lunes, 10 de septiembre de 2012
Bestialmente Humanos
Enrique Walbey blog
Escultura contemporánea. El interior expresado en el exterior de la figura humana.
LUNES, 10 DE SEPTIEMBRE DE 2012
Sobre “Los extravíos y guías del espíritu” de Enrique Walbey.
Walbey habla de los “senderos de locura y negación, del infierno de la soledad y desesperanza”.
Yo encuentro un diálogo entre el despertar espiritual, entre su ser escultor y las ventanas interiores que no le son exclusivas.
Ese afán de encasillar a los artistas y rodearlos de tormentos pasionales, es negar que nos pertenecen a todos. Es querer ignorar que somos habitantes pasajeros de heridas y olvidos, coleccionistas de cicatrices y atemorizados del sufrimiento.
Vivir duele y reconocerlo cuesta. Y aun más frente a un público. Exponer ese sentir frente a la crítica.
Sentirse encadenado a tantas cosas, sentir púas sobre las muñecas o aferradas a los tobillos, saberse rodeado de espinas o reconocerse inmóvil. Caer en la mansedumbre o vivir en la garra de la fortaleza.
Walbey, en cada pieza, nos acerca al misterio; abre heridas y en la misma contemplación, de algún modo, las sutura. Ahí radica su magia. Ahí, la escultura que golpea nuestras emociones. Y de un modo tan conmovedor.
Su obra se regodea, a mis ojos, en los tres poderes del alma: el entendimiento, la memoria espiritual y la voluntad. El cuerpo parece un pretexto en el que sostener los gritos del espíritu. Nada menos.
El uso frecuente de magentas, y escurridos, invita a pensar en chorreos, en sangre. Y fluyen de la misma manera en que la sangre nos recorre por dentro.
Las posiciones de los cuerpos parecen imposibles, dolientes. La estética deteriorada; son cuerpos avejentados, flácidos, en apariencia de oscuras descomposiciones; no persigue la belleza que se persigue en nuestros días, sino la expresión que logra en piezas sin facciones ni rostros, porque no los necesita. Me permito afirmar que le estorbarían, le harían ruido.
Sería hacer competir la fuerza lumbre que en ellas estalla, que gritan esos cuerpos, con cualquier expresión facial, sea cual fuere.
Esa fuerza logra detenernos en cada pieza, es una contemplación que cuesta. Y cuesta porque implica reconocerse en ellas, saberse ahí, ser parte de ellas, habitarlas.
Son, a mis ojos, cuerpos asexuados y tan bestialmente humanos. Tan nuestros y tan universales.
El conocimiento de los materiales, y su factura, es impecable, lo que agudiza su fuerza. Y la monumentalidad potencia esta emoción; es por eso que crean polémica, porque raspan en lo profundo, porque como humanos preferimos evitar el tormento emotivo, negarlo, minimizarlo.
Tenerlo en lo monumental acelera, en algunos, una reacción que rechaza, que atemoriza y niega.
La obra de Walbey propone desenredar la hebra de nuestros orígenes.
A sus piezas, les corren por dentro cuerdas en tensión, gritan lo terrible, parecen gotear urgencias, preferir autoexilios, son huidas y salvaciones a un mismo tiempo.
Las manos de Walbey esculpen apelando a esas animalidades extrañas y confusiones monstruosas en el dolor que gritan los cuerpos. Es un expresionismo en toda la extensión del término.
La expresión en su tono más vivo, desgarrado; son piezas que muestran el color de la vida concentrada, con todas sus pasiones navaja.
Walbey no deja una sola emoción fuera de nuestra contemplación. Abarca el abanico emotivo de lado a lado.
Nos adentra en un crecer y decrecer turbio, de espesores rotundos, son piezas que se mueven entre los tantos matices de las tinieblas humanas, que, a la vez son una danza. Y son llamas.
Son contundentes figuras de fuego en el que parecen flotar y del que, a la vez, intentan escapar. Así. Ahí, mismo, dueñas de un contraste extraordinario.
Cadenas que son la cercanía de una realidad visible, de un tormento vecino, tan animal como humano, tan posible.
Nos miramos a nosotros mismos envejecidos, monumentales, pavorosamente humanos.
Es una obra sin tiempo, sin memoria, una obra latente. Es un lento asomo al hastío, al purgatorio, al infierno.
Es mirarnos en tránsito, en cuerpos que penetran tan puntualmente nuestras emociones más arrinconadas, las que nuestra sonrisa intenta dejar de lado, la que busca esconder.
Es pararnos frente al espejo del dolor. Mirar cada pieza y exponernos, reconocernos en cada fragmento para intentar unir nuestros pedazos. Ser ese escombro mientras lo contemplamos.
Nos empuja al autoconocimiento, nos arrolla, nos conmueve en su valentía, en su desnudez, en ese grito de auxilio de quien se acepta tan dramáticamente humano.
Walbey grita su fragilidad que es la nuestra, nos vuelve a la vulnerabilidad, a la brutalidad esencial, a la pasión más pura que, sin remedio, abraza al dolor, goce mediante.
Cómo nos cuesta la decrepitud, la decadencia, la vejez. Cuánto miedo cuando nos ronda. Y tan absurdo ignorar que es la siguiente parada, o la siguiente de la siguiente en este tránsito de carne y tiempo.
Su obra es una invitación a tirar las máscaras, a dejar el carnaval de las apariencias, a buscar ese prodigio y atrevernos a nadar en el acuario de lo auténtico.
Es adentrarnos en la noche con los ojos abiertos y las emociones dispuestas. Es aceptar nuestro lado salvaje y oscuro, aceptarnos esclavos de nuestras pasiones nos lleven donde nos lleven.
Es atrevernos a estar vivos. Tan verdaderamente vivos.
Es saber que miramos nuestros alcances y nuestra propia muerte de frente y sonreír por ello ya que nos viene pisando los talones.
Su obra es una invitación a la magia de las profundidades.
Irma Zermeño ©
Septiembre 2012.
martes, 21 de agosto de 2012
Las raíces que imagino
Las raíces que imagino
Por hermosas que puedan ser las palabras, tendemos a olvidar la raíz de donde proceden como miramos las flores sin pensar en sus abajos o sus entierros. La mirada se clava en los pétalos, en los colores, como somos cada vez más esclavos de nuestra estampa olvidando tantas veces la esencia.
Somos madera y raíz de la palabra, somos raíces de sangre y también, nuestra sombra de una sola pieza, ésa que no podemos fragmentar ni acomodar a nuestro antojo.
No somos siquiera dueños de nuestra sombra ni podemos romperla, como somos incapaces de cambiar la voz que tenemos y que tampoco elegimos.
Somos raíz, origen y fuente de silencio; ese mismo silencio que es capaz de oler cuando los besos se avecinan. Porque el silencio huele y a veces duele. Es capaz de llevarse todos los colores que conocemos, el clima, el ánimo y los antojos.
Y, sin embargo, no traiciona. Es más fácil traicionar con la palabra que con el silencio.
El silencio lastima a quien evita su propia compañía, a quien le duele ser quien es porque en silencio, vuelve a mirarse y deviene primer plano. Sus espinas, protagonistas. No hay distracción que sea cómplice del disimulo ni ruido que postergue una verdad. Y la verdad arde, raspa y abre una grieta y corta como la más fiera navaja. La verdad desangra. Y abre los ojos del desangrado.
Las raíces también son heridas, son de piedra, de tierra y sangre. En su cara más vistosa, son follaje, ramaje y flores como la mujer es curvas y ojo de agua y cabellos al aire y guiño y coquetería que camina y animal que seduce.
Del lado de las raíces, el que nos confronta, el lado incómodo, la mujer es también culpas, esperas, vanidades, maquillaje y apariencias. Sabe ser látigo y sabe usarlo.
Sin raíces nos secamos pero apegados a ellas es imposible crecer. Es como el aplauso continuo que termina por matar la mejor parte de quien lo recibe. Una vez que se acostumbró a ello, deja de merecer lo que supo ganarse a pulso mientras se creaba a si mismo en la pureza de la intención.
El silencio es el lenguaje del que sabe qué hacer con las manos, es el idioma del que se reconoce y después de muchos esfuerzos, aprendió a aceptarse. Es el lenguaje del que sabe que callar duele menos y enriquece más. Callar como los portugueses a quienes la saudade arrastra y el fado hiere.
Vivir es, a veces, como ir dando tumbos en un mundo sin raíces donde la nada pasea, lenta, por cada una de las estaciones; donde el ego parece ser lo único que nos persigue y, a la vez, perseguimos. Vivir un mundo en el que el reconocimiento que nos importa es el que viene de afuera, como lluvia que escurre por fuera de cualquier ventana. Como si nuestra propia lluvia o la que ocasiona el llanto, la revelación, el placer o la conmoción, no existiera. El goteo que notamos, y comparamos, es de los otros. Y esos otros, a su vez, dentro de cualquier habitación, esperan la lluvia que les llueve afuera de cualquier ventana. Y siempre afuera.
Raíces me remite a dar con la raíz del silencio, con la sabia que antecede a las flores, el otro lado que somos; sentir el otro lado del aire, ser esa sombra del aire, toparnos con el otro lado del fuego y serlo.
Volver al lodo, al barro, volver a sacar el mar que llevamos dentro. Recordar que somos el mar. Mirarnos dentro y recordarnos edén del ave que fuimos; el ave azul que se presume frente al tronco, que se luce para él y para sí mismo y sin saberlo o, acaso sin saberlo, mientras cree lucirse lo que hace es contagiarse de esa solidez, de esa dignidad del tronco y el árbol todo. En ese momento, y en todos, la raíz es el tronco y es la tierra y es cada rama y cada ave que ahí descansa y cada flor que asome por pura e impecable que se presuma. Es contagio y recuerdo que al unísono somos. El coro inmejorable, la última gota de lluvia.
Significar cada gesto que no vemos y que nos siembra y fragua por dentro, volver a la semilla; hurgar más dentro, cavarnos, sacudirnos, renunciar a los restos y los trastos, las resacas en negativo; arrancar el polvo oscuro que nos acomodó encima el tiempo y su paso de fantasma bien ceñido del brazo de la experiencia, la frustración, el ego herido y también: los ojos que entornamos, las bocas que anhelamos y las voces con las que hicimos dueto y eco, donde fuimos canto y sinfonía.
Reacomodarnos a resonar como latidos del mar, como raíces del fuego que en ese solo instante, son dos piedras que se frotan entre sí. El fuego nos echó raíces desde que no tenemos memoria. Dentro, fuimos hoguera y danza y lugar donde calentar las manos y llamas de hembra y macho, nudos y amarres que no cesan hasta que cae el revés del agua, porque lo tiene. Como tiene revés el fuego y la palabra.
El agua tiene curvas de mujer y tiene revés como la ropa de mujer. Y como tiene revés todo lo bueno.
Y que los pies descalzos sean puentes de uno al otro, que sean zapatos en sí mismos, lo mismo que listones entre manos que entrelazamos, que sean trenza entre tu hebra y la mía, un mismo estambre, madeja para hilvanarnos a mejor. Pies y manos y derecho y revés de lo que somos. Piezas de una sola pieza.
Y vendrán los puentes para cruzar el agua, para esquivar las espinas y esquinas que también somos. Espinas de hembra y macho que se untan, se embarran, se afilan, espinas que envenenan. Y cortaremos la hierba, la recurrente, la que embriaga, la hierba ciega, la que embrutece y la que nos guste remojada en té para bebernos y hasta agotarnos. Hasta decantar.
Dejar de buscar los puentes que evitan el dolor y la vida, dejaremos que la vida nos arañe y muerda y, filosa, nos arranque un trozo de piel si es que aún hace falta. Dejaremos de creer en la perfección porque no existe. Sabemos que no existe como un día supimos de los reyes magos y de papá Noel y de dónde vienen los niños, pero la eterna vanidad es bruma, lo nubla todo; así insistimos en perseguirla como se insiste en buscarle seis pies al gato porque tres sí que los tiene.
Si existiera la perfección la imagino aburrida, tiesa y lacia, tan lacia y fría como un cuerpo que recién yace en la muerte. La perfección, de existir, es un cadáver.
Volver a las raíces y volver la cara al estallido que grita el fuego y en ese grito trae la memoria de los siglos, nos recuenta de lo efímero que somos y serlo sin miedo porque no tiene remedio. Se trata de detener los ojos en el agua y sus curvas, en las esquinas de las flores, de desmenuzar rajas de canela entre las manos.
Y elegir, como se elige a quién amar y qué piel acariciar hasta caer dormida, dejar de ser madera del puente que une al mar dulce y salado que llevamos dentro con el agua externa, la del pantano, la que nos maltrata y nos disminuye. La que se guarda en frascos, la que ahoga.
Dejar de regar piedras intentando suavizarlas y nadar a ese lugar en el que las despedidas no florecen y las palabras son lo que parecen: magnolias.
Y la espuma no surge de la rabia que alcanzamos, ahí la espuma es agitación de olas de mujer, es alas de mujer que huele a nomeolvides, a días y años y quédate siempre y no marchites ni me marchites.
Raíces que nos agiten con violencia y sean trayecto de vuelta a la tierra, sin dejar de lado las sutilezas y volvamos a llenar los huecos de las manos y podamos espirar en azul y sudar como los nardos.
Volver a sabernos muelle, laberinto y espiral, transición sin tregua ni remedio. Y jóvenes y viejos, hembras y machos a un mismo tiempo. Animales, heridas y suturas y remedos sobre la marcha. Y réquiems y lamentos, tangos y encierros hedonistas de dos en dos. Y volver a ser el mundo en ese espejo de dos. Ser y hacer el mundo, ser y hacer el amor.
Ser una digna danza hacia la muerte; bailar de cachetito con la muerte con zapatillas de gala; torearla, lucirnos con ella para entregarnos vencidos cuando nos bese la frente. Solo así vivir y así domarnos el miedo.
Dejar lo crudo y las medias tintas y los grises en todas su formas, ahuyentar las resignaciones, dejar el pánico de padecer locura cuando, sin excepción, perseguimos enamorarnos y perdernos como un par de locos. Y lanzarnos a encontrar a ese otro loco.
Remar más de prisa hasta arrancarnos de los ojos el paisaje de esa cueva donde reina el miedo y parece arrullarnos desde siempre, esa técnica profesional que tiene el miedo que nunca llegamos a vencer. Nos domina.
El músico o el aprendiz de violín llega un día a dominarlo a fuerza de práctica y disciplina. Nosotros no pasamos de ser aprendices ineficientes, no dejamos de ser malos músicos, mediocres, apagados por el instrumento del miedo.
El miedo es el violín que nos toma entre sus manos, es el chelo que nos aprieta entre las piernas creando la tensión musical que le conviene.
El miedo nos lleva en su vientre, nos mece y canta al oído por las noches, nos susurra mentiras. Un tronco miedo del que nunca pudimos separarnos. La raíz del miedo y sus esclavos.
Somos como hierba que crece débil a la sombra de ese arbolazo frondoso, tan verde, tan primavera; somos la hierba que no se atreve a crecer, a despegarse un poco, la hierba que se aferra a esa raíz, matiz entre vientre y miedo. Le concedemos una especie de contrato que cumplimos en juramento silencioso y de la manera más fiel y puntual que conocemos, mientras nos dura el aliento y el respiro. Nada menos.
Acaso queramos, alguna vez, alejarnos de lo crudo, de las urgencias cotidianas, de los abismos que muerden; quizá dejemos la sequía que tuerce, los restos de miradas, la limosna que damos cuando damos. Quizá podamos cansarnos de ser las sobras, las migajas, la simple probadita del banquete que debiera significar vivir.
Acaso dejemos de usar “herida” en el lugar donde llevamos el nombre y saber que las heridas son sólo sonrisas, al revés. Son su revés.
Me gusta imaginarnos posibles. Sin restos, rastros, ni despojos. Sin infiernos.
Retomar el fuego que alumbra y no el que quema, elegir el azul y dejar el negro previo a la ceniza; dejar la velocidad, el hastío, el cochambre y la hora prisa que da frutos insípidos y casi siempre, tan amargos e intragables.
