desperdiciar la vida mientras nos ronde y le joda a quien le joda. A eso venimos, a sentirnos vivos y disfrutar del viaje. Que le llaman egoísmo, yo le llamo amor propio. Nos vamos a llevar lo vivido, lo sentido, lo amado, lo arriesgado y lo que dimos. Ya vendrá la muerte, y ya habrá tiempo para la sequía. Que nos pille siendo felices.

viernes, 12 de junio de 2015

Aquí habla el hartazgo

                                                                                                                               

Siempre me dije y me nombré apolítica. De golpe me descubro, nunca sin sorpresa, detrás de notas que de antemano sé que algo van a exprimirme por dentro desde el primer café de la mañana. Ese café que solía ser una gloria.
Estos últimos tiempos hay algo en el café que se corta, y no es leche. Hay algo que no me deja evitar el periódico, ni posponerlo. Hay tanto que no me deja soltar el desconsuelo presente. Es la mala leche de los días que estamos viviendo en México.

Vivir en el D.F. cada vez impide más -de algún modo- el contento, porque hay que pensarlo dos veces, y tres, para ir al museo que alberga a la exposición que te ilusiona ver. Si habrá marchas, infinitas, que no te permitan llegar o, volver a tiempo. O volver, sólo eso, por trágico o exagerado que pueda parecer.

Si los baches infinitos y cada vez más hondos que destruyen las calles, lograrán, esta vez, deshacer el motor de tu coche; si la falta de drenaje en las calles te mantendrá estancado, inmóvil y con el ánimo ahogado por varias horas.

Si en Constituyentes a las ocho de la mañana te va a tocar coincidir con la balacera, si la librarás o no. Que no te falte pila en el celular porque la posibilidad de la emergencia amenaza a cada segundo y parece guiñarte un ojo, sin tregua.

Si los oficiales del alcoholímetro ya se han trucado. Y ahora, lejos de la gran iniciativa y buen funcionamiento del principio, antes de la prueba del soplido, te sugieren mientras  te van haciendo la cuenta, calculadora en mano, que si la grúa que se llevará tu coche vale tanto, más el riesgo de una mujer en un encierro de treinta y seis horas, más la multa y la imposibilidad de amparo, que si es mejor que les des cuanto traes, así te hayas tomado una sola copa de vino. Que si ellos fueran tú, “no se la jugaban”, que porque el “aparatito anda muy sensible”. Que mejor llenarles las manos “y ya no soplas”.

Que si ver a Toledo, a sus setenta y cinco años, en su lucha pro Oaxaca, trepar las bardas que intentan velar, entre plásticos negros, la tala de árboles y construcción sin permiso alguno del Cerro del Fortín con todas las amenazas que representa para la ya muy dañada Ciudad de Oaxaca.
El hecho asombra y conmueve, el maestro reconocido en todo el mundo, defendiendo el aire, los recursos naturales y la cultura, y recibiendo empujones y majaderías.
Qué necesidad tiene el artista de exponerse a toda esa suerte de bajezas. Y Toledo, al famoso maestro, le antepone al ciudadano juchiteco, antepone el beneficio de Oaxaca, antepone el aire y el bienestar del pueblo. Bienestar al que tanto ha contribuido con museos, su biblioteca personal, su afán por la gente.
Su humanidad indecible. Su mirada y su voz, impotentes, frente a tanta atrocidad.

Siempre se ha dicho, ya se sabe. Si hubiera un Toledo en cada artista consagrado (que los hay, y sin tamaños ni comparaciones, por favor) de cada estado de la República con esa garra por usar su nombre e influencia a favor de su estado y de la gente.
La República Mexicana sería otra cosa. Los oaxaqueños tienen en Toledo una gran recompensa por cuanta tragedia les ha tocado.

Y Sicilia, por nombrar a uno de tantos artistas e intelectuales que alberga Cuernavaca, abismado porque los gobernará Cuauhtémoc Blanco. Nada contra él. Nada personal contra el futbolista. “El futbolista”, diría una de las barajas de la lotería. Pero qué sabe de política y, otra vez, en una ciudad que ha sido arrancada de cada virtud que antes gozaba, que fueron tantas. Desde hace mucho tiempo, con problemas de agua y basura, violencia indecible que incluye degollamientos y toda suerte de atrocidades. La ciudad de la eterna primavera donde no florece un negocio, donde no se consigue un trabajo, donde te encañona, a media mañana y a plena luz de esa eterna primavera, cualquiera en el primer semáforo que te detengas, por cualquier moneda que pueda arrancarte.

Me sorprendo haciendo concesiones con el tiempo, postergando lo propio para revisar los videos que cuentan de los cómos de “El Bronco” para ganar como independiente en Nuevo León.  De sus discursos dirigidos “a la raza”, como diría la Trevi. “A ver, raza…” y de ahí despliega todo ese encanto a la Fox.  Será, o no. Pero el panorama pinta desolador.

Es el hartazgo del mexicano el que vota. El puro hartazgo.

Las madrugadas que antecedieron a estas últimas elecciones, te despiertan, en casa, llamadas que elogian a Morena y al Peje y, a quien sea, o a lo que les dé la gana. A las cuatro suena el teléfono que contestas entre bruma.

