jueves, 18 de julio de 2013
Alquimia de lumbre
El sendero largo de la música
erguido en cada instrumento,
los ojos abiertos de la tierra del otoño, sus pasos.
Ojos que cuelgan a lo lejos,
la melena le llueve en la cara.
Y el sol, el trayecto, un lento pasar los ojos.
Como nubes que aletean el humo en la boca,
esa gracia del correr del agua
y su escándalo.
Desliza la pluma de lo que le duele, la espuma en cada herida,
líneas de desamparo que traza la niebla
entre los ojos y el sombrero.
Una lupa en la letra, el ritmo de un afán incapaz de soltarse,
su melodía de fondo.
Ellos, sombríos, no pueden ya velarlo.
Un velo negro cubre las intenciones,
una silla que cure el desasosiego, que disimule la urgencia,
el desparpajo fuera y dentro, la voz mustia,
y el verde lechoso en la copa.
El parto de la oscuridad,
parirla
en el temor de la exhibición.
La memoria contada, sin rincones callados, sin reservas,
los recuerdos contados o incontables,
los dedos insuficientes en su recuento, los pavores.
El parteaguas de lo escrito, el paraguas en los ojos;
en la niebla un caballo atraviesa,
imita el rugido del efebo, y en él, el cielo
las nubes, todas, en la boca.
Corren ratas en las calles, giran monedas en el piso,
afuera, el deterioro
y el salitre en las entrañas, enmohecidos los adentros,
las llagas, los grises por todos lados.
El paso del desenfado, los dedos férreos reparan en los barrotes,
los acasos de los barrotes internos, las jaulas imaginarias,
sus tantos ocasos.
El desconcierto vive entre el verde de los ojos,
entre lo salvaje, lo primigenio y la semilla de libertad.
Los ojos que se encuentran
con ojos que se ven en otros ojos,
en ojos que se ven a sí mismos
en otros ojos.
Esa puesta en abismo que son los ojos,
del que se mira en unos ojos perdidos en otros ojos.
Ese atajo de golpes emotivos que escurre dentro.
Un terrón de azúcar, la cuchara, el licor derramando su dulzura
cubre la espuma en lo verde de la copa.
El tercer ojo del poeta, el que lo funde y lo lleva a la deriva,
esa deriva verde, salitre,
la que lo mutila.
El salitre en los ojos y en la copa, el diablo verde, su elixir.
La absenta no los ausenta, los pone en primer plano y frente a frente,
demonio a demonio se miran.
Los efluvios del vino, la provocación del efebo,
el moño en la garganta envuelve cada palabra, engalana al poeta,
adorna esa palabra anisada, otoñal.
Se quiebra el color del otoño en los árboles,
cruje en cada vara, en el olor de la sequía
ese otoño alineado en simetría.
Dos siluetas de espalda se desdibujan a lo lejos en ese campo,
sobrevivientes en tierra de otoños y hojas al piso,
se confunden al paso con la tierra alineada, estela de pasos y alzado de troncos.
Una mujer joven de lunar tan en los ojos
en un intento de seducir a esos ojos ya robados,
ésos, que ya riega el efebo, ésos, que ya tienen dueño.
La lupa ajenjo del que mira a esos ojos hembra
y solo puede ver, entre ellos, al joven del salitre.
Un escote cerca, los montes en la cama de su belleza
y la lupa, del ojo de la lupa cuelga el joven del salitre.
Casi una coartada.
Una vela acentúa el tapiz del muro, el tapiz del mundo.
Un poema realza el muro de la memoria, un espejo capaz de reflejar el asombro,
el eco del poeta verde, su tinta, su fondo amargo,
poeta verde por dentro, reciente de infancia
tan otoño en la palabra y tan invierno en los sentires.
Un camisón blanco cae al suelo, un desaire,
un posible abandono con donaire.
Un paisaje de dudas late deprisa, un asombro verde, fértil, abandono.
El abandono.
La llama de la vela en el rostro
casi ceñida a los libros y a la piel, casi un traje, un dialecto.
Un asombro aún verde, un perro verde, una esfinge verde.
Un beso rompe y fractura el verde amuleto en trozos.