Las raíces que nos duelen, imagino y dibujo que las tomamos entre las manos con toda la ternura que exista para olerlas, repasarlas, tocarlas, trenzarlas, y frotarnos el rostro con ellas, mojarlas de lluvia, tenderlas al sol y volverlas cuerdas con las que saltar y con las que atarnos el cabello. Y cuerdas de una guitarra que nos lleve en su centro, guitarra que nos recueste sobre sus piernas y nos devuelva niños. Y nos vuelva música del mundo. Y queramos dejar de aspirar a dioses y nos volquemos sobre tambores y darnos alas y raíces, al unísono, en un coro que es hembra y macho y es niñez y adultez y es vida que no teme a un punto final. Vida que echó por la borda el suspenso, en la que no late el temor, vida a la que no le preocupa la interrupción. Vida que vivir.
Seamos seres que no vuelan para alcanzar medallas sino madejas enredadas de risa, seres que quieren ser y saben por dónde ir, seres a los que moldea el silencio sin destruirlos. Ser escultura en proceso.
Dejar de secarnos el alma entre nudos, asfixia y torcedura.
Que las raíces sean los nudos de los amantes, que las bisagras solo abran puertas que no cierran más y olvidaron cómo; que los ramajes columpien al viento, que seamos fruto con el perfume exacto de la guayaba, que sigamos verdes y siendo parte del huerto de dignidad que florece de mes en vez y de vez en mes y de año en vez.
Que dejen de talarnos las apariencias; seamos leña que hacer de nosotros mismos cada tarde, cada mañana de poda, ser retoño, poema y espiga y, por favor, con ese garbo.
El poeta es raíz y el poema, el fruto, a veces tan dulce como almíbar que escurre sobre lo que le duele al poeta. Ahí, el poema deviene sonrisa que se presume sobre la herida y la vence. El poema le endulza las lágrimas al poeta, las enjuga.
Ahí, sonríe frente a la palabra que creyó gastada, las ilusiones que vio agusanarse y la fe perdida. Y doler ya no le duele igual porque ese dolor parió a la hermosura.
Que los pies descalzos que somos trepen al árbol y sean a la vez tierra, nido y golondrina, sean hijos y nubes. Y una postal acuareleada sobre estar vivo.
Y ahí está ese árbol de pie, a la altura de toda la dignidad que es capaz de existir en un mundo, acaso más.
Propongo de raíz, desjugarnos como granada sangre, rociarnos como olivas, echar por
la borda la insipidez del níspero, ese lento pelar de fruto hacia ninguna parte.
Seamos el ostentoso coqueteo de la magnolia, imitemos la inmensidad de la vieja ceiba, transpiremos el aroma del guayabo con todos sus albures, quitémonos la piel como un higo maduro.
De raíz, defender nuestras batallas como robles, lloremos como sauces donde el llanto nunca supo llorar más hermosura, seamos ventanas con las tantas vistas de la madreperla; volvamos a ser posibles como el plúmbago que parece imposible y puedo mirar desde aquí.
Como el poeta espigado, curemos como sábila cada grieta y cada ojal. Coser cada agujero con hilo de humo del copal, tener a la tierra por cama en una maleza humana que nos parece tan impensable.
Y volver a mirar nuestras raíces.
Irma Zermeño (c)
lunes, 7 de mayo de 2012
Sobre "Agonía de ojos negros" por Eduardo Casar.
Sobre "Agonía de ojos negros"... por Eduardo Casar.
Tiene usted en sus manos la posibilidad de una experiencia
insustituible: la lectura de un auténtica “novela lírica”, original y
perturbadora. Se trata de una especie de poema de amor que se despliega
narrativamente, con pocos personajes y en una situación límite, una situación
extrema donde se va de la vida a la muerte, y de la memoria al olvido.
El amor, esa entidad tan compleja e intensa que han creado
los seres humanos, explora y exhibe en esta novela precisamente sus matices,
aquello que lo hace vivo, interesante, imprevisible. Las historias de amor a
las que nos han acostumbrado las narrativas de los medios masivos y la cultura
visual de nuestra época, suelen ser bipolares, maniqueas y contundentes: en
cambio aquí, en Agonía de ojos negros,
Irma Zermeño ha construido un “amor constante más allá de la muerte”; su
lenguaje, poético y profundamente emotivo, va cincelando un universo que se
enfoca desde dentro de un estado de coma (en uno de los personajes), hasta afuera
de un insólito estado de paciencia. Y a todo ello lo une, curiosamente, una
fuerte sensualidad, donde, además de la piel (esa hermosa superficie del alma),
es el olfato el otro hilo conductor, como un rastro invisible del deseo.
El estilo de la autora nos invita a la interpretación, a la
reflexión sobre nuestra propia condición humana. Aquí está ya la partitura:
anímese a ejecutarla.
Eduardo Casar
martes, 27 de septiembre de 2011
Y dentro del cajón de las miradas…
El retrovisor como una metáfora de los ojos puestos atrás, la necedad de la repetición, una y otra vez. Ese mismo paisaje que parece escrito en bronce, esa lentitud, esa tardanza, esa negación a dar el paso sólido que exige este instante, la duda eterna de enfrentar el presente.
El cuerpo en primavera, el sol en los ojos, humedeciendo la frente; la cabeza acalorada y el regreso de esa postal otra vez. Otrora, la nieve. La niebla de las heridas.
El ayer no parece querer despedirse y no parecemos querer soltarlo, tampoco.
El frío que crece dentro, que echa raíces. La escarcha pegada al recuerdo, al dolor del ayer. Sin regreso.
Lo tardío. No saber desdecir, no querer hacerlo. Tampoco saber cómo hacerlo desde el miedo y la parálisis que conlleva.
Ella dice: Siempre tuve miedo de tu miedo y tuve razón en tenerlo.
De aceptarlo, se le congela el alma. No puede hacer más.
El invierno ya caduco en el calendario. Mas vive latente en las emociones, en el roce de los dedos, en el desierto de la palabra, en el desperdicio de los días, en el afán de la disculpa.
La flor brota a sus anchas, casi frente a sus ojos. Grita su existencia, casi brilla para ser reconocida.
Él no puede verla. Vencido, sólo puede mirar lo remoto, la sequía, lo ya imposible, lo marchito aun cuando florece a plenitud frente a sus ojos.
Le queda meterse entero en el cajón de la añoranza, dejarse ceñir por el marco negro de la memoria, regodearse en ese lugar tan conocido, tan recurrente, ese refugio que es también la derrota, porque lo es. Ese lugar imaginario que a fuerza de repetirse, convence. Y termina por devenir comodidad que no rima con serenidad.
Retroceder, retroceder, retroceder hacia ninguna parte. Ya se sabe.
Ese granizo sólo queda en la rendición; en sus postales de historias vividas. Los días le gritan otra cosa, exigen presente. Y sólo se le ocurre la mirada colgada hacia atrás, la retirada. La cobardía.
Y volver atrás, ¿volver a dónde, volver a quién?
Un retorno a la resignación, al vacío, a donde no hay camino, a las huellas de tierra que quedaron en el hielo y que el sol deshizo. Al ayer.
¿Cómo volver al ayer? Y aun con alguna respuesta posible ¿para qué ir allí, en aras de qué?
Echar en cara a la memoria que se enciende con el dolor, su combustible.
Decía un amigo: la memoria, como un perro, se echa donde le da la gana… y es así. Y no discrimina aunque a gritos, quisiéramos que lo hiciera.
Volver al recién hielo, desde el sol. Y a voluntad, a placer. Hasta ahí llega nuestra ceguera humana.
Volver a los brazos de la reminiscencia, a embriagarse en su olor; volver al disfraz de el valiente desde la semilla del miedo. Al paisaje nevado, a ese último aliento lleno de desaliento, a lo que queda de lo que no se ha podido vivir y se cree que así se cuida mejor: como ofrenda entregada a la tierra, como tributo a los dioses, como un regalo oculto al que, a pesar de todo, nos asomamos de vez en vez para confirmar que allí está, aun oculto, a vista profana y en un lugar que niega como el misterio de la noche la luz de un día gris...
El memorioso insiste en volver a antaño, aun quizá con disimulo. Y se convence de que en ese gesto, mira de frente a la victoria.
Dice el lugar común: Vivir en el pasado es empezar a morir.
¿Y cuándo vendrá la apuesta por el presente y algo de arrojo y cojones frente al riesgo de que nos hagan sentir vulnerables ?
¿Cuándo vendrán los esfuerzos renovados para que podamos bañarnos al sol dejando atrás la nieve que nos ha tocado el alma y que nos hirió tantas veces?
¿Cuándo dejará el miedo de envenenar nuestro contento?
El amor y la ilusión debieran parecerse al descanso. Dejar de lado el combate y el frío acumulado, dejar de manosear el hielo para que lo deshaga el sol mientras recargamos los ojos en la ventana al frente y mirar, sin velos ni apasionamientos, el paisaje que nos ofrece con todas sus posibilidades.
Irma Zermeño (c).
El cuerpo en primavera, el sol en los ojos, humedeciendo la frente; la cabeza acalorada y el regreso de esa postal otra vez. Otrora, la nieve. La niebla de las heridas.
El ayer no parece querer despedirse y no parecemos querer soltarlo, tampoco.
El frío que crece dentro, que echa raíces. La escarcha pegada al recuerdo, al dolor del ayer. Sin regreso.
Lo tardío. No saber desdecir, no querer hacerlo. Tampoco saber cómo hacerlo desde el miedo y la parálisis que conlleva.
Ella dice: Siempre tuve miedo de tu miedo y tuve razón en tenerlo.
De aceptarlo, se le congela el alma. No puede hacer más.
El invierno ya caduco en el calendario. Mas vive latente en las emociones, en el roce de los dedos, en el desierto de la palabra, en el desperdicio de los días, en el afán de la disculpa.
La flor brota a sus anchas, casi frente a sus ojos. Grita su existencia, casi brilla para ser reconocida.
Él no puede verla. Vencido, sólo puede mirar lo remoto, la sequía, lo ya imposible, lo marchito aun cuando florece a plenitud frente a sus ojos.
Le queda meterse entero en el cajón de la añoranza, dejarse ceñir por el marco negro de la memoria, regodearse en ese lugar tan conocido, tan recurrente, ese refugio que es también la derrota, porque lo es. Ese lugar imaginario que a fuerza de repetirse, convence. Y termina por devenir comodidad que no rima con serenidad.
Retroceder, retroceder, retroceder hacia ninguna parte. Ya se sabe.
Ese granizo sólo queda en la rendición; en sus postales de historias vividas. Los días le gritan otra cosa, exigen presente. Y sólo se le ocurre la mirada colgada hacia atrás, la retirada. La cobardía.
Y volver atrás, ¿volver a dónde, volver a quién?
Un retorno a la resignación, al vacío, a donde no hay camino, a las huellas de tierra que quedaron en el hielo y que el sol deshizo. Al ayer.
¿Cómo volver al ayer? Y aun con alguna respuesta posible ¿para qué ir allí, en aras de qué?
Echar en cara a la memoria que se enciende con el dolor, su combustible.
Decía un amigo: la memoria, como un perro, se echa donde le da la gana… y es así. Y no discrimina aunque a gritos, quisiéramos que lo hiciera.
Volver al recién hielo, desde el sol. Y a voluntad, a placer. Hasta ahí llega nuestra ceguera humana.
Volver a los brazos de la reminiscencia, a embriagarse en su olor; volver al disfraz de el valiente desde la semilla del miedo. Al paisaje nevado, a ese último aliento lleno de desaliento, a lo que queda de lo que no se ha podido vivir y se cree que así se cuida mejor: como ofrenda entregada a la tierra, como tributo a los dioses, como un regalo oculto al que, a pesar de todo, nos asomamos de vez en vez para confirmar que allí está, aun oculto, a vista profana y en un lugar que niega como el misterio de la noche la luz de un día gris...
El memorioso insiste en volver a antaño, aun quizá con disimulo. Y se convence de que en ese gesto, mira de frente a la victoria.
Dice el lugar común: Vivir en el pasado es empezar a morir.
¿Y cuándo vendrá la apuesta por el presente y algo de arrojo y cojones frente al riesgo de que nos hagan sentir vulnerables ?
¿Cuándo vendrán los esfuerzos renovados para que podamos bañarnos al sol dejando atrás la nieve que nos ha tocado el alma y que nos hirió tantas veces?
¿Cuándo dejará el miedo de envenenar nuestro contento?
El amor y la ilusión debieran parecerse al descanso. Dejar de lado el combate y el frío acumulado, dejar de manosear el hielo para que lo deshaga el sol mientras recargamos los ojos en la ventana al frente y mirar, sin velos ni apasionamientos, el paisaje que nos ofrece con todas sus posibilidades.
Irma Zermeño (c).
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sábado, 11 de junio de 2011
Nada
Ella busca emular los ojos repletos. Posa con sobriedad. El retrato ha de quedar esta semana. Han de quedar los ojos repletos, no los que se vaciaron sobre aquella carita pequeña al apagarse. Ha de quedar la melena sana, no la descabellada. Ha de quedar una sonrisa, no la que se llenaba de esas manos delgadas que aplaudían cualquier cosa. Han de quedar las mejillas rosadas, no las que el niño se cansó de sujetar entre sus manos. Ha de quedar el cuello, no el que se inclinaba, amoroso, a consolarlo. La frente en alto, no la que se sumerge en el recuerdo niño. Los hombros altivos, no los cansados de abrazarla en escondite perpetuo. El pecho erguido, no el que llueve por dentro, jaula de ese corazón machacado: el que fuera nido y manantial de su hambre virgen. Los brazos sueltos, serenos, a los costados, no los que tiran de esa pesadilla lumbre. La piel joven, no la que murió atada a esa risa bajo las sábanas; la misma que ha enmohecido por dentro y no cicatriza. El vientre delgado que insinúa ese vestido lujo, no el que lo sostuvo en milagroso rito. Las piernas cruzadas en pose perfecta, no las que apenas pueden con ella y su nuevo peso, de plomo, las que tiemblan y debaten si tiene sentido dar un paso. Los pies en la zapatilla, no los que han olvidado andar, no los sin dirección. Los pies, hojas secas.
Ha de quedar lo figurativo y no lo abstracto. Lo objetivo y no, lo subjetivo. Lo objetivo, de encontrarlo.
Has de saber, Marcela, que al pintor tanto le da que te duela. Que él repite tu gesto sin saber lo que contiene, sin imaginar siquiera la multiplicidad de tu desgracia, que Mariano no aparecerá en el retrato. De ninguna forma, aunque lo lleves tatuado en la frente y en las sílabas, aunque tú lo sientas reírse contigo y por la pose que adoptas, aunque tú escuches que juega a poca distancia del pintor, aunque esté ahí mismo pidiéndote un dulce antes de comer; sí, aun cuando tu mirada se detenga en ese horizonte de contarle las pecas, aún así, no asomará como una extensión tuya, nada de eso.
Y no, lo tuyo no es un retrato, es sólo lo que él se inventa, una hermosura que desconoces, que si tuviste eres ya incapaz de recordarla; una sonrisa que ni en sueños te empata con la Mona Lisa, porque en la tuya no hay enigma ni misterio, hay un porqué pletórico de tu gesto vacío, hay tragedia, hay valor de afrontar los amaneceres de una vida desierta, un desierto extenso y transparente; no hay pincel ni color para los trazos que modelen tu sonrisa; no hay blanco que encienda un destello en tus ojos, no, nada de eso, porque al pintor tanto le da estar atento a los significados, porque los tuyos serían terribles, o nulos, porque sería un cuadro blanco, enteramente blanco, o negro, despiadadamente negro, como un cuadro de Malevich.
Y porque no se trata de eso, sino de que se lo han pedido con miedo de perder o ver desaparecer lo que te queda, a sabiendas de lo que sigue, que será marchito; que cada día te apagas algo más, que de mirarte dan ganas de llorar, que el niño de tus ojos, porque en tu caso es el niño y no la niña, tuvo veneno en la sangre, porque nadie tiene la culpa, aunque te sepa a tuya, porque …¡joder! la vida sigue, aun así, aún miserablemente jodida pero sigue, y tenías que saberlo, Marcela, tienes que saberlo, aunque te pese, aunque lacere, aunque desees que la vida se marchite contigo, que se esfume; aunque quisieras que de golpe, el pintor volviera los ojos de la paleta y no encontrara nada, porque sería el retrato más justo y más espléndido de lo que eres, el más preciso: Nada.
Porque sería bueno saber qué entiende él por nada y cómo la representa, pero, nada, sigues ahí con tu cara mustia y forzada, obligada a fingir lo que no eres, a hacer aparecer palabras gentiles que no nacen, o que nacen muertas, como debió nacer Mariano , en todo caso, para evitar que cada día le tomaras más por tuyo, para morir antes de desbordarte por él, antes de ser nada, como tú ahora, que te esperan mujer y te esperan esposa y te esperan renovada y a ratos, amante. Nada.