La cantidad de basura que genera su publicidad, basura que te encuentras hasta en el buzón que ya no recibe sino recibos pendientes y nada más, porque hoy, mejor un Whatsapp para decir “Ya llegué” que bajarse y tocar el timbre. O enviar una carta por correo –también indeciblemente ineficiente- o decirle -frente a los ojos- que lo quieres, a quien quieres y no hacerlo via Facebook.

Ay, nuestro país que tiene la telefonía más cara del mundo y donde Telmex funciona a medias. A medias, el servicio. Porque tu línea puede estar muerta o cruzada con otras dos, que tardarán mucho en repararla. Tardarán ad infinitum como su internet en funcionar y dar servicio. Pero no te tardes dos horas después de que venció la fecha de pago porque ya lo cortaron. Ahí, su atención es inmejorable. Haya servido o no, te quedas oficialmente sin línea. Y hasta nuevo aviso y habiendo cobrado puntualmente la reconexión.

Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo en un país de tanta pobreza y desigualdad.
Ya no tenemos buenas noticias, aunque las haya. Y si las hay nadie las publica.

El diario “Reforma” cada vez con más larga lista de Fe de erratas del día anterior, la sección de “Cultura” hace tiempo que es la última plana y, a veces, no llega siquiera a una, con media plana parece bastante.  

Ya no puedes andar a caminar por la Colonia Roma o Condesa sin la estridencia de la contaminación auditiva sin tregua. Y eso, sin contar que te venden de todo, a toda hora. Te cantan, te chiflan, como en la Playa Caleta de Acapulco en semana santa.
Caminar Álvaro Obregón, a medio día, no te libra de asalto a mano armada.

“El maestro Andriacci“ como se llama a sí mismo, y firma. Así, como nunca firmó un Tamayo o un Rivera. Furioso porque Toledo lucha como lo hace, llamando “vandalismo” a cada acto que defiende a Oaxaca.

Los 43 desaparecidos, más los tantos y tantos otros desaparecidos que se suman a listas interminables.

El Facebook y su censura a desnudos clásicos o fotos artísticas. Pero no censura toda la violencia descarnada de cualquier otro tipo de imágenes, y hoy, la red es invadida por videos de pornografía. La ironía. Ahora todos “mandamos” y “recibimos” videos porno sin enterarnos.

Siguen los días de precontingencia ambiental en el D.F.

Se suman malas noticias, grillas, cadena de desconsuelos, uno detrás de otro. Nos siguen imponiendo la guerra.
Habrá que defender los días y las intenciones propias entre tanto hastío. Habrá que lograrlo entre este dolor y desencanto  cotidiano. Ya vamos haciendo callo.
¿Hasta cuándo toda esta mafia e ignorancia nos tendrá entre sus brazos?

Y que sea el mismo hartazgo, en su cima, quien logre dar con los cómos.

Siempre me dije apolítica. Y lo reitero. Es que siempre preferiré la poesía. El tema es lograr impedir que nos nieguen la poesía en la vida.



Irma Zermeño




miércoles, 26 de noviembre de 2014

Soy

Soy  transparente, incapaz del disimulo;
soy dos manos izquierdas si de un instrumento se trata, mientras no sea la piel que amo;
soy lo que no pude ser, como ese chelo imposible entre las piernas.
Soy tina hirviendo y sal gruesa, sin aromas;
soy cambiante como un vagón del tren en la hora pico;
soy las palabras que me gusta repetir y, quizá aún más, las que callo y nunca diré;
soy el pudor que evito y el impudor que me rebasa.
Soy la mirada que se clava en el rincón menos pensado;
Soy apuesta: todo o nada;
el azul de Prusia de un sambuca negro y sus moscas; el ámbar de un Pacharán;
mi Malena y su melena, esa monta a pelo;
soy el campo y mis dos pies hambrientos de río;
mis rizos revueltos que en manojo juegan a colarse entre la boca;
soy mi -cada tanto- mirada inquisidora, mi coquetería, mi sutileza.
Soy tirarme al pasto en el que sé anidarme;
cada zarzamora que cosecho, cada espina que tan a menudo me abre las manos;
soy sobre todo, memoria y olfato.
Soy dormir encima, casi sin moverme; soy filosa cuando callo;
tan eterna como efímera y el sabor del mientras tanto;
soy larga desde donde se me mire;
soy las metáforas que me invento al aire, los paisajes que sabe dibujar el ritmo de mis manos;
la cadencia del fado; el azote de un tango; la risa interminable de una niña;
el río en los ojos casi por nada y por todo.
Soy azul, en todos sus matices; Bach; poesía;
soy los mitos que conozco y los que me invento; soy Félix Grande y la fiesta brava;
soy mamá que apapacha, amiga cómplice;
soy mi nombre sin ponérmelo encima;
la selva, los gorilas, el café.
Mujer a cada instante, enamorada del amor y mi ser mujer;
hablo sola y sin tregua, también dormida;
capas y antifaces; vuelos; atardeceres;
soy cada perfume nuevo que me vence; obsesionada con lo que persigo;
soy el jardín, y quien nunca se siente sola.
Soy huracán y, aire que apenas corre;
Soy botas vaqueras y terciopelo;
soy domingos de casa; la terquedad encarnada, la travesura que arrecia;
rotunda, umbral de lumbre; soy dejar huella;
el humo que acompaña a mi fe que no mengua;
soy abono, siembra y abrigo; mirada que escucha y tacto que consuela;
soy lo bien que me siento dentro de mi piel; las canciones que canto a diario;
ritualista, sin religión que acaricia a su espíritu.
Soy África, árboles, fruta y nueces; uva tinta; letra que se alarga;
soy duende, alas y la magia que me invento;
las rosas que nunca quise y hoy me matan;
soy palabra precisa, de filo y dulzura exacta.