El tapiz en rojos, rojos los ojos del asombro,
roja la llama, el fuego en los ojos.
El mundo.
Un camisón viste los ojos que lo miran develar nada,
esos ojos no saben mirarla, no pueden,
han olvidado cómo,
aun con el bulto que la preña, con el volumen que lo habita,
es un vientre bulto.
Un bulto a esos ojos que olvidaron conmoverse
porque ella y su gravidez,
porque solo es un bulto.
Unos pies dibujan desde dentro a la piel que no le dice nada,
un apenas moverse el bulto, un rechazo.
La boca enjuta del rechazo, una jauría de auxilios,
la voz seca no encuentra palabras que no griten su indiferencia.
El camisón blanco ahora contra el tapiz rojo,
los drapeados antiguos, el muro rojo de lo insípido, el rojo indiferente.
La caridad de la limosna, la factura altanera de la compañía.
El camisón vuelve a cubrir el bulto,
solo cubre a un bulto,
a un vientre que no le dice nada.
El cortinaje del deber, correr las telas de los deberías,
la disculpa que ofrece el miedo.
El perdón es hijo del susto de abandono, es su fruto maduro.
Las manos sobre el vientre bulto quieren cubrir el miedo,
el bulto dibuja resignación entre sombras,
hinchazón de vientre, una espera opaca y turbia,
el desazón, el horror.
La mirada del niño insatisfecho ruega desde su propio dolor.
La herida y la vela frente a un beso verde al fuego,
besar el fuego.
No ser comprendido ni por el aire,
ser rehén de la incomprensión.
Esa caridad que acepta el miedo y sus medios.
Lleva el vuelo de una mariposa en la solapa,
el vuelo como un clavel.
Clava los ojos, como alfileres, en la pared de las letras,
los ojos y su hierba de artemisa.
Afuera, relinchan.
La rabia es un perro verde.
Una rabia verde, lechosa, anuncia la noticia de abandono.
Una urgencia latente, una súbita huida, la llovizna, la niebla,
el gris paisaje de la impotencia.
Cómo protegerse del agua y de la bruma
y del cauce de tragos de amargura
si ha de correr a por él
con el rostro llovido y la tristeza alargando la cara.
Una banca salva su prisa, sostiene su anhelo, aún guarda la fe
el joven escribe papeles empapados,
tinta vencida en letras escurridas, emociones en cascada.
Verdes escalones parecen no acabar
hasta cavarse un hueco donde atesorarlo,
dar con el vericueto y su eco
donde esconder al hallazgo y tenderse a contemplarlo.
Salitre en los muros carcomidos por el musgo,
sangrante anhelo, un lugar tierra, lugar abandono.
Un mundo abandono.
Acomodar la esperanza, iluminarse por dentro
hacerle hueco, mecer el eco emotivo al vaivén de las llamas internas
entre ocres, verdes y terciopelos roídos.
Los ecos oídos. Los ecos idos.
Se borda la angustia, esa precisión de aguja, esa alquimia de lumbre,
se roe la espera, se cava una espera en los oscuros caminos de la muerte.
A cavar la espera sin que se acabe.
La altivez de una columna al centro,
abajo, la llama y su ardor, cuna de silencios.
Las vías del humo en la noche,
su primer plano en lo oscuro, su trazo en el aire
y su acento sobre el silencio.
Piedras mojadas, charcos de noche, espejos,
reflejos de pasos que se detienen.
La desnudez auxilio, su flama, su turgencia.
El grito que exilie cada herida, el recuadro del elixir y su exceso.
Ella, casi niña, lee frente a la lumbre, en la frente de la lumbre,
en la fuente de la lumbre, fuente de su hambre.
Un tapiz rojo serpentea alrededor, rojo roedor.
Cae la tiniebla, el golpe trágico de la violencia,
la rabia verde muerde su atrevimiento.
Permitirse una osadía, decir lo que no debió,
lo que él mismo evita decirse entre gemidos sin color.
Risa sensata o insensatez de la risa como huida
a coro con el golpe, con el dolor
y afuera, el galope.
Fingir una disculpa,
cómo dejar que nos digan lo que nos evitamos decir
segundo a segundo.