Apenas estacionar un gesto que le recuerde a tu marido cómo luce la sonrisa en tus labios, para que intente recrear ese color de ojos que Mariano avivó, ese rojizo tono de pelo que tanto te lastima ver de nuevo, y nada, que ojalá te quedaras ciega para no decir “esos ojos, ese color de pelo”, y desmemoriada, para no saberlo tampoco, y sorda , para no empatar todos los nombres con ese único nombre clavado en tu lengua , y loca, porque sería más conveniente, porque es divino confiarse a la locura, decirse estar loco cuando a uno le duele todo por dentro, le duele la memoria y el alma; sí, porque estar así, frente a un plato de papilla y una mano ajena que te alimente se vuelve la ilusión más grande, y sí, pero nada, ahí sigues, con tu gesto de señora, con la joyería encima que detestas, con un tipo al que no has de gritarle que se vaya al diablo, porque necesitan algo más de tí que tu pesadumbre, que tu frontera de muerte, que tu palabra vacía, que tu humanidad hiriente y a medias, y tus pasos secos, otoñales, y tu futuro ofensivo y tu presente lastimoso, por eso y nada; porque dejaste de habitar el negro de tus ojos que este señor elogia y que dejó de ser el negro azulado de los cuervos para ser el de los zopilotes, y la gracia del movimiento de tus dedos, su aleteo, sí, porque quedaste desguangüilada y quedas como la piel del maniquí, así, así de absurdo todo esto, porque la única palabra que llegas a escuchar es :“mamita”.
Sí, porque el diablo asomó la cola en ese cuerpito de tres años, porque tus brazos se vaciaron al dejar esas flores encima de la tumba y ahí quedó tu fuerza última, por eso, nada más, porque este juego es necio, porque el pintor insiste en estar del otro lado de tu dolor, porque el tuyo no lo vence, porque busca tu presencia que no existe, porque ah, cómo te debeló Mariano, cómo te rindió a tu propio destino, cómo se quedó dentro, que ni el padre sabe lo que te tuerce su falta, que ni entiende cómo, porque ser padre no se acerca nada a lo que uno siente, que tus pasos se hayan vuelto huecos, y nada, que el hombre pide el fuego que tus cenizas niegan y no habrá más que darle. A nadie, porque aquella actitud dante que te definía, se enterró ahí, ahí mismo, apretadita, a la justa medida de los brazos niños y amarrada entre ellos.
Dale, que le siga, que se apure, que si acaso asomará algo será una lágrima, otra nueva, una más, que si algo lo interrumpirá no será de golpe tu sonrisa sino las huellas de las manitas embarradas de cajeta en el muro que da contra tu espalda o el gemido del cansancio de Mariano que ya te espera concluir este absurdo para correr a abrazarlo y acunarlo ahí mismo, que lo único que esperas que te supla es ese maldito retrato, que sea soberbio, que cubra las necesidades de quien lo exige, que pueda tu marido vaciarse en esa imagen, que le sirva, que te sustituya y te supere por mucho y puedas así dedicarte a acunarlo sin prisas y sin decepcionar a nadie…
Y ha de quedar esta semana. Así sea. Amén.
Irma Zermeño (c).
Ha de quedar lo figurativo y no lo abstracto. Lo objetivo y no, lo subjetivo. Lo objetivo, de encontrarlo.
Has de saber, Marcela, que al pintor tanto le da que te duela. Que él repite tu gesto sin saber lo que contiene, sin imaginar siquiera la multiplicidad de tu desgracia, que Mariano no aparecerá en el retrato. De ninguna forma, aunque lo lleves tatuado en la frente y en las sílabas, aunque tú lo sientas reírse contigo y por la pose que adoptas, aunque tú escuches que juega a poca distancia del pintor, aunque esté ahí mismo pidiéndote un dulce antes de comer; sí, aun cuando tu mirada se detenga en ese horizonte de contarle las pecas, aún así, no asomará como una extensión tuya, nada de eso.
Y no, lo tuyo no es un retrato, es sólo lo que él se inventa, una hermosura que desconoces, que si tuviste eres ya incapaz de recordarla; una sonrisa que ni en sueños te empata con la Mona Lisa, porque en la tuya no hay enigma ni misterio, hay un porqué pletórico de tu gesto vacío, hay tragedia, hay valor de afrontar los amaneceres de una vida desierta, un desierto extenso y transparente; no hay pincel ni color para los trazos que modelen tu sonrisa; no hay blanco que encienda un destello en tus ojos, no, nada de eso, porque al pintor tanto le da estar atento a los significados, porque los tuyos serían terribles, o nulos, porque sería un cuadro blanco, enteramente blanco, o negro, despiadadamente negro, como un cuadro de Malevich.
Y porque no se trata de eso, sino de que se lo han pedido con miedo de perder o ver desaparecer lo que te queda, a sabiendas de lo que sigue, que será marchito; que cada día te apagas algo más, que de mirarte dan ganas de llorar, que el niño de tus ojos, porque en tu caso es el niño y no la niña, tuvo veneno en la sangre, porque nadie tiene la culpa, aunque te sepa a tuya, porque …¡joder! la vida sigue, aun así, aún miserablemente jodida pero sigue, y tenías que saberlo, Marcela, tienes que saberlo, aunque te pese, aunque lacere, aunque desees que la vida se marchite contigo, que se esfume; aunque quisieras que de golpe, el pintor volviera los ojos de la paleta y no encontrara nada, porque sería el retrato más justo y más espléndido de lo que eres, el más preciso: Nada.
Porque sería bueno saber qué entiende él por nada y cómo la representa, pero, nada, sigues ahí con tu cara mustia y forzada, obligada a fingir lo que no eres, a hacer aparecer palabras gentiles que no nacen, o que nacen muertas, como debió nacer Mariano , en todo caso, para evitar que cada día le tomaras más por tuyo, para morir antes de desbordarte por él, antes de ser nada, como tú ahora, que te esperan mujer y te esperan esposa y te esperan renovada y a ratos, amante. Nada.
Apenas estacionar un gesto que le recuerde a tu marido cómo luce la sonrisa en tus labios, para que intente recrear ese color de ojos que Mariano avivó, ese rojizo tono de pelo que tanto te lastima ver de nuevo, y nada, que ojalá te quedaras ciega para no decir “esos ojos, ese color de pelo”, y desmemoriada, para no saberlo tampoco, y sorda , para no empatar todos los nombres con ese único nombre clavado en tu lengua , y loca, porque sería más conveniente, porque es divino confiarse a la locura, decirse estar loco cuando a uno le duele todo por dentro, le duele la memoria y el alma; sí, porque estar así, frente a un plato de papilla y una mano ajena que te alimente se vuelve la ilusión más grande, y sí, pero nada, ahí sigues, con tu gesto de señora, con la joyería encima que detestas, con un tipo al que no has de gritarle que se vaya al diablo, porque necesitan algo más de tí que tu pesadumbre, que tu frontera de muerte, que tu palabra vacía, que tu humanidad hiriente y a medias, y tus pasos secos, otoñales, y tu futuro ofensivo y tu presente lastimoso, por eso y nada; porque dejaste de habitar el negro de tus ojos que este señor elogia y que dejó de ser el negro azulado de los cuervos para ser el de los zopilotes, y la gracia del movimiento de tus dedos, su aleteo, sí, porque quedaste desguangüilada y quedas como la piel del maniquí, así, así de absurdo todo esto, porque la única palabra que llegas a escuchar es :“mamita”.
Sí, porque el diablo asomó la cola en ese cuerpito de tres años, porque tus brazos se vaciaron al dejar esas flores encima de la tumba y ahí quedó tu fuerza última, por eso, nada más, porque este juego es necio, porque el pintor insiste en estar del otro lado de tu dolor, porque el tuyo no lo vence, porque busca tu presencia que no existe, porque ah, cómo te debeló Mariano, cómo te rindió a tu propio destino, cómo se quedó dentro, que ni el padre sabe lo que te tuerce su falta, que ni entiende cómo, porque ser padre no se acerca nada a lo que uno siente, que tus pasos se hayan vuelto huecos, y nada, que el hombre pide el fuego que tus cenizas niegan y no habrá más que darle. A nadie, porque aquella actitud dante que te definía, se enterró ahí, ahí mismo, apretadita, a la justa medida de los brazos niños y amarrada entre ellos.
Dale, que le siga, que se apure, que si acaso asomará algo será una lágrima, otra nueva, una más, que si algo lo interrumpirá no será de golpe tu sonrisa sino las huellas de las manitas embarradas de cajeta en el muro que da contra tu espalda o el gemido del cansancio de Mariano que ya te espera concluir este absurdo para correr a abrazarlo y acunarlo ahí mismo, que lo único que esperas que te supla es ese maldito retrato, que sea soberbio, que cubra las necesidades de quien lo exige, que pueda tu marido vaciarse en esa imagen, que le sirva, que te sustituya y te supere por mucho y puedas así dedicarte a acunarlo sin prisas y sin decepcionar a nadie…
Y ha de quedar esta semana. Así sea. Amén.
Irma Zermeño (c).
domingo, 15 de mayo de 2011
Re-trato
Re- trato
Acepté hacer el retrato. Las fotos no agradecieron mi embriaguez al tomarlas. Como toda borrachera, en su momento las encontré inmejorables. Pasé la euforia, la resaca del vino y dos crudas.
Una en forma de insoportable jaqueca. Otra: la cruda realidad de pobres imágenes. No tuve la humildad de aceptarlo.
La idea, el formato ya concebidos; así traté de asirme a ellas. La imagen fue
apareciendo de a poco, adquiriendo el carácter que quise imprimirle. La composición renacentista, la luz ascendiente en diagonal.
De entrada, cierta indiferencia impregnó meses a la conquista del resultado; luego, mi perfeccionismo de siempre, ése, mi peor enemigo. Y es que los enemigos no traicionan.
Llegó la fecha que antepuse como límite de entrega. Solicité una semana más. Algo me dice que me costaba soltarlo, aunque fuera ese su único objetivo. Darle un término. Con gusto lo recargaría en alguno de mis muros.
Al ceder la tarde y con ella la luz, lo llevaba sobre mi hombro -cual tumba en peregrinación- a esa esquina en mi recámara que ataja en línea recta hasta los ojos recién despiertos. Le apostaba a esa primera mirada virgen, que hace al cuadro cubrir su exigencia, que me hace saber lo que le falta. Llegó a buen término; un buen cuadro.
Festejo y banquete japonés en mi honor. O en honor del cuadro terminado tras meses de espera. Generosa cena. Variedad de pescado fresco, colorido, algas que abrazan la aleta apenas inmóvil, la escama reciente, sobre alargados montículos de arroz al vapor apretado. Parecían recién salir del mar para mostrarse dispuestos adornando platones y viandas.
Al centro, una larga y estrecha hendidura sobre la mesa forrada en piel oscura, repleta de rojas rosas en tríos que parecían interminables. Otra peregrinación en rojo sangre. Rojo protagonista que enganchaba mi mirada robándola hacia esa otra realidad. La mía: el vestido carmín del cuadro; imagen entre holanes que no pude soltar como único horizonte durante toda la cena. De las rosas al vestido se cerraba el único círculo posible, ida y vuelta, de mi lugar preferencial en la mesa a la celosa imagen.
Estuve mudo en la charla, sordo a la música, ciego a los demás, ajeno hacia los
interminables elogios. Consumí la sopa de golpe, ignoré su sabor hasta que percibí un trozo de queso soya detenido en la lengua. El mismo que me hizo cambiar el rumbo, me traía de vuelta a la cena. Me hacía por un segundo –acaso- olvidarme de la vista inquieta alineada en ese último hijo de mis manos, allí encarnado y digno. De pie cara a cara con su origen: ella.
Ella, que desde el instante que me recibió en la puerta, encontré distinta. Más joven, más delgada, derramando hermosura. No sé si más joven, no sé si más delgada. A todas luces, la sé distinta. Otra. Distante por mucho del reflejo en el pesado peregrino que cargó mi lomo tantas noches, el mismo que me retaba por amaneceres a la vez que era testigo en mi despertar.
Ella, la modelo. Él, el peregrino. Yo, el culpable.
La confusión encajada en esa nueva percepción. Cómo deslindar ese filoso triángulo. Si yo mismo soy una de sus aristas. El árbol y su fruto maduro, yo diría: pleno.
La semilla y el tiempo. La espera y el resultado afortunado. Mi pincel y su eco.
Entre los dos -ella y yo- a una distancia majadera, ese lienzo vivo que se generó
poco a poco.
Lo tuve para mí sin ella; entre noches de insomnio y bocetos; entre dudas y
posibilidades.
Conté apenas con una débil referencia en fotografía. De mala calidad, casi un
susurro empañado. Pero eso es lo de menos.
Esta noche aquí, cual celebridad, sostenido con soberbia en un lugar -que me es ajeno- como en pedestal, frente a mí y tan lejano a mí. Conmigo tanto tiempo a solas en coqueteo constante, en complicidad próxima, en diálogo privado e íntimo y ahora, con mayúscula insolencia me reta con su presencia altiva: me exhibe su nuevo y lujoso domicilio, lo restriega sobre mi rostro indeciso. Me grita, se regodea en su lograda independencia. Sin ápice de timidez me cuestiona la herencia que pude darle.
Tacha mi egoísmo. Se afirma un mero pretexto temático, un endeble barandal. Una escena más como tantas en mi vida de pintor. Parece enfatizar mi duda; si el resultado -dice- me favorece o la favorece a ella, si he sido justo.Difícil paradoja. Imprudente cuestionamiento cuando viene del mismo fruto, de la ironía que hice nacer, a la que di vida.
La injusticia perpetua; es una desventaja añeja; no descubro nada. El escultor se queja desde siempre de la fría temperatura del mármol en comparación con la cálida, temblorosa piel de la modelo que entre pudores se ofrece.
Mas hoy es mío el vacío, es mío ese espacio agrio que tuerce, enreda y anuda por dentro. Que más da cuantos lo han sentido.Soy yo quien enfrenta esa encarnación. Yo quien la firma.
Cuánto pudo cambiar ella en unos meses; no,no ha cambiado. Se siente halagada, favorecida por mí en las piernas torneadas, en la lisura del rostro y su expresión inocente. Se mira a placer, se reconoce a fidelidad; se gusta más de lo que puede aceptar en el espejo.
La imagen rebasa por mucho su expectativa que no era poca. Festeja, brinda, está orgullosa. Se presume abiertamente.
Su pintor consentido, todo su talento, ha clavado su energía en ella, la ha
reproducido de manera intacta, cabe decir mejor, según sus palabras.
Es mi mirada exigente que no sabe empatarlas. A ambas. Ellas, y su semejanza
incuestionable. La naturaleza -de ambas- y las visiones que de ella inspiran.
Lo esencial.
Me quedo con un sabor amargo en la boca. Injusto con el pescado fresco.
Quedo con cada espina de las rosas detenida en la garganta espesa. Me duele cada mirada ajena que se posa en la imagen teniéndola a ella -como yo- de frente. Me jode esa cercanía. Me lastra el silencio de quienes las miran juntas.
Aun cuando el silencio termine en verbal aplauso. Para mí, aplauso mudo, ingenuo.
Se lo digo; le ofrezco algún retoque. Me expongo con atrevimiento.
Habrá que reducir el contorno para ceñirlo al muro que le ha escogido. Me tienta esa nueva posible cercanía. Busco aprovechar el retorno; hacer venir la peregrinación aun pasajera.
La hago ver que la imagen dista de su belleza, que me quedé corto. Lo niega a
carcajada abierta. Rechaza mi sugerencia, cada palabra que le sabe a humildad absurda, a insistente mentira.No quiere que se toque el cuadro nuevamente. Me siento contrariado.
Obedezco mi instinto, quiero llevarlo conmigo a solas, tenerlo cerca. Que dicten los ojos, que traduzcan ese grito estridente de ausencia, de falta que retumba en mis sentidos.
Nada. Nadie parece entender que tenerlas juntas me provoca un regusto de fracaso, me tumba. Sólo confirma, hace patente la futilidad del retrato, nunca rendirá tributo ni será a medida mientras exista el origen en continua referencia.
Sólo sin ella; sin ese testimonio de vida, de fresca belleza móvil sería un retrato
hermoso. Parece serlo, lejos de mi mirada.