Soy, sin más. Apenas lo que puedo y alcanzo.

Irma Zermeño (c)

jueves, 18 de julio de 2013

Alquimia de lumbre


El sendero largo de la música
erguido en cada instrumento,
los ojos abiertos de la tierra del otoño, sus pasos.

Ojos que cuelgan a lo lejos,
la melena le llueve en la cara.
Y el sol, el trayecto, un lento pasar los ojos.

Como nubes que aletean el humo en la boca,
esa gracia del correr del agua
y su escándalo.

Desliza la pluma de lo que le duele, la espuma en cada herida,
líneas de desamparo que traza la niebla
entre los ojos y el sombrero.

Una lupa en la letra, el ritmo de un afán incapaz de soltarse,
su melodía de fondo.
Ellos, sombríos, no pueden ya velarlo.

Un velo negro cubre las intenciones,
una silla que cure el desasosiego, que disimule la urgencia,
el desparpajo fuera y dentro, la voz mustia,
y el verde lechoso en la copa.

El parto de la oscuridad,
parirla
en el temor de la exhibición.

La memoria contada, sin rincones callados, sin reservas,
los recuerdos contados o incontables,
los dedos insuficientes en su recuento, los pavores.

El parteaguas de lo escrito, el paraguas en los ojos;
en la niebla un caballo atraviesa,
imita el rugido del efebo, y en él, el cielo
las nubes, todas, en la boca.

Corren ratas en las calles, giran monedas en el piso,
afuera, el deterioro
y el salitre en las entrañas, enmohecidos los adentros,
las llagas, los grises por todos lados.

El paso del desenfado, los dedos férreos reparan en los barrotes,
los acasos de los barrotes internos, las jaulas imaginarias,
sus tantos ocasos.

El desconcierto vive entre el verde de los ojos,
entre lo salvaje, lo primigenio y la semilla de libertad.

Los ojos que se encuentran
con ojos que se ven en otros ojos,
en ojos que se ven a sí mismos
en otros ojos.

Esa puesta en abismo que son los ojos,
del que se mira en unos ojos perdidos en otros ojos.
Ese atajo de golpes emotivos que escurre dentro.

Un terrón de azúcar, la cuchara, el licor derramando su dulzura
cubre la espuma en lo verde de la copa.

El tercer ojo del poeta, el que lo funde y lo lleva a la deriva,
esa deriva verde, salitre,
la que lo mutila.

El salitre en los ojos y en la copa, el diablo verde, su elixir.
La absenta no los ausenta, los pone en primer plano y frente a frente,
demonio a demonio se miran.

Los efluvios del vino, la provocación del efebo,
el moño en la garganta envuelve cada palabra, engalana al poeta,
adorna esa palabra anisada, otoñal.

Se quiebra el color del otoño en los árboles,
cruje en cada vara, en el olor de la sequía
ese otoño alineado en simetría.

Dos siluetas de espalda se desdibujan a lo lejos en ese campo,
sobrevivientes en tierra de otoños y hojas al piso,
se confunden al paso con la tierra alineada, estela de pasos y alzado de troncos.

Una mujer joven de lunar tan en los ojos
en un intento de seducir a esos ojos ya robados,
ésos, que ya riega el efebo, ésos, que ya tienen dueño.

La lupa ajenjo del que mira a esos ojos hembra
y solo puede ver, entre ellos, al joven del salitre.
Un escote cerca, los montes en la cama de su belleza
y la lupa, del ojo de la lupa cuelga el joven del salitre.
Casi una coartada.

Una vela acentúa el tapiz del muro, el tapiz del mundo.
Un poema realza el muro de la memoria, un espejo capaz de reflejar el asombro,
el eco del poeta verde, su tinta, su fondo amargo,
poeta verde por dentro, reciente de infancia
tan otoño en la palabra y tan invierno en los sentires.

Un camisón blanco cae al suelo, un desaire,
un posible abandono con donaire.
Un paisaje de dudas late deprisa, un asombro verde, fértil, abandono.
El abandono.

La llama de la vela en el rostro
casi ceñida a los libros y a la piel, casi un traje, un dialecto.

Un asombro aún verde, un perro verde, una esfinge verde.
Un beso rompe y fractura el verde amuleto en trozos.

El tapiz en rojos, rojos los ojos del asombro,
roja la llama, el fuego en los ojos.
El mundo.

Un camisón viste los ojos que lo miran develar nada,
esos ojos no saben mirarla, no pueden,
han olvidado cómo,
aun con el bulto que la preña, con el volumen que lo habita,
es un vientre bulto.

Un bulto a esos ojos que olvidaron conmoverse
porque ella y su gravidez,
porque solo es un bulto.

Unos pies dibujan desde dentro a la piel que no le dice nada,
un apenas moverse el bulto, un rechazo.
La boca enjuta del rechazo, una jauría de auxilios,
la voz seca no encuentra palabras que no griten su indiferencia.