Un candil a tres fuegos alumbra la afrenta,
el cinismo se arrastra en la cara del sí mismo
y su lenguaje.
Y el río. El río de fondo
sin la risa de fondo
y los troncos vencidos, el verde todo.
El humo cómplice y su rumor callado,
encallado en la arena,
el humo del aliento perverso, arrinconado.
Entendió como si clareara
que lo quería todo en la propia piel, la furia toda en la piel,
no era suficiente ser una persona,
había que serlas todas, sentirlo todo.
Ser la génesis del futuro
y en su risa asomaron retazos de niño aun con hilo adolorido,
aun eco de gritos de trinchera.
Una tarde gris de sombreros y paraguas, de polvo danzante,
un bastón y una espada, dos en uno.
Como él iría en todos.
El lugar común, el ruido y el infierno que le era cada voz ajena,
cada roce ajeno, cualquiera.
El hastío de la otredad. El hartazgo.
La espuma en la boca y en la punta de las manos,
la insuficiencia de siempre,
la rabia suelta, la espada puesta
y presta.
Las risas que no caben en los límites del cuerpo,
la risa que debe expulsarse,
esa euforia del que no encaja en ninguna parte,
del exiliado de la razón y del corazón a un mismo tiempo.
Una pipa en la boca y los ademanes del violín rotundo,
sin ademáses.
Con devoción de violinista comparten la pipa, el humo
y el zurcido fino de las ideas.
Disimulan heridas y manías, se usarán mutuamente,
se nutrirán uno al otro empezando por la boca.
De boca a boca.
Una habitación despintada sella el pacto,
sellan el beso y los versos,
entre mapas de humedad del cuarto que los contempla.
Y volver al cuarto del tapiz rojo que mece terrores,
al del serpenteo en los muros,
volver a la mujer indiferencia y lamento que ostenta lujo y es tan lastimoso.
El lugar rojo y su noticia que vendría y no deseaba,
y querer, apenas, rozar la inocencia con un dedo
con un solo dedo como si temiera un contagio.
El contagio de la inocencia. Como si temiera.
Llevar la embriaguez encima como un abrigo, las acusaciones en la boca,
los ojos llovidos, la lumbre en la mano, el rechazo en cada gesto.
El rechazo como otro abrigo, como una segunda piel, una muda.
La inocencia saca la lengua, la lumbre alarga los brazos,
crece cada llama hasta el rechazo,
la negativa que dejó una decepción, la violencia del no
y lo tanto que golpea.
Ese nido de algodones blancos, ese lugar que entibia purezas
contrasta con el lodo de sus zapatos y el de sus intenciones.
El carbón quemado de los hubieras.
Y el campo, la inmensidad del campo y sus relinchos,
sus silencios verdes rodeándolo todo, su aroma fresco y mojado.
Los pasos jóvenes, arrojados,
hacia ese cortinaje que pende entre las manos niñas
y la sonrisa satisfecha de un ha vuelto.
La prisa de las faldas, su meneo, el mandil vuela a uno y otro lado.
Las faldas del cerro y su vuelo.
Ha vuelto.
La hierba detrás, los bultos de paja, las palas arrinconadas, el pozo,
muros de piedra cansados de verla esperar.
Ha vuelto a la aldea su alma ávida, la tinta y la pluma, la pinta del regreso,
la pluma lo pinta, su caligrafía y sus sepias,
el heno en montones, el afán lleno de escritura.
Quedaron de lado el brillo de aves, su ligereza y su vuelo,
hoy, la olla en el fuego, los leños avivan su brasa, el hollín en la memoria,
arrastrar cucharas en sincronía, en danza lenta y solemne,
en ese lugar sombrío no se despeina un pelo,
ahí no hay lugar para los atrevimientos.
Ahí manda la oscuridad, la tiniebla con un solo gesto lo rige todo,
ahí vive la represión, el aire es lento y pesado, desabrido,
en esa penumbra hasta los mugidos exhalan miedo.
ahí no cabe la rebeldía de uno solo de sus pasos.
Ahí es la sombra de la sombra.
Ha de volver.