Antes, la modelo como personaje, como herramienta dialogando con el resto. Una referencia similar, un puente visible, un préstamo voluntario, un perfil posible. Tan solo un molde; un re-trato. Un volver a tratar. Y vaya que hay que volver y volver.
Eterno retorno hacia ninguna parte. Una representación, como en el mundo del teatro, un velo.
Yo y esa amargura que me cuesta tragar.
Ella y el sabor de satisfacción, de agradecimiento inmerecido.
Al encarnado sólo le pido margen lejos de ella. Como cuadro, como escena e imagen, me satisface, más que eso. Como retrato, siento la pálida visita del fracaso aun en su forma más sutil, más disfrazada. Achicaré el contorno y lo enviaré de vuelta. Dejo el molde.
La diferencia: no seré yo del otro lado de la puerta, quien la mire abrir con esa nueva hermosura que ahora parece estrenar.
La decepción, como el cuadro, no son cosa efímera.
Irma Zermeño (c).
Acepté hacer el retrato. Las fotos no agradecieron mi embriaguez al tomarlas. Como toda borrachera, en su momento las encontré inmejorables. Pasé la euforia, la resaca del vino y dos crudas.
Una en forma de insoportable jaqueca. Otra: la cruda realidad de pobres imágenes. No tuve la humildad de aceptarlo.
La idea, el formato ya concebidos; así traté de asirme a ellas. La imagen fue
apareciendo de a poco, adquiriendo el carácter que quise imprimirle. La composición renacentista, la luz ascendiente en diagonal.
De entrada, cierta indiferencia impregnó meses a la conquista del resultado; luego, mi perfeccionismo de siempre, ése, mi peor enemigo. Y es que los enemigos no traicionan.
Llegó la fecha que antepuse como límite de entrega. Solicité una semana más. Algo me dice que me costaba soltarlo, aunque fuera ese su único objetivo. Darle un término. Con gusto lo recargaría en alguno de mis muros.
Al ceder la tarde y con ella la luz, lo llevaba sobre mi hombro -cual tumba en peregrinación- a esa esquina en mi recámara que ataja en línea recta hasta los ojos recién despiertos. Le apostaba a esa primera mirada virgen, que hace al cuadro cubrir su exigencia, que me hace saber lo que le falta. Llegó a buen término; un buen cuadro.
Festejo y banquete japonés en mi honor. O en honor del cuadro terminado tras meses de espera. Generosa cena. Variedad de pescado fresco, colorido, algas que abrazan la aleta apenas inmóvil, la escama reciente, sobre alargados montículos de arroz al vapor apretado. Parecían recién salir del mar para mostrarse dispuestos adornando platones y viandas.
Al centro, una larga y estrecha hendidura sobre la mesa forrada en piel oscura, repleta de rojas rosas en tríos que parecían interminables. Otra peregrinación en rojo sangre. Rojo protagonista que enganchaba mi mirada robándola hacia esa otra realidad. La mía: el vestido carmín del cuadro; imagen entre holanes que no pude soltar como único horizonte durante toda la cena. De las rosas al vestido se cerraba el único círculo posible, ida y vuelta, de mi lugar preferencial en la mesa a la celosa imagen.
Estuve mudo en la charla, sordo a la música, ciego a los demás, ajeno hacia los
interminables elogios. Consumí la sopa de golpe, ignoré su sabor hasta que percibí un trozo de queso soya detenido en la lengua. El mismo que me hizo cambiar el rumbo, me traía de vuelta a la cena. Me hacía por un segundo –acaso- olvidarme de la vista inquieta alineada en ese último hijo de mis manos, allí encarnado y digno. De pie cara a cara con su origen: ella.
Ella, que desde el instante que me recibió en la puerta, encontré distinta. Más joven, más delgada, derramando hermosura. No sé si más joven, no sé si más delgada. A todas luces, la sé distinta. Otra. Distante por mucho del reflejo en el pesado peregrino que cargó mi lomo tantas noches, el mismo que me retaba por amaneceres a la vez que era testigo en mi despertar.
Ella, la modelo. Él, el peregrino. Yo, el culpable.
La confusión encajada en esa nueva percepción. Cómo deslindar ese filoso triángulo. Si yo mismo soy una de sus aristas. El árbol y su fruto maduro, yo diría: pleno.
La semilla y el tiempo. La espera y el resultado afortunado. Mi pincel y su eco.
Entre los dos -ella y yo- a una distancia majadera, ese lienzo vivo que se generó
poco a poco.
Lo tuve para mí sin ella; entre noches de insomnio y bocetos; entre dudas y
posibilidades.
Conté apenas con una débil referencia en fotografía. De mala calidad, casi un
susurro empañado. Pero eso es lo de menos.
Esta noche aquí, cual celebridad, sostenido con soberbia en un lugar -que me es ajeno- como en pedestal, frente a mí y tan lejano a mí. Conmigo tanto tiempo a solas en coqueteo constante, en complicidad próxima, en diálogo privado e íntimo y ahora, con mayúscula insolencia me reta con su presencia altiva: me exhibe su nuevo y lujoso domicilio, lo restriega sobre mi rostro indeciso. Me grita, se regodea en su lograda independencia. Sin ápice de timidez me cuestiona la herencia que pude darle.
Tacha mi egoísmo. Se afirma un mero pretexto temático, un endeble barandal. Una escena más como tantas en mi vida de pintor. Parece enfatizar mi duda; si el resultado -dice- me favorece o la favorece a ella, si he sido justo.Difícil paradoja. Imprudente cuestionamiento cuando viene del mismo fruto, de la ironía que hice nacer, a la que di vida.
La injusticia perpetua; es una desventaja añeja; no descubro nada. El escultor se queja desde siempre de la fría temperatura del mármol en comparación con la cálida, temblorosa piel de la modelo que entre pudores se ofrece.
Mas hoy es mío el vacío, es mío ese espacio agrio que tuerce, enreda y anuda por dentro. Que más da cuantos lo han sentido.Soy yo quien enfrenta esa encarnación. Yo quien la firma.
Cuánto pudo cambiar ella en unos meses; no,no ha cambiado. Se siente halagada, favorecida por mí en las piernas torneadas, en la lisura del rostro y su expresión inocente. Se mira a placer, se reconoce a fidelidad; se gusta más de lo que puede aceptar en el espejo.
La imagen rebasa por mucho su expectativa que no era poca. Festeja, brinda, está orgullosa. Se presume abiertamente.
Su pintor consentido, todo su talento, ha clavado su energía en ella, la ha
reproducido de manera intacta, cabe decir mejor, según sus palabras.
Es mi mirada exigente que no sabe empatarlas. A ambas. Ellas, y su semejanza
incuestionable. La naturaleza -de ambas- y las visiones que de ella inspiran.
Lo esencial.
Me quedo con un sabor amargo en la boca. Injusto con el pescado fresco.
Quedo con cada espina de las rosas detenida en la garganta espesa. Me duele cada mirada ajena que se posa en la imagen teniéndola a ella -como yo- de frente. Me jode esa cercanía. Me lastra el silencio de quienes las miran juntas.
Aun cuando el silencio termine en verbal aplauso. Para mí, aplauso mudo, ingenuo.
Se lo digo; le ofrezco algún retoque. Me expongo con atrevimiento.
Habrá que reducir el contorno para ceñirlo al muro que le ha escogido. Me tienta esa nueva posible cercanía. Busco aprovechar el retorno; hacer venir la peregrinación aun pasajera.
La hago ver que la imagen dista de su belleza, que me quedé corto. Lo niega a
carcajada abierta. Rechaza mi sugerencia, cada palabra que le sabe a humildad absurda, a insistente mentira.No quiere que se toque el cuadro nuevamente. Me siento contrariado.
Obedezco mi instinto, quiero llevarlo conmigo a solas, tenerlo cerca. Que dicten los ojos, que traduzcan ese grito estridente de ausencia, de falta que retumba en mis sentidos.
Nada. Nadie parece entender que tenerlas juntas me provoca un regusto de fracaso, me tumba. Sólo confirma, hace patente la futilidad del retrato, nunca rendirá tributo ni será a medida mientras exista el origen en continua referencia.
Sólo sin ella; sin ese testimonio de vida, de fresca belleza móvil sería un retrato
hermoso. Parece serlo, lejos de mi mirada.
Antes, la modelo como personaje, como herramienta dialogando con el resto. Una referencia similar, un puente visible, un préstamo voluntario, un perfil posible. Tan solo un molde; un re-trato. Un volver a tratar. Y vaya que hay que volver y volver.
Eterno retorno hacia ninguna parte. Una representación, como en el mundo del teatro, un velo.
Yo y esa amargura que me cuesta tragar.
Ella y el sabor de satisfacción, de agradecimiento inmerecido.
Al encarnado sólo le pido margen lejos de ella. Como cuadro, como escena e imagen, me satisface, más que eso. Como retrato, siento la pálida visita del fracaso aun en su forma más sutil, más disfrazada. Achicaré el contorno y lo enviaré de vuelta. Dejo el molde.
La diferencia: no seré yo del otro lado de la puerta, quien la mire abrir con esa nueva hermosura que ahora parece estrenar.
La decepción, como el cuadro, no son cosa efímera.
Irma Zermeño (c).
domingo, 13 de febrero de 2011
Don Gato
Don Gato
Para Sergio Jiménez,
Como corrido ranchero eras: “Viudo, divorciado y abandonado, en ese orden”.
“Viejo prolijo e insensato”; enemigo de los calcetines; amante repetitivo de la camisola de mezclilla desfajada, el suéter azul marino y los tenis blancos de lona percudida.
Vaqueros deslavados que siempre parecieron grandes sobre tu angosto talle: el mismo del Capitán Gato. La misma vivacidad. Un caifán.
Estoy tan orgullosa de tí que quiero presumirte. Dijiste, “yo tan orgulloso de tí, que te
quiero para mí solo. Nosotros somos nosotros. Acaso eso”.
Podías llamarme nietecita a tu antojo, repetirlo sin límite. Llamarme “el regalo de tu invierno”. No me perdonaste parafrasearte y llamarte abuelito. Eso no. Era tu juego. Jugar a “mi abuelo, al viejito antigüito” y liberar así mi defensa. Aclarabas en público tu preferencia por mí, defendías nuestro lazo puro. Puro.
Me hablaste de tus querencias, de “esas viejas rancias” con que buscabas compañía. Las que pasaban ratos contigo desempolvando libros, escuchando tus relatos, compartiendo tu negro despliegue de humor y –sobre todo- cálida sabiduría.
Miau-Tse-Tung, testigo. Envidiable escucha de tu voz recia, acompasada y firme.
Querías “envejecer con dignidad”. Vaya si lo hiciste. Montado en ese pupitre, vecino al mío, en que el sol te llegaba del oriente. Ahí mismo, donde te negabas a “acondonar” los textos. Los pies inquietos, ibas y venías… recitando a los clásicos en perfecta y sólida entonación. Una vida en ello.
“¡Coooño!” , gritabas cuando un verso te atoraba entre sus letras tenaza. Octavio Paz devenía claridad, asimilación, fácil lectura. Dedo índice al alza, esperando el turno a participar. Un niño. El espíritu niño reisidía en tus ojos brillantes, expresivos. Risa fácil. Carcajada ante el menor de los pretextos.
Había esa “otra realidad diagonal” entre nosotros. Complicidad en tus recados, en tu búsqueda de mi mirada aprobatoria. La “florecita” no hizo sino festejar el encuentro. Sino brindar por la magia de tu cercanía; sino grabar en la memoria cada una de tus frases.
-¿Qué le ves a este viejito apestoso?
- Espera… ¿tienes con qué apuntar? Y te dicto…
Nos enamoramos, a un mismo tiempo, de la poesía. Nos dispusimos a entender.
Seguiría Grecia. Frente al mar Egeo te acomodarías en una banca. El pelo y la barba crecidos a lo indecible. Yo, por ahí cerca, lograría vender artesanía mexicana. Tú, a escribir. Yo, a dibujar los gatos que ocuparan el relato. Muchos. Gatos esfinge.
Tu cara de hacha se perdería entre el pelo abandonado. “Mi sonrisa bastaría para lograr las ventas”, decías.
Habías conocido, a fondo, el éxito y el fracaso. En ese sentido, no te preocupaba nada. Desapegado de los dineros, de los excesos. La biblioteca del Ajusco y un buen cigarrillo en boca. Buen café entre las manos. Y la florecita cerca. Floreciendo por tu luz, por tu aliento.
La hooligan que tanta gracia te hacía. Los dibujos en su honor, grabadora sobre el hombro y zapatos rudos. Pesados. La conmovida por tu existencia. La dueña de ese cariño inmerecido. Inmerecido siempre.
Quien no compartió tu gusto por los huevos sin yema o sal ni por las rodajas de jitomate; la que olvidaba acercar el azúcar mascabado tras el desayuno. La que, entre risas, burlabas de comerlo todo con chiles toreados. La que se atrevió, entre pinceladas, a insinuar la sombra de un perro detrás de un gato. Inaceptable. Lo devolviste, indignado.
Prometí desaparecer al perro porque “los perros son los gatos de los gatos”.
A quien confesabas que recién te dejaba “la última vieja”; quien supo después, que fuiste tú quien la dejó de lado. A quien esperabas presumir esa dentadura comprada, reluciente y cerámica.
“Ahora sí me va a ver con sonrisa de chamaco, con sonrisa de millón de dólares”, contabas por ahí.
“Profe, piérdale el asco a esa mujer y bésela” , te dijo alguien entre bromas.
“Nunca vuelvas a mencionarla, metiche de mierda, esa mujer es sagrada, es mi nietecita, cómo se te ocurre”…
Enojón, gruñón, enérgico, neurótico acentuado siempre de ternura.
El azar nos entrelazó una tarde. Hilaste cabos. Venía acompañada. Me supiste feliz en esa compañía. Lo dijiste. Tu cara se trabó. Nuestro abrazo fue torpe. Apresuraste la retirada.
Se espaciaron tus llamadas. No quisiste, pese a mi insistencia y tu previo entusiasmo, celebrar tu cumpleaños conmigo.
“Te lo voy a decir en griego: No me estés chingando, no me invadas”. Y otra vez: “Nosotros somos nosotros, nadie más”.
Terminaste el libro. Llegaron título y portada. Sería la forma de celebrar el nuevo año. “Ya no tengo tiempo, como tú, de esperar a las editoriales”. Lo costearías tú mismo.
La promesa: Sobre la banqueta a que dan las librerías, estaríamos un domingo juntos regalando el libro a quien le interesara, “y verles la jeta”. Yo, a tu lado. La promesa.
La tuya, para inicio del año: la sonrisa perfecta, el libro saliendo del horno y Grecia.
El segundo día del año recibí una llamada nocturna. Te buscaban. Preguntaban por tí, “ya ve que con usted se le pasa el tiempo y lo estamos esperando”. Me dio un vuelco el vientre.
“No le diga que la molesté para eso, que no me lo perdona”, dijo alguien.
Se confirmó la noticia. Postdata, Tu gato ha muerto.
El auto sin mover desde dos días atrás. Tú, que odiabas posponer el desayuno en la calle. El parabrisas tapizado de hojas secas, algunas varas. Se tumbó la puerta.
Televisión prendida, tú, de frente. Yacías ahí por algo más de veinticuatro horas.
A un costado, libro terminado. Perfectamente ordenado y dispuesto. Al frente, por supuesto en griego, reza:
Gracias Irma,
Serás el sol de mis eternas primaveras.
Debajo, la transcripción al español. La agradezco.
El maleficio. Las visitaciones del diablo. Te vas, jinete de la divina providencia. Tu rostro tan cerca de mí, apagado. Inerte. Mis dedos rozan la madera de la caja en que te han metido. No puedo ver tu sonrisa ni estrenarla contigo. Decirte que sí, que es la sonrisa del millón de dólares. Mis ojos y su discurso del dolor, la imaginan.
No puedo sacudir -como antes- tus cenizas que me llegaban con el aire sino imaginar las que serás en unas horas.
La antorcha encendida. Corona de lágrimas. Flores blancas alrededor mientras Florecita gotea, derrama pétalos. Se marchita.
Miau-Tse-Tung tendría tanto que contarme mientras me calzo los zapatos dispares que tanto elogiabas. Los paréntesis que generabas en aras de festejarme. Sin eco ajeno. Tanto nos daba.
Única destinataria de tu acento jocoso. Tú, mi porra incansable.