El camisón blanco ahora contra el tapiz rojo,
los drapeados antiguos, el muro rojo de lo insípido, el rojo indiferente.
La caridad de la limosna, la factura altanera de la compañía.

El camisón vuelve a cubrir el bulto,
solo cubre a un bulto,
a un vientre que no le dice nada.

El cortinaje del deber, correr las telas de los deberías,
la disculpa que ofrece el miedo.
El perdón es hijo del susto de abandono, es su fruto maduro.

Las manos sobre el vientre bulto quieren cubrir el miedo,
el bulto dibuja resignación entre sombras,
hinchazón de vientre, una espera opaca y turbia,
el desazón, el horror.

La mirada del niño insatisfecho ruega desde su propio dolor.
La herida y la vela frente a un beso verde al fuego,
besar el fuego.

No ser comprendido ni por el aire,
ser rehén de la incomprensión.
Esa caridad que acepta el miedo y sus medios.

Lleva el vuelo de una mariposa en la solapa,
el vuelo como un clavel.
Clava los ojos, como alfileres, en la pared de las letras,
los ojos y su hierba de artemisa.

Afuera, relinchan.
La rabia es un perro verde.
Una rabia verde, lechosa, anuncia la noticia de abandono.
Una urgencia latente, una súbita huida, la llovizna, la niebla,
el gris paisaje de la impotencia.

Cómo protegerse del agua y de la bruma
y del cauce de tragos de amargura
si ha de correr a por él
con el rostro llovido y la tristeza alargando la cara.

Una banca salva su prisa, sostiene su anhelo, aún guarda la fe
el joven escribe papeles empapados,
tinta vencida en letras escurridas, emociones en cascada.

Verdes escalones parecen no acabar
hasta cavarse un hueco donde atesorarlo,
dar con el vericueto y su eco
donde esconder al hallazgo y tenderse a contemplarlo.

Salitre en los muros carcomidos por el musgo,
sangrante anhelo, un lugar tierra, lugar abandono.
Un mundo abandono.

Acomodar la esperanza, iluminarse por dentro
hacerle hueco, mecer el eco emotivo al vaivén de las llamas internas
entre ocres, verdes y terciopelos roídos.
Los ecos oídos. Los ecos idos.

Se borda la angustia, esa precisión de aguja, esa alquimia de lumbre,
se roe la espera, se cava una espera en los oscuros caminos de la muerte.
A cavar la espera sin que se acabe.

La altivez de una columna al centro,
abajo, la llama y su ardor, cuna de silencios.

Las vías del humo en la noche,
su primer plano en lo oscuro, su trazo en el aire
y su acento sobre el silencio.

Piedras mojadas, charcos de noche, espejos,
reflejos de pasos que se detienen.
La desnudez auxilio, su flama, su turgencia.
El grito que exilie cada herida, el recuadro del elixir y su exceso.

Ella, casi niña, lee frente a la lumbre, en la frente de la lumbre,
en la fuente de la lumbre, fuente de su hambre.
Un tapiz rojo serpentea alrededor, rojo roedor.

Cae la tiniebla, el golpe trágico de la violencia,
la rabia verde muerde su atrevimiento.
Permitirse una osadía, decir lo que no debió,
lo que él mismo evita decirse entre gemidos sin color.

Risa sensata o insensatez de la risa como huida
a coro con el golpe, con el dolor
y afuera, el galope.

Fingir una disculpa,
cómo dejar que nos digan lo que nos evitamos decir
segundo a segundo.

Un candil a tres fuegos alumbra la afrenta,
el cinismo se arrastra en la cara del sí mismo
y su lenguaje.

Y el río. El río de fondo
sin la risa de fondo
y los troncos vencidos, el verde todo.

El humo cómplice y su rumor callado,
encallado en la arena,
el humo del aliento perverso, arrinconado.

Entendió como si clareara
que lo quería todo en la propia piel, la furia toda en la piel,
no era suficiente ser una persona,
había que serlas todas, sentirlo todo.

Ser la génesis del futuro
y en su risa asomaron retazos de niño aun con hilo adolorido,
aun eco de gritos de trinchera.

Una tarde gris de sombreros y paraguas, de polvo danzante,
un bastón y una espada, dos en uno.
Como él iría en todos.

El lugar común, el ruido y el infierno que le era cada voz ajena,
cada roce ajeno, cualquiera.
El hastío de la otredad. El hartazgo.

La espuma en la boca y en la punta de las manos,
la insuficiencia de siempre,
la rabia suelta, la espada puesta
y presta.

Las risas que no caben en los límites del cuerpo,
la risa que debe expulsarse,
esa euforia del que no encaja en ninguna parte,
del exiliado de la razón y del corazón a un mismo tiempo.

Una pipa en la boca y los ademanes del violín rotundo,
sin ademáses.
Con devoción de violinista comparten la pipa, el humo
y el zurcido fino de las ideas.

Disimulan heridas y manías, se usarán mutuamente,
se nutrirán uno al otro empezando por la boca.
De boca a boca.

Una habitación despintada sella el pacto,
sellan el beso y los versos,
entre mapas de humedad del cuarto que los contempla.

Y volver al cuarto del tapiz rojo que mece terrores,
al del serpenteo en los muros,
volver a la mujer indiferencia y lamento que ostenta lujo y es tan lastimoso.