Y vuelve a cosechar el abrazo macho,
a ser cuchara que menea el desazón, que alimenta el coraje,
vuelve a menear la cima hasta recortarla contra la rabia verde,
al peligro en cada inhalación, a cruzar el abismo sin alas.
En otra parte, en la habitación del tapiz rojo,
las manecillas del tiempo y los estampados
miran cómo se amamanta a la pureza, la blancura tibia de una entrega
y ven pasar a la embriaguez y su bastón.
La pureza no ha sido saciada, se le yace en blanco,
la embriaguez lo rodea, el bastón se vuelve espada
y gruesa espalda.
El remordimiento golpea, violento,
la culpa lo avienta todo, el pánico muerde.
Un moisés arrinconado a golpes, los ojos llovidos de miseria,
los ojos de los que se apoderó la rabia, la rabia verde y sus estragos. Y la espuma.
La amenaza de una vela,
otrora luz, otrora letras,
la llama de la vela en los cabellos, prenderle lumbre a lo que respira santidad
y lejanía. Y otredad.
Frente a su cinismo, frente a todos sus demonios
la ata en un abrazo
que por detrás le incendia el cabello.
Afuera, relinchan los caballos como dando pasos en la lumbre,
como cansados de morder un hambre antigua.
La embriaguez llora sus culpas, derrama su pulpa concentrada.
La santidad se quema, ésa que mecen los muros rojos.
Esa santidad que ella destila lo hace aborrecerla,
la melena oscura en llamas, el humo como coro del llanto,
el pavor y su canto.
El demonio no sabe qué sentir,
se ha quedado sin rostro.
El llanto de la pureza va en aumento,
la absenta en las copas, la ausencia en las ropas,
la abstinencia del sentido, acercar el fin del camino.
Cada brindis acelera a su demonio, cada trago lo acentúa,
cada risa le brinda su pasión como se brinda un toro.
Se brindan a la miseria humana.
No hay en esa violencia intención, no hay rumbo en su agresión.
No hay siquiera eso.
Surge de la niebla embriagada, de la urgencia de saberse querido.
Un ruego, a la vez súplica y suplicio. Rogar el eco que diga que lo quiere.
Ofrendar, abierta y confiada, la palma de la mano al trazo del cuchillo
es ofrecer el cuenco de la mano.
Un fino desliz de cuchillo sobre cada línea de la mano,
recargar la punta en el centro, repasarle cada línea
al filo que arde del horizonte a la vertical.
Recargar su filo, un roce apenas,
un roce y clavar el puñal en el centro.
Ese cetro. En el centro.
Río de sangre, río dolor,
la mano entumida, gemidos abriendo en flor la piel.
Un dolor a piel de flor.
Ahora lo apuñala con la piel por detrás,
una pasión nunca colmada. Ese cetro en su centro.
Le inyecta esa rabia verde entre su atrás,
desborda en él un río verde.
El asombro todo, el gozo no cabe en el dueño de la mano que desangra.
Los ojos no saben dónde ponerse, de dónde colgarse, no le caben.
Una mano perforada, una venda que la cubre
un mapa sangre al centro, mancha idéntica a las de los crucifijos que detesta
ahí mismo, en la palma y contra palma de la mano.
Con esa mano herida le roza la cara, soba su frente de delirios,
su frente de lirios, su fuente de lirios.
Le recorre la belleza adolescente, dibujada a mano, ese perfil soñado,
su aspecto rubio lo afina, el sueño en el que monta lo suaviza.
El sueño arena,
los velos arena.
Huir es lo que queda.
Huir y se le iluminan los ojos.
El mar, dar con el ojo del mar.
Y el sol.
El campo y todos sus verdes, la fronda, la raigambre, anillos de árbol,
las torceduras del viejo, son la tiesura del tronco viejo, son cada nudo.
El joven y el sol entonan los rojos del paisaje,
remontan en carreta la vastedad del verde, la irreverencia de la alegría,
montar a pelo al macho y sin rienda.
Un bastón, un sombrero y el vino uva tinta.
Se adueñaron del monte, del horizonte todo,
de su anchura, su espesor, su desvarío.
Descorcharse con la piel
sacar el propio corcho de la piel, saberse licor, beberse a fondo
ser lumbre que rociar con el vino.