La historia de los colores, el diccionario del amante griego, la pronunciación impetuosa de tu italiano, Tabucchi, Amada y la braga… Los travestis, Toulouse Lautrec, las plumas y lentejuelas bordeando mi cuello. El abrazo insospechado del huraño, finalmente agradecido. La abejita, las mañanitas en griego, el imitador. El causante de mi incipiente incursión en actuación. Locura todo.
“Mi niña bonita, nena, mi amiguita; te digo que dejes ya esa hierba, mira cómo te tiene diciendo locuras”, repite el eco en mi memoria…
Mi judío rebelde, mi cara de hacha, mi Capitán Gato, mi feo más bello. Y la senda de gloria.
Con Zeus, en el Olimpo, qué más da. No estás. No para mí sino apenas distendido entre las aguas del Egeo…
“Next!” gritarías eufórico en un momento así. No es tan sencillo.
Ojalá lo fuera…
Si supieras cómo me hablas desde que no estás, cómo apareces.
Desde que no eres.
Irma Zermeño ©.
Para Sergio Jiménez,
Como corrido ranchero eras: “Viudo, divorciado y abandonado, en ese orden”.
“Viejo prolijo e insensato”; enemigo de los calcetines; amante repetitivo de la camisola de mezclilla desfajada, el suéter azul marino y los tenis blancos de lona percudida.
Vaqueros deslavados que siempre parecieron grandes sobre tu angosto talle: el mismo del Capitán Gato. La misma vivacidad. Un caifán.
Estoy tan orgullosa de tí que quiero presumirte. Dijiste, “yo tan orgulloso de tí, que te
quiero para mí solo. Nosotros somos nosotros. Acaso eso”.
Podías llamarme nietecita a tu antojo, repetirlo sin límite. Llamarme “el regalo de tu invierno”. No me perdonaste parafrasearte y llamarte abuelito. Eso no. Era tu juego. Jugar a “mi abuelo, al viejito antigüito” y liberar así mi defensa. Aclarabas en público tu preferencia por mí, defendías nuestro lazo puro. Puro.
Me hablaste de tus querencias, de “esas viejas rancias” con que buscabas compañía. Las que pasaban ratos contigo desempolvando libros, escuchando tus relatos, compartiendo tu negro despliegue de humor y –sobre todo- cálida sabiduría.
Miau-Tse-Tung, testigo. Envidiable escucha de tu voz recia, acompasada y firme.
Querías “envejecer con dignidad”. Vaya si lo hiciste. Montado en ese pupitre, vecino al mío, en que el sol te llegaba del oriente. Ahí mismo, donde te negabas a “acondonar” los textos. Los pies inquietos, ibas y venías… recitando a los clásicos en perfecta y sólida entonación. Una vida en ello.
“¡Coooño!” , gritabas cuando un verso te atoraba entre sus letras tenaza. Octavio Paz devenía claridad, asimilación, fácil lectura. Dedo índice al alza, esperando el turno a participar. Un niño. El espíritu niño reisidía en tus ojos brillantes, expresivos. Risa fácil. Carcajada ante el menor de los pretextos.
Había esa “otra realidad diagonal” entre nosotros. Complicidad en tus recados, en tu búsqueda de mi mirada aprobatoria. La “florecita” no hizo sino festejar el encuentro. Sino brindar por la magia de tu cercanía; sino grabar en la memoria cada una de tus frases.
-¿Qué le ves a este viejito apestoso?
- Espera… ¿tienes con qué apuntar? Y te dicto…
Nos enamoramos, a un mismo tiempo, de la poesía. Nos dispusimos a entender.
Seguiría Grecia. Frente al mar Egeo te acomodarías en una banca. El pelo y la barba crecidos a lo indecible. Yo, por ahí cerca, lograría vender artesanía mexicana. Tú, a escribir. Yo, a dibujar los gatos que ocuparan el relato. Muchos. Gatos esfinge.
Tu cara de hacha se perdería entre el pelo abandonado. “Mi sonrisa bastaría para lograr las ventas”, decías.
Habías conocido, a fondo, el éxito y el fracaso. En ese sentido, no te preocupaba nada. Desapegado de los dineros, de los excesos. La biblioteca del Ajusco y un buen cigarrillo en boca. Buen café entre las manos. Y la florecita cerca. Floreciendo por tu luz, por tu aliento.
La hooligan que tanta gracia te hacía. Los dibujos en su honor, grabadora sobre el hombro y zapatos rudos. Pesados. La conmovida por tu existencia. La dueña de ese cariño inmerecido. Inmerecido siempre.
Quien no compartió tu gusto por los huevos sin yema o sal ni por las rodajas de jitomate; la que olvidaba acercar el azúcar mascabado tras el desayuno. La que, entre risas, burlabas de comerlo todo con chiles toreados. La que se atrevió, entre pinceladas, a insinuar la sombra de un perro detrás de un gato. Inaceptable. Lo devolviste, indignado.
Prometí desaparecer al perro porque “los perros son los gatos de los gatos”.
A quien confesabas que recién te dejaba “la última vieja”; quien supo después, que fuiste tú quien la dejó de lado. A quien esperabas presumir esa dentadura comprada, reluciente y cerámica.
“Ahora sí me va a ver con sonrisa de chamaco, con sonrisa de millón de dólares”, contabas por ahí.
“Profe, piérdale el asco a esa mujer y bésela” , te dijo alguien entre bromas.
“Nunca vuelvas a mencionarla, metiche de mierda, esa mujer es sagrada, es mi nietecita, cómo se te ocurre”…
Enojón, gruñón, enérgico, neurótico acentuado siempre de ternura.
El azar nos entrelazó una tarde. Hilaste cabos. Venía acompañada. Me supiste feliz en esa compañía. Lo dijiste. Tu cara se trabó. Nuestro abrazo fue torpe. Apresuraste la retirada.
Se espaciaron tus llamadas. No quisiste, pese a mi insistencia y tu previo entusiasmo, celebrar tu cumpleaños conmigo.
“Te lo voy a decir en griego: No me estés chingando, no me invadas”. Y otra vez: “Nosotros somos nosotros, nadie más”.
Terminaste el libro. Llegaron título y portada. Sería la forma de celebrar el nuevo año. “Ya no tengo tiempo, como tú, de esperar a las editoriales”. Lo costearías tú mismo.
La promesa: Sobre la banqueta a que dan las librerías, estaríamos un domingo juntos regalando el libro a quien le interesara, “y verles la jeta”. Yo, a tu lado. La promesa.
La tuya, para inicio del año: la sonrisa perfecta, el libro saliendo del horno y Grecia.
El segundo día del año recibí una llamada nocturna. Te buscaban. Preguntaban por tí, “ya ve que con usted se le pasa el tiempo y lo estamos esperando”. Me dio un vuelco el vientre.
“No le diga que la molesté para eso, que no me lo perdona”, dijo alguien.
Se confirmó la noticia. Postdata, Tu gato ha muerto.
El auto sin mover desde dos días atrás. Tú, que odiabas posponer el desayuno en la calle. El parabrisas tapizado de hojas secas, algunas varas. Se tumbó la puerta.
Televisión prendida, tú, de frente. Yacías ahí por algo más de veinticuatro horas.
A un costado, libro terminado. Perfectamente ordenado y dispuesto. Al frente, por supuesto en griego, reza:
Gracias Irma,
Serás el sol de mis eternas primaveras.
Debajo, la transcripción al español. La agradezco.
El maleficio. Las visitaciones del diablo. Te vas, jinete de la divina providencia. Tu rostro tan cerca de mí, apagado. Inerte. Mis dedos rozan la madera de la caja en que te han metido. No puedo ver tu sonrisa ni estrenarla contigo. Decirte que sí, que es la sonrisa del millón de dólares. Mis ojos y su discurso del dolor, la imaginan.
No puedo sacudir -como antes- tus cenizas que me llegaban con el aire sino imaginar las que serás en unas horas.
La antorcha encendida. Corona de lágrimas. Flores blancas alrededor mientras Florecita gotea, derrama pétalos. Se marchita.
Miau-Tse-Tung tendría tanto que contarme mientras me calzo los zapatos dispares que tanto elogiabas. Los paréntesis que generabas en aras de festejarme. Sin eco ajeno. Tanto nos daba.
Única destinataria de tu acento jocoso. Tú, mi porra incansable.
La historia de los colores, el diccionario del amante griego, la pronunciación impetuosa de tu italiano, Tabucchi, Amada y la braga… Los travestis, Toulouse Lautrec, las plumas y lentejuelas bordeando mi cuello. El abrazo insospechado del huraño, finalmente agradecido. La abejita, las mañanitas en griego, el imitador. El causante de mi incipiente incursión en actuación. Locura todo.
“Mi niña bonita, nena, mi amiguita; te digo que dejes ya esa hierba, mira cómo te tiene diciendo locuras”, repite el eco en mi memoria…
Mi judío rebelde, mi cara de hacha, mi Capitán Gato, mi feo más bello. Y la senda de gloria.
Con Zeus, en el Olimpo, qué más da. No estás. No para mí sino apenas distendido entre las aguas del Egeo…
“Next!” gritarías eufórico en un momento así. No es tan sencillo.
Ojalá lo fuera…
Si supieras cómo me hablas desde que no estás, cómo apareces.
Desde que no eres.
Irma Zermeño ©.
martes, 25 de enero de 2011
Enjambre enredado
Enjambre enredado
Al tiempo perdido, y a la amiga que se fue en el lapso.
Sé que se querían de verdad, que se decían amigas desde siempre; sé también que hacían confidencias casi a exceso. No ignoré que estás casada y no sólo eso, también, con un excelente tipo. Te supe enamorada de mí también siempre; y ella - ya soltera de nuevo- no parecía comprender la razón; intuyo que reía de tus motivos pareciéndole insignificantes. Nada en mí había que se le antojara interesante fuera del contexto intelectual, teórico.
Imagino -¿ recuerdo, invento?- tu modo encantado al describirme físicamente, a detalle, compartiendo con ella cuanto digo, cómo te digo, el modo en que suelo moverme, cómo frunce mi quijada a capricho en ciertas consonantes, cómo te observo.
Grabaste a memoria cada respuesta que ofrecí, cada palabra de aliento, cada acierto festejado por esa, mi voz, que consideras varonil. La imagino ahora, escucha atenta, festejando esa, tu ilusión naciente y prohibida. Leyendo cada carta que te hice llegar para probarle, para confirmar que cuanto sospechabas de mi lado era -¿es?- verdadero. No encontraba peso en mi respuesta para asegurarlo, se limitaba a decirte que quizá lo apreciabas todo a la altura de tu conveniencia; ella sólo percibió gentileza, cierta cortesía. Amistad incipiente, más nada.
Mas insistías, todo te era prueba de correspondencia. La invitaste entonces a participar del grupo que estábamos por cerrar y accedió con cierta reticencia. Ganó la curiosidad.
Es ella, ni hablar.
Me habías hablado de ella -sabiendo de la pasión que me corroe por la pintura y fue ese tu punto de partida. La visión de una artista en el grupo podría ser buen condimento. Decías el “entusiasmo” que le invadía al saber que podría integrarse, hablaste de su inteligencia.
Nos conocimos. Se integró entre nosotros. Siguió, eso puedo asegurarlo, sin entender qué te parecía tan atractivo, dónde radicaba ese encanto que ella reconoció indescriptible. Para ella lo fue por inexistente. Indescriptiblemente inexistente.
Al salir de cada sesión, querías oírla decir que sí, que mis manos son robustas como ningunas, mis palabras lúcidas como ningunas, mi mirada -y sólo la mía- insostenible por aguda. No encontraste eco.
Ella se debatía entre permanecer inscrita o pasar a otra cosa; nada pareció llamar su atención distraída. Dos años pasaron a ese ritmo.
Me digo que la retuvo esa repentina inserción que agrego en relación a obras maestras, ese diálogo entre imagen y palabra que me ha dado por acentuar.
Ahí notaba que la rajada de su mirada se abría, que levemente sonreía sorprendida.
Apreció mis clases, los malos humores que me acompañan mientras expongo un tema y soy interrumpido, mis arrebatos inexplicables que a ti, aun hoy, te hieren y orillan a abandonar el aula.
Dos años –suyos- colindando con mi conocimiento, tu amistad y tu enamoramiento. Tú, cada vez más convencida de que la ilusión era mutua, acompasada.
Sin embargo, ese hombre que vive -¿o vivía?- a tu lado era todo menos reprochable, todo menos mal parecido, todo menos mezquino.
Lo fue -¿o es?- todo para ti desde siempre, desde que ustedes – amigas- se conocieron. Nada por intentar mejorar, nada por corregirle. La piel, su ardor en cumbre, su aprendizaje en el atajo de tantos años. Los frutos.
Tu ceguera aumentaba, mi desidia se fortalecía. Quise menguar tus ganas, señalar mi desencanto. Como alumna eras espléndida, comprometida y oportuna; como mujer no me interesabas un ápice. Eras mi amiga entrañable, saco de complicidades, entendimiento espeso, retornable. Un cómodo diván donde reposar mi incertidumbre y crecer mi ego.
Ella, ahora buscaba cierta cercanía con el crítico de arte. Eso sí la entusiasmaba, creía en el registro de mis opiniones, las validó sin cuestionarse, las integró en su lenguaje abstracto. Por ahí, me acerqué sin dificultad.
Su miedo a la entrega protagonizaba en sus prioridades; eso, a mí, que soy buen lector, me fue fácil descifrar. Difícil aceptar.
Su dolor antiguo, su escasa y breve vecindad con la libertad le impedía soltarse.
Así era. Despacio y sutil, fui ganando terreno a su herida visible, apenas sangrante.
Lo compartí, te dije que me sorprendía -a ratos- tumbado entre su recuerdo todo, embriagado por ese olor que me remitía sólo a ella y que no semejaba ningún otro, dominado por su mirada toda -que era símbolo exacto entre temeridad y serenidad. Usé las mismas palabras, una a una como escalonaban mi pensamiento, con la misma estrechez que me siembra.
Me asumí enjambre enredado por su estambre que me tejía de infinitud. Estremeciste al oírme.
No hice nada por abreviar tu confusión. Sólo inventé una prisa nueva y me despedí.
En el coche, me sentí ligero. Eso, que traduje como pesar en tu rostro me alivió. Me tenías abrumado.
Sé ahora, que ese nuevo capítulo fue extirpado en tus confesiones siguientes. Lo sé bien, te conozco.
A la clase que siguió llegaste con una propuesta que parecía verdad. Me tendías una nueva opción: serías incondicional para acercar su lejanía a mi impaciencia. Nada menos.
Acepté conmovido y sellé la sorpresa con un abrazo apretado que detuviste de más. Fingí no notarlo, como la fuerza con que te asías contra mí.
En ese instante, ella cruzó la esquina volviendo la vista a nuestro abrazo, sonrió francamente. Dijo adiós con la mano. Oí tu risa muda, oí el gusto que te brotó de saberla testigo. Ella, sin fingir, nos ignoró.
Decidiste asociarte, invertirías conmigo, apostarías por mí en ese nuevo negocio. Le hablabas de mí cada vez mejor, si eso era posible, trenzando eslabones hasta convencerla. Ella que sí, me admiraba y ahora disfrutaba de mi eco pictórico. Salíamos a exposiciones, aperturas y análisis plásticos. Y eso te desató una posibilidad naciente: acercarnos.
Qué mejor manera de ausentar conflictos frente a tu marido -de quien antes yo carecía de aprobación; qué mejor prueba que saberme emparejado a tu amiga. Vernos juntos, salir a cenar en grupo y confirmarlo; saberlo rociando su alegría con mi mano entrelazada a la de ella.
Él había estado equivocado: sus celos no eran más que una ridícula postura, una débil muestra de inseguridad. El abismo que lo rozaba cada vez que ibas a clases no era digno de ti, era inmerecido, injusto. Pidió perdón.
Le ofreciste pensarlo. Tú, indignada.
En ese tiempo quise conquistarla, vencer el muro de su defensa, aniquilar el miedo. De algún modo, supe que no se entregaría. De fondo, me supe incapaz de alcanzarla. Ella misma no se alcanzaba. Lo sabes, la conoces.
Adiviné en tu expresión esa concentrada admiración por ella, casi una envidia. La llamabas inasible.
Te conté que pintó mi retrato. Hoy me digo que el retrato no tenía nada de excepcional, que ni siquiera me representaba. A ratos humildes puedo reconocer que lo era.