El lugar rojo y su noticia que vendría y no deseaba,
y querer, apenas, rozar la inocencia con un dedo
con un solo dedo como si temiera un contagio.
El contagio de la inocencia. Como si temiera.

Llevar la embriaguez encima como un abrigo, las acusaciones en la boca,
los ojos llovidos, la lumbre en la mano, el rechazo en cada gesto.
El rechazo como otro abrigo, como una segunda piel, una muda.

La inocencia saca la lengua, la lumbre alarga los brazos,
crece cada llama hasta el rechazo,
la negativa que dejó una decepción, la violencia del no
y lo tanto que golpea.

Ese nido de algodones blancos, ese lugar que entibia purezas
contrasta con el lodo de sus zapatos y el de sus intenciones.
El carbón quemado de los hubieras.

Y el campo, la inmensidad del campo y sus relinchos,
sus silencios verdes rodeándolo todo, su aroma fresco y mojado.

Los pasos jóvenes, arrojados,
hacia ese cortinaje que pende entre las manos niñas
y la sonrisa satisfecha de un ha vuelto.

La prisa de las faldas, su meneo, el mandil vuela a uno y otro lado.
Las faldas del cerro y su vuelo.
Ha vuelto.

La hierba detrás, los bultos de paja, las palas arrinconadas, el pozo,
muros de piedra cansados de verla esperar.

Ha vuelto a la aldea su alma ávida, la tinta y la pluma, la pinta del regreso,
la pluma lo pinta, su caligrafía y sus sepias,
el heno en montones, el afán lleno de escritura.

Quedaron de lado el brillo de aves, su ligereza y su vuelo,
hoy, la olla en el fuego, los leños avivan su brasa, el hollín en la memoria,
arrastrar cucharas en sincronía, en danza lenta y solemne,
en ese lugar sombrío no se despeina un pelo,
ahí no hay lugar para los atrevimientos.

Ahí manda la oscuridad, la tiniebla con un solo gesto lo rige todo,
ahí vive la represión, el aire es lento y pesado, desabrido,
en esa penumbra hasta los mugidos exhalan miedo.
ahí no cabe la rebeldía de uno solo de sus pasos.
Ahí es la sombra de la sombra.

Ha de volver.

Y vuelve a cosechar el abrazo macho,
a ser cuchara que menea el desazón, que alimenta el coraje,
vuelve a menear la cima hasta recortarla contra la rabia verde,
al peligro en cada inhalación, a cruzar el abismo sin alas.

En otra parte, en la habitación del tapiz rojo,
las manecillas del tiempo y los estampados
miran cómo se amamanta a la pureza, la blancura tibia de una entrega
y ven pasar a la embriaguez y su bastón.

La pureza no ha sido saciada, se le yace en blanco,
la embriaguez lo rodea, el bastón se vuelve espada
y gruesa espalda.

El remordimiento golpea, violento,
la culpa lo avienta todo, el pánico muerde.
Un moisés arrinconado a golpes, los ojos llovidos de miseria,
los ojos de los que se apoderó la rabia, la rabia verde y sus estragos. Y la espuma.

La amenaza de una vela,
otrora luz, otrora letras,
la llama de la vela en los cabellos, prenderle lumbre a lo que respira santidad
y lejanía. Y otredad.

Frente a su cinismo, frente a todos sus demonios
la ata en un abrazo
que por detrás le incendia el cabello.

Afuera, relinchan los caballos como dando pasos en la lumbre,
como cansados de morder un hambre antigua.
La embriaguez llora sus culpas, derrama su pulpa concentrada.

La santidad se quema, ésa que mecen los muros rojos.
Esa santidad que ella destila lo hace aborrecerla,
la melena oscura en llamas, el humo como coro del llanto,
el pavor y su canto.

El demonio no sabe qué sentir,
se ha quedado sin rostro.

El llanto de la pureza va en aumento,
la absenta en las copas, la ausencia en las ropas,
la abstinencia del sentido, acercar el fin del camino.

Cada brindis acelera a su demonio, cada trago lo acentúa,
cada risa le brinda su pasión como se brinda un toro.
Se brindan a la miseria humana.

No hay en esa violencia intención, no hay rumbo en su agresión.
No hay siquiera eso.
Surge de la niebla embriagada, de la urgencia de saberse querido.
Un ruego, a la vez súplica y suplicio. Rogar el eco que diga que lo quiere.

Ofrendar, abierta y confiada, la palma de la mano al trazo del cuchillo
es ofrecer el cuenco de la mano.
Un fino desliz de cuchillo sobre cada línea de la mano,
recargar la punta en el centro, repasarle cada línea
al filo que arde del horizonte a la vertical.

Recargar su filo, un roce apenas,
un roce y clavar el puñal en el centro.
Ese cetro. En el centro.

Río de sangre, río dolor,
la mano entumida, gemidos abriendo en flor la piel.
Un dolor a piel de flor.

Ahora lo apuñala con la piel por detrás,
una pasión nunca colmada. Ese cetro en su centro.
Le inyecta esa rabia verde entre su atrás,
desborda en él un río verde.

El asombro todo, el gozo no cabe en el dueño de la mano que desangra.
Los ojos no saben dónde ponerse, de dónde colgarse, no le caben.

Una mano perforada, una venda que la cubre
un mapa sangre al centro, mancha idéntica a las de los crucifijos que detesta
ahí mismo, en la palma y contra palma de la mano.

Con esa mano herida le roza la cara, soba su frente de delirios,
su frente de lirios, su fuente de lirios.
Le recorre la belleza adolescente, dibujada a mano, ese perfil soñado,
su aspecto rubio lo afina, el sueño en el que monta lo suaviza.

El sueño arena,
los velos arena.

Huir es lo que queda.
Huir y se le iluminan los ojos.
El mar, dar con el ojo del mar.
Y el sol.

El campo y todos sus verdes, la fronda, la raigambre, anillos de árbol,
las torceduras del viejo, son la tiesura del tronco viejo, son cada nudo.

El joven y el sol entonan los rojos del paisaje,
remontan en carreta la vastedad del verde, la irreverencia de la alegría,
montar a pelo al macho y sin rienda.

Un bastón, un sombrero y el vino uva tinta.
Se adueñaron del monte, del horizonte todo,
de su anchura, su espesor, su desvarío.

Descorcharse con la piel
sacar el propio corcho de la piel, saberse licor, beberse a fondo
ser lumbre que rociar con el vino.

Paisaje arena, del color de la espiga es la silueta de la complicidad.
El paisaje ofrece una diagonal y cerca, el mar.
Sin cerca, el mar.

Ese leve rumor de mar, esa fuga de espuma acariciando la arena,
la carrera hacia la espuma, su prisa y su revés,
el gris de mar que por fin pisan sus pies.

Todo él y su ropa oscura al mar, al abrigo del mar,
avienta el abrigo de lana donde sea,
ahora lo abriga la sal. El mar.

El viejo y su ausencia visible, derrama confusión, su palidez es toda niebla,
llueve culpa y busca a la santa en su desnudez de hembra,
busca el cuerpo en ese blanco horizonte,
monta ese blanco horizonte a pelo.

Y monta el sueño, esa esfinge de piel en terciopelos azules esta vez.
Urgencias prístinas, esa melena oscura incendiada
ahora de ganas lumbre, de lumbre de ganas,
de hambre de hombre.

El deseo pegado a los huesos y a los besos
caer en el porqué y callar en coro.
La palidez del silencio, el muro azul como un violín de espera
y la gravedad del chelo.

El terciopelo y el polvo trazan dibujos en el aire,
la intención de embriaguez lo perfuma todo, cada palabra, cada aliento
en ese lecho de agonías.
Huir. Siempre huir.

El cinismo y la santidad se miran a los ojos.
Una afrenta de humo, de leves palabras y un casi beso.
El cinismo quiere besar su santidad.
Y se deshizo la luz.

Una ventanilla del tren, ver correr las venas del paisaje
un tren verde parece recargarse en el monte,
recortar el cielo a pinceladas.

El humo, su anuncio gris, los vagones del infierno,
el tren rojo del desasosiego.
Una postal de lacerante compasión que cubre el musgo.

El óxido corre, su ritmo in crescendo
la lumbre perpetua en esos ojos, vagones amarillos,
un lento discurrir del fracaso.

A la certeza le llueven los ojos,
se desatan los rojos en todas sus gamas
donde se tragó saliva hoy se traga rabia y lumbre.
A la certeza le llueve la desolación.

Las cuerdas del viento mecen la complicidad,
voces de ópera, el color de la voz de la ópera
roja, aguda, altísima.

Entre ladrillos óxido, incendio,
llamean velas entre letras y candiles,
las formas de la magia en verso, la prosa de la desgracia y su espina.

Se consumen las brasas y los brazos.
Quedan tragos vacíos, una manzana verde en la boca,
una certeza madura, un mundo.

El chaleco abotona siglos detrás de la incomprensión
la mugre, el óxido y sus mapas,
la pincelada del qué decir sobre el cómo decir.
Y de vuelta. Las manos devueltas.

La carne blanda de la culpa, el color del tabaco lo permea todo.
Dos siluetas al espejo, dos sombreros se confunden.
Dos de heridas sin cerrar,
dos cerrojos
grises, tierras, figuras del polvo al azar.

El afán del morbo y su filo navaja,
el sueño arena, el manto de arena
y su amplitud.

El viento rasguña a los árboles,
hurga entre el imposible y la impostura.
El viento rasca lo erguido de los árboles,
frunce muros carcomidos, ladrillos a medias, palabras sin decir.
Se escuchan ladridos al miedo y su resaca.

El ánimo a rastras, el ánimo arrastras a susurros.
Apenas las manos pueden sostener la cabeza, detener ese abismo en los ojos,
el error se recarga en la cara, el error vive en su frente,
vive para él y de frente.

La mirada gacha, la postura se dobla, se ablanda.
La tinta y la palabra, endebles.
La poesía y su esqueleto lo sacuden.
La escritura lo cambió a él, lo reescribió.

Dejar atrás. Huir.

Tiempos en los que no entregarse es un crimen y entregarse también.
Un crimen.
Partir y partirse, si no es lo mismo.

Aun dormido sabe que hay que dejar atrás
el sueño arena, el manto de arena,
su velo y su vuelo.