Vivimos momentos inmejorables juntos. Tu “señor”, diría que lo pasaba bien entre nosotros. Tu amiga no dejaba de serlo, no dejaste viva oportunidad de reunirnos, de compartir. Te vaciaste en intentos por celebrar nuestra cercanía y hacer público tu júbilo.
“Cómo nos querrías a los dos”, dijiste un día, “para desearnos a cada uno estar con el otro”. Ambos que éramos sinceramente, lo más preciado en tus querencias…
Que lo tuyo, no había sido más que confusión, un débil pisotear un límite con el otro. Un absurdo, tu mente empañada y nada más.
Ese, “tu hombre” era imposible de dejar. Lo llamaste adorable.
Nuestro lazo amistoso creció hasta lo indecible; fuiste recipiente de mis miedos ante su altivez, ante su negada posibilidad de darse. Hizo lo que pudo; no tenía con qué.
Vino la interrupción súbita. Dijo adiós. Sin duda ni escrúpulo; sin más.
Me digo que quiso volver a ese origen de herida que aún la entumía.
La maldije hasta agotarme, no pronunció palabra, no volví a escuchar su voz. Busqué olvidar esa imagen plasmada del retrato y con eso, olvidar esa mirada certera, esa mano atinada, ese corazón de sensibilidad penetrante.
Olvidar, ojalá, su nombre. Acaso olvidar el olvido.
Fuiste desahogo. Vacié ese dolor, esa incomprensión de tajo, ese final de rumbo, esa dolorosa soledad de mármol.
Me vacié en tus oídos hasta volverlos boca, beso largo, uniforme.
Las palabras nos flaquearon las piernas; fue desdicha que volviste caricia, lágrima: una sola que devino desliz.
Mi acercamiento torpe con sabor a pedir perdón. Un perdón sordo que parecía gotear entre lo dicho y lo no dicho. Perdón que no sentí, hoy te confieso.
Fue un lento recorrer tendido entre cordones de egoísmo. Lo acepto.
Me inundé de tu anhelo, me dejé gozar. Quiero decir, te dejé gozarme. Necesité sentir esa avidez hacia mí, me confortó aun de modo pasajero.
Cuántas veladas en tu casa sobre ti, en esa atmósfera de maridaje…
Cuántas veces ella, otra vez, aparecía en el reflejo de tu espejo...
Cuántas, sentí tu aliento destacando el suyo…
Cuántas, apareció en nuestra charla y te exigí ocultarlo todo, evitar menciones.
Te hablé mal de ella, su ingratitud, su frialdad. Su destemplada fuerza corrosiva. La llamé “muerte encarnada” aun cuando no lo creí nunca. Si acaso: “vida que me impidió vivir”.
Tampoco esperé que callaras, te conozco. Supe que se lo dirías; que peinarías, a detalle, cada escena, cada recorrido, cada pétalo de tu placer obtenido. Presumirías tu premio, después de todo, tu tenacidad es impecable como alumna y como mujer. ¡Vaya!
Dejaste a ese hombre todo siempre, esperabas volverte mi todo siempre.
Lo lamento. Estoy habitado.
Creí que mi memoria cedía cuando una mañana cualquiera me miré frente al espejo y fue imposible reconocer mis rasgos. Algo cambió, algo se perdió. Por una razón que no busco comprender, he vuelto a desear que alguien pinte mi retrato. Uno, en el que aparezca precisamente, aquello que faltó en la imagen de mi rostro reflejado aquella mañana en el espejo.
Tú no pintas. Ni siquiera has mirado más dentro, no la has reconocido en mi esbozo de sombra hueca.
Te pido perdón ahora sí, desde mi entereza, por creer que esa forma de venganza que me volví, me resultaría benéfica; por suponer que tu recuento de goces a mi lado la arrastraría a mi, de vuelta.
No. Ni ella se alcanza.
Irma Zermeño (c).
Al tiempo perdido, y a la amiga que se fue en el lapso.
Sé que se querían de verdad, que se decían amigas desde siempre; sé también que hacían confidencias casi a exceso. No ignoré que estás casada y no sólo eso, también, con un excelente tipo. Te supe enamorada de mí también siempre; y ella - ya soltera de nuevo- no parecía comprender la razón; intuyo que reía de tus motivos pareciéndole insignificantes. Nada en mí había que se le antojara interesante fuera del contexto intelectual, teórico.
Imagino -¿ recuerdo, invento?- tu modo encantado al describirme físicamente, a detalle, compartiendo con ella cuanto digo, cómo te digo, el modo en que suelo moverme, cómo frunce mi quijada a capricho en ciertas consonantes, cómo te observo.
Grabaste a memoria cada respuesta que ofrecí, cada palabra de aliento, cada acierto festejado por esa, mi voz, que consideras varonil. La imagino ahora, escucha atenta, festejando esa, tu ilusión naciente y prohibida. Leyendo cada carta que te hice llegar para probarle, para confirmar que cuanto sospechabas de mi lado era -¿es?- verdadero. No encontraba peso en mi respuesta para asegurarlo, se limitaba a decirte que quizá lo apreciabas todo a la altura de tu conveniencia; ella sólo percibió gentileza, cierta cortesía. Amistad incipiente, más nada.
Mas insistías, todo te era prueba de correspondencia. La invitaste entonces a participar del grupo que estábamos por cerrar y accedió con cierta reticencia. Ganó la curiosidad.
Es ella, ni hablar.
Me habías hablado de ella -sabiendo de la pasión que me corroe por la pintura y fue ese tu punto de partida. La visión de una artista en el grupo podría ser buen condimento. Decías el “entusiasmo” que le invadía al saber que podría integrarse, hablaste de su inteligencia.
Nos conocimos. Se integró entre nosotros. Siguió, eso puedo asegurarlo, sin entender qué te parecía tan atractivo, dónde radicaba ese encanto que ella reconoció indescriptible. Para ella lo fue por inexistente. Indescriptiblemente inexistente.
Al salir de cada sesión, querías oírla decir que sí, que mis manos son robustas como ningunas, mis palabras lúcidas como ningunas, mi mirada -y sólo la mía- insostenible por aguda. No encontraste eco.
Ella se debatía entre permanecer inscrita o pasar a otra cosa; nada pareció llamar su atención distraída. Dos años pasaron a ese ritmo.
Me digo que la retuvo esa repentina inserción que agrego en relación a obras maestras, ese diálogo entre imagen y palabra que me ha dado por acentuar.
Ahí notaba que la rajada de su mirada se abría, que levemente sonreía sorprendida.
Apreció mis clases, los malos humores que me acompañan mientras expongo un tema y soy interrumpido, mis arrebatos inexplicables que a ti, aun hoy, te hieren y orillan a abandonar el aula.
Dos años –suyos- colindando con mi conocimiento, tu amistad y tu enamoramiento. Tú, cada vez más convencida de que la ilusión era mutua, acompasada.
Sin embargo, ese hombre que vive -¿o vivía?- a tu lado era todo menos reprochable, todo menos mal parecido, todo menos mezquino.
Lo fue -¿o es?- todo para ti desde siempre, desde que ustedes – amigas- se conocieron. Nada por intentar mejorar, nada por corregirle. La piel, su ardor en cumbre, su aprendizaje en el atajo de tantos años. Los frutos.
Tu ceguera aumentaba, mi desidia se fortalecía. Quise menguar tus ganas, señalar mi desencanto. Como alumna eras espléndida, comprometida y oportuna; como mujer no me interesabas un ápice. Eras mi amiga entrañable, saco de complicidades, entendimiento espeso, retornable. Un cómodo diván donde reposar mi incertidumbre y crecer mi ego.
Ella, ahora buscaba cierta cercanía con el crítico de arte. Eso sí la entusiasmaba, creía en el registro de mis opiniones, las validó sin cuestionarse, las integró en su lenguaje abstracto. Por ahí, me acerqué sin dificultad.
Su miedo a la entrega protagonizaba en sus prioridades; eso, a mí, que soy buen lector, me fue fácil descifrar. Difícil aceptar.
Su dolor antiguo, su escasa y breve vecindad con la libertad le impedía soltarse.
Así era. Despacio y sutil, fui ganando terreno a su herida visible, apenas sangrante.
Lo compartí, te dije que me sorprendía -a ratos- tumbado entre su recuerdo todo, embriagado por ese olor que me remitía sólo a ella y que no semejaba ningún otro, dominado por su mirada toda -que era símbolo exacto entre temeridad y serenidad. Usé las mismas palabras, una a una como escalonaban mi pensamiento, con la misma estrechez que me siembra.
Me asumí enjambre enredado por su estambre que me tejía de infinitud. Estremeciste al oírme.
No hice nada por abreviar tu confusión. Sólo inventé una prisa nueva y me despedí.
En el coche, me sentí ligero. Eso, que traduje como pesar en tu rostro me alivió. Me tenías abrumado.
Sé ahora, que ese nuevo capítulo fue extirpado en tus confesiones siguientes. Lo sé bien, te conozco.
A la clase que siguió llegaste con una propuesta que parecía verdad. Me tendías una nueva opción: serías incondicional para acercar su lejanía a mi impaciencia. Nada menos.
Acepté conmovido y sellé la sorpresa con un abrazo apretado que detuviste de más. Fingí no notarlo, como la fuerza con que te asías contra mí.
En ese instante, ella cruzó la esquina volviendo la vista a nuestro abrazo, sonrió francamente. Dijo adiós con la mano. Oí tu risa muda, oí el gusto que te brotó de saberla testigo. Ella, sin fingir, nos ignoró.
Decidiste asociarte, invertirías conmigo, apostarías por mí en ese nuevo negocio. Le hablabas de mí cada vez mejor, si eso era posible, trenzando eslabones hasta convencerla. Ella que sí, me admiraba y ahora disfrutaba de mi eco pictórico. Salíamos a exposiciones, aperturas y análisis plásticos. Y eso te desató una posibilidad naciente: acercarnos.
Qué mejor manera de ausentar conflictos frente a tu marido -de quien antes yo carecía de aprobación; qué mejor prueba que saberme emparejado a tu amiga. Vernos juntos, salir a cenar en grupo y confirmarlo; saberlo rociando su alegría con mi mano entrelazada a la de ella.
Él había estado equivocado: sus celos no eran más que una ridícula postura, una débil muestra de inseguridad. El abismo que lo rozaba cada vez que ibas a clases no era digno de ti, era inmerecido, injusto. Pidió perdón.
Le ofreciste pensarlo. Tú, indignada.
En ese tiempo quise conquistarla, vencer el muro de su defensa, aniquilar el miedo. De algún modo, supe que no se entregaría. De fondo, me supe incapaz de alcanzarla. Ella misma no se alcanzaba. Lo sabes, la conoces.
Adiviné en tu expresión esa concentrada admiración por ella, casi una envidia. La llamabas inasible.
Te conté que pintó mi retrato. Hoy me digo que el retrato no tenía nada de excepcional, que ni siquiera me representaba. A ratos humildes puedo reconocer que lo era.
Vivimos momentos inmejorables juntos. Tu “señor”, diría que lo pasaba bien entre nosotros. Tu amiga no dejaba de serlo, no dejaste viva oportunidad de reunirnos, de compartir. Te vaciaste en intentos por celebrar nuestra cercanía y hacer público tu júbilo.
“Cómo nos querrías a los dos”, dijiste un día, “para desearnos a cada uno estar con el otro”. Ambos que éramos sinceramente, lo más preciado en tus querencias…
Que lo tuyo, no había sido más que confusión, un débil pisotear un límite con el otro. Un absurdo, tu mente empañada y nada más.
Ese, “tu hombre” era imposible de dejar. Lo llamaste adorable.
Nuestro lazo amistoso creció hasta lo indecible; fuiste recipiente de mis miedos ante su altivez, ante su negada posibilidad de darse. Hizo lo que pudo; no tenía con qué.
Vino la interrupción súbita. Dijo adiós. Sin duda ni escrúpulo; sin más.
Me digo que quiso volver a ese origen de herida que aún la entumía.
La maldije hasta agotarme, no pronunció palabra, no volví a escuchar su voz. Busqué olvidar esa imagen plasmada del retrato y con eso, olvidar esa mirada certera, esa mano atinada, ese corazón de sensibilidad penetrante.
Olvidar, ojalá, su nombre. Acaso olvidar el olvido.
Fuiste desahogo. Vacié ese dolor, esa incomprensión de tajo, ese final de rumbo, esa dolorosa soledad de mármol.
Me vacié en tus oídos hasta volverlos boca, beso largo, uniforme.
Las palabras nos flaquearon las piernas; fue desdicha que volviste caricia, lágrima: una sola que devino desliz.
Mi acercamiento torpe con sabor a pedir perdón. Un perdón sordo que parecía gotear entre lo dicho y lo no dicho. Perdón que no sentí, hoy te confieso.
Fue un lento recorrer tendido entre cordones de egoísmo. Lo acepto.
Me inundé de tu anhelo, me dejé gozar. Quiero decir, te dejé gozarme. Necesité sentir esa avidez hacia mí, me confortó aun de modo pasajero.
Cuántas veladas en tu casa sobre ti, en esa atmósfera de maridaje…
Cuántas veces ella, otra vez, aparecía en el reflejo de tu espejo...
Cuántas, sentí tu aliento destacando el suyo…
Cuántas, apareció en nuestra charla y te exigí ocultarlo todo, evitar menciones.
Te hablé mal de ella, su ingratitud, su frialdad. Su destemplada fuerza corrosiva. La llamé “muerte encarnada” aun cuando no lo creí nunca. Si acaso: “vida que me impidió vivir”.
Tampoco esperé que callaras, te conozco. Supe que se lo dirías; que peinarías, a detalle, cada escena, cada recorrido, cada pétalo de tu placer obtenido. Presumirías tu premio, después de todo, tu tenacidad es impecable como alumna y como mujer. ¡Vaya!
Dejaste a ese hombre todo siempre, esperabas volverte mi todo siempre.
Lo lamento. Estoy habitado.
Creí que mi memoria cedía cuando una mañana cualquiera me miré frente al espejo y fue imposible reconocer mis rasgos. Algo cambió, algo se perdió. Por una razón que no busco comprender, he vuelto a desear que alguien pinte mi retrato. Uno, en el que aparezca precisamente, aquello que faltó en la imagen de mi rostro reflejado aquella mañana en el espejo.
Tú no pintas. Ni siquiera has mirado más dentro, no la has reconocido en mi esbozo de sombra hueca.
Te pido perdón ahora sí, desde mi entereza, por creer que esa forma de venganza que me volví, me resultaría benéfica; por suponer que tu recuento de goces a mi lado la arrastraría a mi, de vuelta.
No. Ni ella se alcanza.
Irma Zermeño (c).
martes, 18 de enero de 2011
Dicha lumbre
"La presencia del genio en una obra rescata los defectos, rarezas e injusticias del hombre que los creó". César Aira .
“Estoy tan acostumbrada a tus desprecios que cuando me acaricias lloro". Corrido jalisciense.
Ella sufría en sus carnes esos defectos y hábitos, cuando menos, inquietantes.
Él, sin quitar la mirada de la suya, entre fascinación y azoro, rodeaba con un cigarro encendido el contorno del pezón, acercando ese azul naranja de la brasa que a su vez, encendía y hacía brillar el seno, lo rozaba débilmente, lo acercaba despacio presionando, lo hacía arder, frunciendo y retorciendo esa colilla lumbre sobre la carne rosada y frágil. Antes, tierna. Cuando menguaba ese azul naranja, volvía a succionar en el papel arroz, avivaba el fuego para volver a posarlo sobre el otro seno tembloroso.
Desde que se conocieron -ella, casi niña- él manifestó “actitudes extrañas”.
Entonces, se penaba con cárcel tener relaciones sexuales con mujeres menores de edad. A él le producía mucho morbo esconderla en campamentos de verano e ir a tener relaciones con ella rodeados de niñas de su edad.
Era también ella, por ejemplo, la única persona por quien se dejaba cortar las uñas y el pelo. Tenía miedo de que eso, que había sido parte de sí mismo y había pertenecido a su cuerpo, fuera utilizado para cualquier tipo de brujería y le ordenaba guardar en bolsas plásticas etiquetadas con fecha.
Pero a ella, Olga, mujer de cabellera líquida, la persecución ponía alas a sus sueños. La intrigaba. Ella, bailarina rusa, parecía aceptar su tiranía y desprecio, su hostigamiento físico y mental. No sólo eso; llegaba a parecerle una dicha calcinante. Le parecía dicha, le encendía a lo entrañable. No quería más prisión que la cadena sucesiva de sus dientes.