La mirada ya se fue, murió,
la tinta corre, intenta decir, duda, se rebela,
aparece una mancha, un mapa óxido, el mapa sangre
la mancha sangre, la rabia verde otra vez, el diablo en la tez.

Parálisis, ese terror.
La búsqueda se abandonó en ese cuerpo,
en ese cuarto gris de humedades ateridas, el cuerpo apenas se endereza
a decir: aquí, aquí, el abandono.

Ver a la verdad trepar por los muros, ver a la fealdad reptar por ellos.
La fealdad y la crudeza como enredaderas
sostenidas en la verdad.

Una reja testigo, geometría que acompaña, en cada respiro, el llanto.
Aceptar esta vez, eso es llorar,
aceptar enciende la marcha del martirio.

Romper el eco y el reflejo de esa locura que hace doler los huesos y los versos,
romper el cristal que suda esa locura.

El demonio y su burla pisándose la cola,
quemándose la cola,
el demonio se burla de sí mismo.

Corre un caballo negro, corren la rabia y su espuma de olas,
se ensanchan los caminos, se multiplican, se confunden,
el gentío entorpece, una multitud estorbo.

Huir. A dónde esta vez.

“No te vayas”, se escuchó un eco de la voz demonio.
“Lo siento”, repitió el eco
y lo que encontró fue una espalda, la vista trasera del sombrero,
la canoa se aleja mar adentro. Se aleja amar adentro.

Esa canoa lleva su abandono, su delirio de años, sus pedazos.
“Lo siento”, volvió a repetir el eco.

Danza de serpientes, una palidez llovida y neblina,
la decepción empapada, ya un amuleto.
Cayó un golpe rojo.

Luchan dos furias, a más temible una que otra, forcejeo de imposibles.
Violenta desnudez de uno, en el cuerpo,
desnudez en la violencia encarnada del otro
aun entre terciopelos,
promesas en el aire y negativas que las sellan.

Compartieron peores trayectos,
se golpearon con feroces piedras que hicieron a palabras.
La burla era ya un consuelo, la humillación, una dosis diaria,
la limosna, un hábito al que ya no podían negarse, la necesitaban.
Era un vicio. Una forma de respiro. Era su mundo.

Un arma cargada.
Alrededor, marrón todo, un aire uva tinto en cada imagen,
esa belleza que hay en lo irremediable, en rumiar entre lo irremediable
y querer redimirlo.

Cómo esconder el aire tenso, el aliento cortado, la venganza en los ojos,
un trozo de tapiz verde cae del muro, caen las dudas y la embriaguez.
El muro verde y su salitre.
“No te vayas”, dijo la palidez, “no, esta vez.”

El demonio se recoge a sí mismo hecho un ovillo, se empaca a sí mismo,
la palidez tiembla, duda, vuelve a temblar.
La amenaza en el aire, ese golpe seco en la garganta, la miseria de llegar al punto,
de invitarlo a su muerte,
de escapársele a su muerte o escapársele a su vida.

Y convencer, vencer juntos
y ofrecer el sol. Aquél sol.

Casi una dádiva continua,
no poder con el no, desconocerlo, es tóxico, es tarde.
Es desolador.

Quiso su hombro y no su sombra
aun con lástima, “aun así, quédate”.

La palidez se envalentona,
avienta el abrigo y presume el arma,
que muera todo. Es hora.

El demonio pide su turno, su ver morir, ofrece la espalda.
La palidez apunta, va del susto en aumento hasta el terror
el demonio gira, enfrenta,
la palidez ruega,
quiere lágrimas, disculpas, pide migajas que el demonio no puede ofrecerle.

Un tiro en la mano,
el demonio sangra, gotea óxido y veneno, derrama imposibles,
en el corazón de la palma de la mano, en el ojo de la palma de la mano
tiene un mapa, un centro sangre, un río derramado.

La palidez retrocede llovida de culpa y miedo,
el demonio se enfría,
un violín estalla.

Arrancar la bala,
prisión veinticuatro meses
el paso del tren y sus nubes, su aleteo,
el humo, su ruido y su anuncio.

Y el campo y sus verdes todos
y su ruido de varas secas, los marcos de madera en las ventanas, las vetas,
dar en la veta, volver.

Volver al llanto en esa mesa, al compás de sinfonía, de orden,
esa mesa que obedece a la rigidez, ese cauce saliva de muerto,
ese tedio, ese luto.

Morderse los labios como quien respira
como quien busca oxígeno.
Los pasos vuelven sobre sí mismos,
la revoltura, la tinta, la pluma, los libros.

La escritura y la mano vendada y el alma vendida a sí mismo,
al diablo y la escritura.
Al diablo la escritura.

La palidez se desgarra en la ruina de su encierro,
veinticuatro meses de dolorosa rutina,
la ruina emocional y sus matices en gris.
Una hebilla ceñida a la amargura.

La rabia mueve al trinche en la paja, vigila el grano,
domar su propia rabia y ajustar la propia correa, quedarse con su animal,
quedarse con él mismo y a solas.
Quedarse. Lo que siempre evitó.

Las manos apenas pueden sostener la cabeza,
la tinta corre, acaso lo intenta,
y el sol.

El sol de frente,
el sol, como su propia frente,
la mano tapa al sol,
el sol esconde la mano, la mano del agujero.

El demonio escribe, lleva en los ojos el sol,
lleva en las pupilas dilatadas
al sol y al tedio.