Se sentía marcada para siempre por el carácter imprevisible, aunque cruel, del pintor que le clavaba la mirada con sus grandes ojos y en ello encontraba magia. Él, que comparaba el ojo a un órgano sexual y que creía que la violación ocular era infalible. Y lo era. Ella hallaba ternura en ese morbo. Se pensaba masoquista, quizá en su ceguera, encontraba en el desprecio una embriagadora y magnética forma del amor. Aún más, quizá el más espléndido arrebato lírico posible.
Él, tirano y verdugo, obedecía a los fogonazos de la intuición en un intento lúdico y desesperado a la vez. Vivía, como artista, ese camino a oscuras que se ilumina de vez en cuando por alguna revelación, tan peligrosa como propicia, que le permite ver, así sea por un segundo, el paisaje a seguir…para volver de golpe, en acto seguido, a la más completa oscuridad.
En su obsesión, la tenía encerrada y cuando salía y la dejaba en casa, escondía los zapatos para que no saliera en su ausencia.
Él respiraba el sueño erótico, sus luces lunares, sus sombras.
En azul, volcaba los hijos luminosos de su realidad interior. Su obsesión lo acompañó a lo largo de los años, si acaso, sufrió una variación que iba a lo sofisticado.
Hombre más bien bajo de altura, regordete, a medias calvo, que exploraba los límites de la sexualidad. No sólo quería satisfacer sus deseos sexuales, sino elevarse, entregado a aquello que era prohibido. Unía trasgresión y trascendencia. Descubría el sentimiento de violencia elemental que inflama cada manifestación erótica. Por esencia, asumía el terreno del erotismo como el de la violencia, la violación.
“Las mujeres son máquinas para sufrir”, su lema.
La pintó compulsivamente en retratos casi antropófagos. Era como exorcizar sus sentimientos. Como aprehenderla a través de la pintura, poseerla hasta el agotamiento y hacerle el amor hasta el hastío.
Un día embriagado a límite le confesó que, acostumbrado a sus rasgos, le resultaría difícil domar la mano para expresar las facciones de la que sería su nueva amante.
Un afán ilimitado por experimentar, no sólo con la pintura, sino también con lo humano y qué mejor, si tenía formas de mujer. Aún enamorado, no podía limitarse a ella, seguía buscando reconocimiento en brazos de otras.
Miedo a atarse demasiado a una sola mujer. Quizá por eso, aún mecido de bienestar, usaba la brutalidad como fórmula para combatir aquello que más amaba.
La recreaba para luego, convertido el pincel en arma mortal, irla denigrando, destruyendo a la par que iba desapareciendo de su pensamiento, de su deseo y su pintura.
El rostro femenino se desfiguraba distorsionándose, incluso se rompía, a medida que la relación se prolongaba y comenzaba a agotarse. Si la relación se deterioraba, la imagen lo mismo; dejaba de ser digna de mirarse con asombro para ser vista con estupor, con cierto tormento y repugnancia. Ella no acertaba a definir si lo gastado, sucedía antes en el lienzo o en la realidad.
El proceso de corrupción de la imagen llegó hasta retratarla con el rostro partido a la mitad. La pasión inicial producía en él un entusiasmo creativo, casi febril. Pero llegado el momento, esa misma pintura, la sustituía por la daga con que habría de destruirla.
Entre sus posesiones, evidentemente, un armario saturado de zapatos de mujer; tallas y colores a escoger. Hacer un hijo en una mujer era -en sus palabras- la forma de matar los sentimientos que pudieran existir. Venía la urgente necesidad de liberarse.
Como la serpiente que muda, dejaba su piel vieja detrás -Olga- para volcarse a una nueva vida en otros brazos sin volver la vista atrás. Mejor que su memoria, era su facultad de olvido. Contradictorio, en conflicto permanente consigo mismo y sumamente destructivo, pregonaba sus celos ya que nadie podía merecer trato con una mujer que llevara su marca.
Y el tiempo que lo inmortaliza como enemigo de la ingenuidad, como un caníbal.
“El arte no es casto. Se debe prohibir a los inocentes”, repitió hasta cansarse.
Amante infatigable de la mujer, gran vividor. Hombre mito casi esfinge. Y lo que se acerca a un mito, aun en episódica relación, se quema. Y se calcina en dicha. Dicha que se volvió suicidio una y otra vez. Uno, por cada mujer que amó en sus noventa y dos años de vida
La anterior, por nombrar a otra, se pegó un tiro en la sien, Olga prefirió el marco de la Costa Azul para ahorcarse en el garage de su casa. Ahí terminó esa dicha lumbre junto a Pablo. Él era Pablo. Y era Picasso. Así era amarlo.
Irma Zermeño (c)
martes, 21 de diciembre de 2010
parecía Eva dormida
Parecía Eva dormida
Al fondo, el cerro. La mujer dormida.
Al frente, esta otra que esparce su mujerío sobre la hierba, que siembra su feminidad sobre los otros. Los que, abismados, la miran y comparten.
Subían por la montaña como por peldaños emotivos. Ascenso.
Ella riega sus caricias hembra sobre los hombros y espaldas de machos. Reparte sus dedos sobre las cabelleras, cortas, varias. Menea la cadera y con ella, la melena en cadenciosa danza. Los rizos, caracoles oro, volcados sobre pechos de hombre.
Una vara seca, mano de hombre mediante, le dibuja los brazos. Ella se deja hacer mientras baila.
Eva que muerde un membrillo. Astringente. Ella, que de Eva tenía mucho y de dormida no tenía nada.
Deambula entre pasos de humo, flota en tierra húmeda. Los atiza con la mirada y les pide entrar por ella, por su mirada ávida.
Ella que los quiere en lugar de su mirada, la propia. Los tocó con los ojos. No tuvo que hacer más, los invitó a volcarse dentro, a revolcarse en su mirada vencida.
Ella, bajo el grifo helado del arroyo, ella, a párpados cerrados que los aprisiona y funde.
Ellos, todos azorados, volcados en esa creciente atracción. Paso de tigre, vuelo de águila, mono invencible que cuida el viaje, que guía la dirección. Ella no lo deja. Lo repasa hasta embestirlo contra ella. Los atora entre sus ojos cuerno.
Ritual apertura, rito sangrante, batalla del amor, guerra de caricias, amorío constante, luchas de boca a boca, forcejeos del encuentro. El encuentro.
Espíritus cómplices, miradas con retorno, manjar de dioses, naturaleza abierta, ofrecida, animal, expectante.
Ellos que la mascan, que la fuman e inhalan. Ellos que derribados de sorpresa la devoran a trozos. Ella los saborea a pizcas, los lleva de la mano, los toma por el alma.
Viajeros, voladores de Papantla, aves sueltas en la cima de la montaña, en la cima del cielo.
Las horas les suceden sin prisa. La oración les antecede la gracia. Rito que los lleva paso a paso, pluma a pluma. Tragos, velas, campanas. Un vivo y nutrido coro. Música enraizada de flauta prehispánica.
Domingo que desliza como viento, sol que no los pierde de vista, el eco los repite, el oro los baña. La montaña los abraza; los ha esperado desde siempre, ese lugar, sagrado, ese rincón elegido, los ancla. Los siembra, los nutre y habita hasta cosecharlos. Ahí mismo.
Un mismo domingo con sabor a interminable. Con aroma a vuelve siempre. Domingo que quiere devenir lunes y martes y semana entera y mes y siempre.
Bajaron del cerro como se baja de un sueño. Casi heridos. Con recelo al aterrizaje, con negativas, con excusas, con después.
Ellos, la conclusión: ella que no entiende la vida sin dejar trozos de piel mientras camina. Ella que de Eva tenía tanto y de dormida no tenía nada.
Irma Zermeño (c)
Al fondo, el cerro. La mujer dormida.
Al frente, esta otra que esparce su mujerío sobre la hierba, que siembra su feminidad sobre los otros. Los que, abismados, la miran y comparten.
Subían por la montaña como por peldaños emotivos. Ascenso.
Ella riega sus caricias hembra sobre los hombros y espaldas de machos. Reparte sus dedos sobre las cabelleras, cortas, varias. Menea la cadera y con ella, la melena en cadenciosa danza. Los rizos, caracoles oro, volcados sobre pechos de hombre.
Una vara seca, mano de hombre mediante, le dibuja los brazos. Ella se deja hacer mientras baila.
Eva que muerde un membrillo. Astringente. Ella, que de Eva tenía mucho y de dormida no tenía nada.
Deambula entre pasos de humo, flota en tierra húmeda. Los atiza con la mirada y les pide entrar por ella, por su mirada ávida.
Ella que los quiere en lugar de su mirada, la propia. Los tocó con los ojos. No tuvo que hacer más, los invitó a volcarse dentro, a revolcarse en su mirada vencida.
Ella, bajo el grifo helado del arroyo, ella, a párpados cerrados que los aprisiona y funde.
Ellos, todos azorados, volcados en esa creciente atracción. Paso de tigre, vuelo de águila, mono invencible que cuida el viaje, que guía la dirección. Ella no lo deja. Lo repasa hasta embestirlo contra ella. Los atora entre sus ojos cuerno.
Ritual apertura, rito sangrante, batalla del amor, guerra de caricias, amorío constante, luchas de boca a boca, forcejeos del encuentro. El encuentro.
Espíritus cómplices, miradas con retorno, manjar de dioses, naturaleza abierta, ofrecida, animal, expectante.
Ellos que la mascan, que la fuman e inhalan. Ellos que derribados de sorpresa la devoran a trozos. Ella los saborea a pizcas, los lleva de la mano, los toma por el alma.
Viajeros, voladores de Papantla, aves sueltas en la cima de la montaña, en la cima del cielo.
Las horas les suceden sin prisa. La oración les antecede la gracia. Rito que los lleva paso a paso, pluma a pluma. Tragos, velas, campanas. Un vivo y nutrido coro. Música enraizada de flauta prehispánica.
Domingo que desliza como viento, sol que no los pierde de vista, el eco los repite, el oro los baña. La montaña los abraza; los ha esperado desde siempre, ese lugar, sagrado, ese rincón elegido, los ancla. Los siembra, los nutre y habita hasta cosecharlos. Ahí mismo.
Un mismo domingo con sabor a interminable. Con aroma a vuelve siempre. Domingo que quiere devenir lunes y martes y semana entera y mes y siempre.
Bajaron del cerro como se baja de un sueño. Casi heridos. Con recelo al aterrizaje, con negativas, con excusas, con después.
Ellos, la conclusión: ella que no entiende la vida sin dejar trozos de piel mientras camina. Ella que de Eva tenía tanto y de dormida no tenía nada.
Irma Zermeño (c)
viernes, 19 de noviembre de 2010
Verde abismo
Verde abismo
“Yo, una llama devorada por sí misma que no se puede apagar”.
Yo, Carmen. La desfachatada, la rebelde, la escandalosa, la liberada. Y cuantos adjetivos quieran agregar. Para muchos, mejor conocida como la modelo de Diego Rivera, la hija del General Mondragón, la esposa de Manuel Rodríguez Lozano, la amante del Dr. Atl, la Penélope que esperó al marino en Cuba.
Para mí, el resurgimiento del polvo moralista que me cubrió en un México post revolucionario.
En los años veinte de la Ciudad de México, la mujer más bella, un personaje legendario.Que me falta técnica para pintar, para escribir y para tocar el piano. Nadie entiende sino mi gato Menelik ; la técnica soy yo y mi mejor obra es la falta de prejuicios frente a la vida.
De niña -como Godiva- montaba desnuda en la Hacienda de Temascaltepec, donde me seguía una formación rigurosa, propia de “las buenas cunas”. Tocaba el piano a cuatro manos con mi hermana Lola en la casa en que nací en la calle General Cano, en Tacubaya.
Luego insistí a mi padre, el general Mondragón, de convencer a Rodríguez Lozano hasta casarse conmigo. Aceptó a contracorriente y tres días antes del enlace ya no quería casarme. Me amenazaron con mandarme a convento si no lo hacía. Ante la posibilidad religiosa, me casé. Fuimos a vivir a Paris, donde conocí a Picasso, a Matisse y Bracque.
Estalló la Primera Guerra Mundial, Manuel y yo viajamos por tren y nos instalamos en San Sebastián, capítulo definitivo en nuestra historia de pareja. Colindaba un calvario.
Cuando nos enojábamos, cada vez más a menudo, se daba el encierro. Cada uno por separado, lápiz y papel en mano, quedábamos horas a dibujar en silencio.
Quedé embarazada en San Sebastián y al poco tiempo de nacer mi niño, murió. Lo asfixié al confirmar la sospecha de que Manuel era homosexual. Él decía que iba a rectificar su vida cuando naciera el niño y maté su ilusión. Falsa, a todas luces. A las verdes luces de mis ojos.
Él me repudió, era incapaz de soportarme cerca. Volé.
Atl , de frente a su magnífica colección de mariposas, escribiría más tarde:
“Vuelvo a casa de la fiesta que la señora de Almonte dio en su residencia en San Angel, con la cabeza ardiendo y el alma trepidante. Entre el vaivén de la multitud que llenaba los salones, se abrió ante mí un abismo verde como el mar; profundo como el mar: los ojos de una mujer.
Yo caí en ese abismo, instantáneamente como el hombre que resbala de una alta roca y se precipita en el océano.
¡Adiós, quietud de mi vieja morada, voluntad de trabajar; serenidad de espíritu, ambiciones de gloria! Se cierne sobre mí una catástrofe…
¿Cómo es posible que en un hombre como yo pueda encenderse una pasión con tal violencia?
Rubia, con una cabellera rubia y sedosa atada sobre su faz asimétrica, esbelta y ondulante, con la estatura arbitraria pero armoniosa de la Venus naciente de Botticelli. Sus senos erectos bajo la blusa y los hombros ebúrneos, me cegó en cuanto la vi.
Pero sus ojos verdes me inflamaron y no pude quitar los míos de su figura en toda la noche. ¡Esos ojos verdes! Me parecían tan grandes que borraban toda su faz, fulgores de otros mundos. ¡Pobre de mí!”
Yo, en mis veinte. Él en sus cuarenta.
Gerardo Murillo cambiaba de nombre por el de Atl: “agua en náhuatl” y bautizado por sus amigos en una tina de champán. En un rito similar me renombró Nahui Ollin: “movimiento renovador de los ciclos del cosmos”.
Vivimos en el ex convento barroco de La Merced donde rompimos, apasionados, cada molde convencional.
Después me pintaría Diego Rivera como “la poesía erótica”.
Era época en que las mujeres vivíamos influidas por el cine mudo italiano, se pintaban boquitas de corazón; yo las imitaba. Mi sensualidad era felina en su urgencia.
Qué mejor influencia, la mía, que volver la vida del vulcanólogo un verdadero volcán.
Llegó la tortura de los celos, él me llamaba: un vendaval. Los celos me hacían dar vueltas en la azotea como fiera enjaulada, con los ojos iluminados por relámpagos de rabia. Se quedaba en mí su mirada horrorizada.
Encontré más tarde el papel en el que él enunciaría, a letra y temblor:
“Esa primera tempestad anunciaba tiempos de lluvias, truenos, tormenta y rayos que habrían de fulminarme. Volvimos a nuestro antiguo lecho, testigo y víctima de nuestros amores.
Me quedé dormido y en medio de mi sueño empecé a sentirme inquieto como si fuese víctima de una pesadilla, abrí los ojos y estaba montada sobre mí, desnuda, empuñando un revólver cuyo cañón apoyaba en mi pecho. El revólver, amartillado. Tuve miedo de moverme, al menor movimiento, el gatillo habría funcionado. Lo fui retirando poco a poco; cuando mi cuerpo estuvo fuera de su alcance le cogí la mano con fuerza y le doblé el brazo fuera de la cama.
Cinco tiros que perforaron el piso pusieron fin a la escena”.
Siqueiros describe aquella época como “una bohemia empistolada y agresiva”.
Bien describe, pero al margen de ello, yo traía mi belleza a cuestas, revelaba una necesidad erótica de afirmar mi existencia.
Hoy vieja, andrajosa, camino por la calle Madero e intento vender las fotos de mis desnudos. Pagan nada por ellas.
Camino sola, hablo en voz alta, cada día más fuerte. Es la mìa, una voz incapaz de amoldarse a las miserias humanas. Sólo Menelik, inseparable gato, comprende. Y yo a él.