Tres velas blancas en lumbre le calientan la mano vendada.
A la otra mano, a la mano sin agujero, la calienta el desliz de la pluma,
la escritura.
Lo calienta en su afán.

Se consume la cera una y otra vez, él consume su tedio lento, a sorbos.
Se consume en él,
se muerde a sí mismo y su cola.

La caligrafía danza in crescendo,
dibuja un violín y un chelo, traza la música en la ventana empañada,
corre una lágrima, corren dos.

El demonio y su verdad de sufrimiento,
el demonio, ese ángel caído
y el muro roído detrás.
Y detrás, el campo.

La palidez tras las rejas, tras esa nube gris,
detrás de sí mismo, detrás de su sombra,
habitante del mapa de la culpa.

La palidez mea culpa
respira culpa
y a tiempo lento, apenas respira.
La palidez busca a dios o es la culpa quien busca a dios.

Una lupa y un esmero recorren esa caligrafía,
la cadencia de la lumbre consume hasta el último papel
cada hoja, hecha fuego,
cada llama vuelve cenizas ese ojo del mal.

La lupa no entiende el sentido, no sabe traducir su vocablo
azul llama, papel ceniza,
palabra a palabra.

El campo, el abrigo,
el aire enfurecido, gimiente,
la decisión en los pasos, las trancas, los troncos, lo trunco.
Los verdes todos. Las verdades todas.

Un alineado campo de árboles del color de la arena,
escalar el musgo, trepar las piedras, bastón en mano.
Ver la vida desde lo alto y ver nada. Nada queda.

“No se puede perdonar que faltes,” repitió el eco
y no escribió más.

Nada que decir, quizás nunca hubo nada que decir
sino la yerba, el sonido de la paja y el crujir de los pasos.
Sino las piedras, la humedad de las piedras, su llanto y su canto sordo.
Sino los charcos, la maestría del silencio,
el reflejo mudo y la sordidez presente.

Tenerse. Ese camino entre tenerse y el mientras tanto de entretenerse.
Ahí, su nombre, si es que es posible tenerse enteramente, uno a sí mismo.
El alma y el cuerpo. Tenerse enteramente.

La palidez roza con un dedo la cara del demonio,
su perfil de humo, su emergencia y su acento.
Quieren hablarlo fácil,
decirlo fácil cuando nunca lo fue,
no le es fácil a la palidez ni al demonio, acaso tampoco al humo.

Huir. La palidez quiere huir,
el demonio dice “sí, será con alguien más.”
Dejar atrás, se escuchó el eco en la voz del demonio.

El sueño arena, el manto de arena,
perderse en ese ir lejos, desaparecer.

Se fue al país rojo, a los muros roídos en rojo, a las pieles negras de uñas afiladas,
al consuelo de la hembras negras y su jadeo en rojo.
Al consuelo.

Consuelo como cura, como enfermedad y como veneno,
la confesión y el dialecto de la arena,
el diálogo con la sombra, el dolor como música de fondo.

Lo ruidoso de estar vivo, lo inútil de un cuerpo que no sirve,
uno del que se adueñó el dolor
cuando los gruñidos y los gritos rotos poblaron la garganta.

El sueño arena, el sueño de la muerte.
Los velos blancos sobre el vuelo arena.

El cuerpo desvencijado en el reino del dolor, el sudor escurriendo en el rostro, visiones del sudor, gemidos en ese cuarto azul,
que el ojo del mar arrase las manchas, si puede.
Las manchas de la culpa.

Que la vida no me ampute lo que ya no tengo, no perder lo que ya perdí.
Y los ojos, de cara al sol.
Y la voz, buscando el sol.

Las ruedas de carreta hacia el sol
dejar atrás las trancas, los troncos, lo trunco,
lo roto, camino al sol.

El andar del adiós sin dios y los rechinidos de fondo.
El luto y su espalda, el negro apretando los pasos en un sendero de prisa.
Exiliado de la razón y el corazón.
Dejar atrás.

Un manto blanco ahora lo cubre, a él y al sueño de arena,
al reloj de arena de la palabra
y la vida entre la tinta.

La palidez aun vive, a fragmentos, a ratos rotos,
sobrevive en la arena donde el dolor lo quema,
le queda la copa verde, la espuma verde,
el recuento de la memoria y la rabia toda.

Dos copas de elixir verde, dos cucharas, dos terrones de azúcar se diluyen,
el demonio lo mira de frente y bebe sin soltar los ojos de los suyos
pide una dádiva, otra vez,
una limosna de amor.

El demonio y su mirada de cristal, también verde,
diluye los terrores y temblores esta vez,
pide la palma de su mano, le repasa a cuchillo cada línea del mapa de la mano.

Suave, apenas como si flotara, le dibuja cada línea
suelta el cuchillo y le besa la mano,
sonríe, también, con la verde mirada.

La palidez tiembla sin dejar de mirar su mano,
ahora abierta, vencida, entregada.
Y bebe.

Brinda por el beso del demonio, se brinda entero a ese beso.
Un pecado con alas,
una memoria alada, una cola de fuego.
El río, el mar, el verde.

Y el sol en el mar
en un beso
donde la tinta no hizo falta.
Ni la palabra.


                                                                                                                             Irma Zermeño (c)