Y ¿qué hago con mis rasgos finísimos, prerrafaelitas, qué, con mi cuerpo urgido, de una belleza que daba miedo?
Sólo un ciego podía no enamorarse de mí. Acaso tampoco los ciegos.
Hoy nada. Reparto trozos de carne entre los gatos que se juntan al ala poniente del Palacio de Bellas Artes. Camino por horas enteras entre pasos sordos de gatos y harapos, libro mi propia guerra.
Me acompaña mi amante, el sol, el mejor de todos, el esencial.
Recojo migajas, ecos del temor reverencial en los ojos que conmigo se cruzan. Hay chamacos que lloran de verme, de asomarse a mis ojos, a quienes les horroriza mirarme ocultando, entre mi carne guanga y los harapos que uso, los gatos heridos, malformados y hambrientos, que rescato del kiosco de la Alameda.
Me da trabajo ir al centro, los llevo a casa para que no me esperen. Que no esperen.
En alta noche paseo por el tranvía de Tacubaya.
Al anochecer se me ve apurada; se me hace tarde para sacar a las estrellas. No me desvelo; es mi deber madrugar para sacar al sol.
Intento seducir con mi pasado, con el cuerpo que tuve y cada curva inimaginable. Soy aún fragmentos de pretérito vivo, latente.
Mi único miedo se esconde, se sabe, entre los pasos a desnivel y los fuegos artificiales.
Y me sueño envuelta en la imagen de aquel marino pintado en la sábana. De día la cuelgo al muro enmohecido entre dos clavos torcidos; cuadro que seca el mar de mis ojos de tanto mirarlo. Imagen que me acompaña, atenta.De noche, la descuelgo y la tiendo sobre mí y el marino me abraza.
Así dejo de esperarlo. Y confirmo : no murió intoxicado. Es tan sólo un rumor de los que me rondan. Uno más.
Al frío le enfrento con el cobijo preferido, el de siempre : el que forman trece gatos muertos que llevé a la peletería y hoy son testigos del abrazo marino de cada noche.
Cobija con cabezas, gatos de todos colores, cada uno con su nombre que distingo y recuerdo. Cobijan mi soledad, mi hambre de siempre y por todo. La sed insaciable de la que tanto hablé, pinté y escribí.
Los gatos menos bonitos, de los que he olvidado los nombres, se vuelven tapetes en mi cuarto.
De momento, mis ojos son patrimonio colectivo, mis fotos desnuda cubren muros en museos y rebosan páginas de tantos libros. Fui las mejores fotos de Edward Weston dicho en su boca. Nada menos.
Y escucho aún sombras, ecos de palabras que decía - de niña- a mi familia incrédula: “Un día verán que de verdad soy artista”.
Dicen que mi locura paulatina, que mi bohemia embrutecedora, que las drogas, que mi tendencia al escándalo, que mis tomaderas, que mi asesinato. Se dice tanto…
Pudriéndome en la casa donde nací, me renuevo para vivir.
Y el marino se tumba sobre mi cuerpo cada noche, con hondura pero sobretodo con holgura.
Él hace a un lado mi espíritu “demasiado amplio para ser comprendido”.
Irma Zermeño (c).
“Yo, una llama devorada por sí misma que no se puede apagar”.
Yo, Carmen. La desfachatada, la rebelde, la escandalosa, la liberada. Y cuantos adjetivos quieran agregar. Para muchos, mejor conocida como la modelo de Diego Rivera, la hija del General Mondragón, la esposa de Manuel Rodríguez Lozano, la amante del Dr. Atl, la Penélope que esperó al marino en Cuba.
Para mí, el resurgimiento del polvo moralista que me cubrió en un México post revolucionario.
En los años veinte de la Ciudad de México, la mujer más bella, un personaje legendario.Que me falta técnica para pintar, para escribir y para tocar el piano. Nadie entiende sino mi gato Menelik ; la técnica soy yo y mi mejor obra es la falta de prejuicios frente a la vida.
De niña -como Godiva- montaba desnuda en la Hacienda de Temascaltepec, donde me seguía una formación rigurosa, propia de “las buenas cunas”. Tocaba el piano a cuatro manos con mi hermana Lola en la casa en que nací en la calle General Cano, en Tacubaya.
Luego insistí a mi padre, el general Mondragón, de convencer a Rodríguez Lozano hasta casarse conmigo. Aceptó a contracorriente y tres días antes del enlace ya no quería casarme. Me amenazaron con mandarme a convento si no lo hacía. Ante la posibilidad religiosa, me casé. Fuimos a vivir a Paris, donde conocí a Picasso, a Matisse y Bracque.
Estalló la Primera Guerra Mundial, Manuel y yo viajamos por tren y nos instalamos en San Sebastián, capítulo definitivo en nuestra historia de pareja. Colindaba un calvario.
Cuando nos enojábamos, cada vez más a menudo, se daba el encierro. Cada uno por separado, lápiz y papel en mano, quedábamos horas a dibujar en silencio.
Quedé embarazada en San Sebastián y al poco tiempo de nacer mi niño, murió. Lo asfixié al confirmar la sospecha de que Manuel era homosexual. Él decía que iba a rectificar su vida cuando naciera el niño y maté su ilusión. Falsa, a todas luces. A las verdes luces de mis ojos.
Él me repudió, era incapaz de soportarme cerca. Volé.
Atl , de frente a su magnífica colección de mariposas, escribiría más tarde:
“Vuelvo a casa de la fiesta que la señora de Almonte dio en su residencia en San Angel, con la cabeza ardiendo y el alma trepidante. Entre el vaivén de la multitud que llenaba los salones, se abrió ante mí un abismo verde como el mar; profundo como el mar: los ojos de una mujer.
Yo caí en ese abismo, instantáneamente como el hombre que resbala de una alta roca y se precipita en el océano.
¡Adiós, quietud de mi vieja morada, voluntad de trabajar; serenidad de espíritu, ambiciones de gloria! Se cierne sobre mí una catástrofe…
¿Cómo es posible que en un hombre como yo pueda encenderse una pasión con tal violencia?
Rubia, con una cabellera rubia y sedosa atada sobre su faz asimétrica, esbelta y ondulante, con la estatura arbitraria pero armoniosa de la Venus naciente de Botticelli. Sus senos erectos bajo la blusa y los hombros ebúrneos, me cegó en cuanto la vi.
Pero sus ojos verdes me inflamaron y no pude quitar los míos de su figura en toda la noche. ¡Esos ojos verdes! Me parecían tan grandes que borraban toda su faz, fulgores de otros mundos. ¡Pobre de mí!”
Yo, en mis veinte. Él en sus cuarenta.
Gerardo Murillo cambiaba de nombre por el de Atl: “agua en náhuatl” y bautizado por sus amigos en una tina de champán. En un rito similar me renombró Nahui Ollin: “movimiento renovador de los ciclos del cosmos”.
Vivimos en el ex convento barroco de La Merced donde rompimos, apasionados, cada molde convencional.
Después me pintaría Diego Rivera como “la poesía erótica”.
Era época en que las mujeres vivíamos influidas por el cine mudo italiano, se pintaban boquitas de corazón; yo las imitaba. Mi sensualidad era felina en su urgencia.
Qué mejor influencia, la mía, que volver la vida del vulcanólogo un verdadero volcán.
Llegó la tortura de los celos, él me llamaba: un vendaval. Los celos me hacían dar vueltas en la azotea como fiera enjaulada, con los ojos iluminados por relámpagos de rabia. Se quedaba en mí su mirada horrorizada.
Encontré más tarde el papel en el que él enunciaría, a letra y temblor:
“Esa primera tempestad anunciaba tiempos de lluvias, truenos, tormenta y rayos que habrían de fulminarme. Volvimos a nuestro antiguo lecho, testigo y víctima de nuestros amores.
Me quedé dormido y en medio de mi sueño empecé a sentirme inquieto como si fuese víctima de una pesadilla, abrí los ojos y estaba montada sobre mí, desnuda, empuñando un revólver cuyo cañón apoyaba en mi pecho. El revólver, amartillado. Tuve miedo de moverme, al menor movimiento, el gatillo habría funcionado. Lo fui retirando poco a poco; cuando mi cuerpo estuvo fuera de su alcance le cogí la mano con fuerza y le doblé el brazo fuera de la cama.
Cinco tiros que perforaron el piso pusieron fin a la escena”.
Siqueiros describe aquella época como “una bohemia empistolada y agresiva”.
Bien describe, pero al margen de ello, yo traía mi belleza a cuestas, revelaba una necesidad erótica de afirmar mi existencia.
Hoy vieja, andrajosa, camino por la calle Madero e intento vender las fotos de mis desnudos. Pagan nada por ellas.
Camino sola, hablo en voz alta, cada día más fuerte. Es la mìa, una voz incapaz de amoldarse a las miserias humanas. Sólo Menelik, inseparable gato, comprende. Y yo a él.
Y ¿qué hago con mis rasgos finísimos, prerrafaelitas, qué, con mi cuerpo urgido, de una belleza que daba miedo?
Sólo un ciego podía no enamorarse de mí. Acaso tampoco los ciegos.
Hoy nada. Reparto trozos de carne entre los gatos que se juntan al ala poniente del Palacio de Bellas Artes. Camino por horas enteras entre pasos sordos de gatos y harapos, libro mi propia guerra.
Me acompaña mi amante, el sol, el mejor de todos, el esencial.
Recojo migajas, ecos del temor reverencial en los ojos que conmigo se cruzan. Hay chamacos que lloran de verme, de asomarse a mis ojos, a quienes les horroriza mirarme ocultando, entre mi carne guanga y los harapos que uso, los gatos heridos, malformados y hambrientos, que rescato del kiosco de la Alameda.
Me da trabajo ir al centro, los llevo a casa para que no me esperen. Que no esperen.
En alta noche paseo por el tranvía de Tacubaya.
Al anochecer se me ve apurada; se me hace tarde para sacar a las estrellas. No me desvelo; es mi deber madrugar para sacar al sol.
Intento seducir con mi pasado, con el cuerpo que tuve y cada curva inimaginable. Soy aún fragmentos de pretérito vivo, latente.
Mi único miedo se esconde, se sabe, entre los pasos a desnivel y los fuegos artificiales.
Y me sueño envuelta en la imagen de aquel marino pintado en la sábana. De día la cuelgo al muro enmohecido entre dos clavos torcidos; cuadro que seca el mar de mis ojos de tanto mirarlo. Imagen que me acompaña, atenta.De noche, la descuelgo y la tiendo sobre mí y el marino me abraza.
Así dejo de esperarlo. Y confirmo : no murió intoxicado. Es tan sólo un rumor de los que me rondan. Uno más.
Al frío le enfrento con el cobijo preferido, el de siempre : el que forman trece gatos muertos que llevé a la peletería y hoy son testigos del abrazo marino de cada noche.
Cobija con cabezas, gatos de todos colores, cada uno con su nombre que distingo y recuerdo. Cobijan mi soledad, mi hambre de siempre y por todo. La sed insaciable de la que tanto hablé, pinté y escribí.
Los gatos menos bonitos, de los que he olvidado los nombres, se vuelven tapetes en mi cuarto.
De momento, mis ojos son patrimonio colectivo, mis fotos desnuda cubren muros en museos y rebosan páginas de tantos libros. Fui las mejores fotos de Edward Weston dicho en su boca. Nada menos.
Y escucho aún sombras, ecos de palabras que decía - de niña- a mi familia incrédula: “Un día verán que de verdad soy artista”.
Dicen que mi locura paulatina, que mi bohemia embrutecedora, que las drogas, que mi tendencia al escándalo, que mis tomaderas, que mi asesinato. Se dice tanto…
Pudriéndome en la casa donde nací, me renuevo para vivir.
Y el marino se tumba sobre mi cuerpo cada noche, con hondura pero sobretodo con holgura.
Él hace a un lado mi espíritu “demasiado amplio para ser comprendido”.
Irma Zermeño (c).
viernes, 17 de septiembre de 2010
Debajo, una mujer
Te diste cuenta
pareces haberlo notado.
Debajo, había una mujer con sus islas y escollos,
cueva de rincones absolutos nunca desiertos.
Bajo la cabellera en desorden
bajo la piel enrojecida, huérfana de frìo
debajo del sol,
había una mujer.
Mujer debajo, mujer delante
animal a lo largo de una ancha herida
mujer a todo lo largo de la piel cubierta.
Pobladora de libertades,
dueña de rutas imposibles y accesos concedidos.
Manantial de seda.
Ahí, debajo, a través de los siglos y los tiempos muertos
desplumada de las alas del miedo
despojada de palabras,
desnuda bajo abrigos de apariencias.
Lejana a tu, cualquiera, posible impresión
ausente de proyectos, carente de futuro
rebosante de inmediatos.
Ajena a lo cotidiano,
ignorante de lo que te ocupa, de lo que te viste y guarece
ajena al barniz de vocaciones y resultados
ajena a todo menos tu mirada águila,
tu simiente intento, paso de tigre.
Ella lo sabe
ella que vuela en desmesura y puede leerte entre párpados,
ella que concede al paso un leve instante,
una mínima franja, un momento apenas que roce la tierra
hasta saberla y reconocerla
y de puntillas alzar de nuevo.
Levar anclas,
llevarte en la mirada llena,
llevarte…
Pareces haberlo notado.
Debajo, había una mujer
soplido de ángel, sorbo huracanado
lento trago compartido.
Aguamiel.
Mujer sin dueño, sin historia.
Mirada belleza que trasciende contornos
ojos promesa de lo indecible,
cima de montaña.
Te diste cuenta
pareces haberlo notado.
Águila danzante,
mirada sin retorno, raíz embriagada
garra que aferra.
Da ese paso
que huelga de palabras y mañanas tibias
que te vuelque al gesto lumbre.
Ella despeja la insignificancia, desmorona recuerdos,
serena tempestades.
Te lleva de la mano,
en el modo en que la tocaste con los ojos
sólo con los ojos…
Pareces saberlo,
el vuelo ahueca la escasez,
puebla los ojos,
revela el sol
para debajo, hallar una mujer.
Humo inasible. Ojo de agua entre los dedos.
Águila o sol. Ambos.
Águila, sol y una mujer a lo ancho y largo de su piel.
Pareces haberlo notado.
© IZ
pareces haberlo notado.
Debajo, había una mujer con sus islas y escollos,
cueva de rincones absolutos nunca desiertos.
Bajo la cabellera en desorden
bajo la piel enrojecida, huérfana de frìo
debajo del sol,
había una mujer.
Mujer debajo, mujer delante
animal a lo largo de una ancha herida
mujer a todo lo largo de la piel cubierta.
Pobladora de libertades,
dueña de rutas imposibles y accesos concedidos.
Manantial de seda.
Ahí, debajo, a través de los siglos y los tiempos muertos
desplumada de las alas del miedo
despojada de palabras,
desnuda bajo abrigos de apariencias.
Lejana a tu, cualquiera, posible impresión
ausente de proyectos, carente de futuro
rebosante de inmediatos.
Ajena a lo cotidiano,
ignorante de lo que te ocupa, de lo que te viste y guarece
ajena al barniz de vocaciones y resultados
ajena a todo menos tu mirada águila,
tu simiente intento, paso de tigre.
Ella lo sabe
ella que vuela en desmesura y puede leerte entre párpados,
ella que concede al paso un leve instante,
una mínima franja, un momento apenas que roce la tierra
hasta saberla y reconocerla
y de puntillas alzar de nuevo.
Levar anclas,
llevarte en la mirada llena,
llevarte…
Pareces haberlo notado.
Debajo, había una mujer
soplido de ángel, sorbo huracanado
lento trago compartido.
Aguamiel.
Mujer sin dueño, sin historia.
Mirada belleza que trasciende contornos
ojos promesa de lo indecible,
cima de montaña.
Te diste cuenta
pareces haberlo notado.
Águila danzante,
mirada sin retorno, raíz embriagada
garra que aferra.
Da ese paso
que huelga de palabras y mañanas tibias
que te vuelque al gesto lumbre.
Ella despeja la insignificancia, desmorona recuerdos,
serena tempestades.
Te lleva de la mano,
en el modo en que la tocaste con los ojos
sólo con los ojos…
Pareces saberlo,
el vuelo ahueca la escasez,
puebla los ojos,
revela el sol
para debajo, hallar una mujer.
Humo inasible. Ojo de agua entre los dedos.
Águila o sol. Ambos.
Águila, sol y una mujer a lo ancho y largo de su piel.
Pareces haberlo notado.
© IZ
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