Paisaje arena, del color de la espiga es la silueta de la complicidad.
El paisaje ofrece una diagonal y cerca, el mar.
Sin cerca, el mar.
Ese leve rumor de mar, esa fuga de espuma acariciando la arena,
la carrera hacia la espuma, su prisa y su revés,
el gris de mar que por fin pisan sus pies.
Todo él y su ropa oscura al mar, al abrigo del mar,
avienta el abrigo de lana donde sea,
ahora lo abriga la sal. El mar.
El viejo y su ausencia visible, derrama confusión, su palidez es toda niebla,
llueve culpa y busca a la santa en su desnudez de hembra,
busca el cuerpo en ese blanco horizonte,
monta ese blanco horizonte a pelo.
Y monta el sueño, esa esfinge de piel en terciopelos azules esta vez.
Urgencias prístinas, esa melena oscura incendiada
ahora de ganas lumbre, de lumbre de ganas,
de hambre de hombre.
El deseo pegado a los huesos y a los besos
caer en el porqué y callar en coro.
La palidez del silencio, el muro azul como un violín de espera
y la gravedad del chelo.
El terciopelo y el polvo trazan dibujos en el aire,
la intención de embriaguez lo perfuma todo, cada palabra, cada aliento
en ese lecho de agonías.
Huir. Siempre huir.
El cinismo y la santidad se miran a los ojos.
Una afrenta de humo, de leves palabras y un casi beso.
El cinismo quiere besar su santidad.
Y se deshizo la luz.
Una ventanilla del tren, ver correr las venas del paisaje
un tren verde parece recargarse en el monte,
recortar el cielo a pinceladas.
El humo, su anuncio gris, los vagones del infierno,
el tren rojo del desasosiego.
Una postal de lacerante compasión que cubre el musgo.
El óxido corre, su ritmo in crescendo
la lumbre perpetua en esos ojos, vagones amarillos,
un lento discurrir del fracaso.
A la certeza le llueven los ojos,
se desatan los rojos en todas sus gamas
donde se tragó saliva hoy se traga rabia y lumbre.
A la certeza le llueve la desolación.
Las cuerdas del viento mecen la complicidad,
voces de ópera, el color de la voz de la ópera
roja, aguda, altísima.
Entre ladrillos óxido, incendio,
llamean velas entre letras y candiles,
las formas de la magia en verso, la prosa de la desgracia y su espina.
Se consumen las brasas y los brazos.
Quedan tragos vacíos, una manzana verde en la boca,
una certeza madura, un mundo.
El chaleco abotona siglos detrás de la incomprensión
la mugre, el óxido y sus mapas,
la pincelada del qué decir sobre el cómo decir.
Y de vuelta. Las manos devueltas.
La carne blanda de la culpa, el color del tabaco lo permea todo.
Dos siluetas al espejo, dos sombreros se confunden.
Dos de heridas sin cerrar,
dos cerrojos
grises, tierras, figuras del polvo al azar.
El afán del morbo y su filo navaja,
el sueño arena, el manto de arena
y su amplitud.
El viento rasguña a los árboles,
hurga entre el imposible y la impostura.
El viento rasca lo erguido de los árboles,
frunce muros carcomidos, ladrillos a medias, palabras sin decir.
Se escuchan ladridos al miedo y su resaca.
El ánimo a rastras, el ánimo arrastras a susurros.
Apenas las manos pueden sostener la cabeza, detener ese abismo en los ojos,
el error se recarga en la cara, el error vive en su frente,
vive para él y de frente.
La mirada gacha, la postura se dobla, se ablanda.
La tinta y la palabra, endebles.
La poesía y su esqueleto lo sacuden.
La escritura lo cambió a él, lo reescribió.
Dejar atrás. Huir.
Tiempos en los que no entregarse es un crimen y entregarse también.
Un crimen.
Partir y partirse, si no es lo mismo.
Aun dormido sabe que hay que dejar atrás
el sueño arena, el manto de arena,
su velo y su vuelo.
La mirada ya se fue, murió,
la tinta corre, intenta decir, duda, se rebela,
aparece una mancha, un mapa óxido, el mapa sangre
la mancha sangre, la rabia verde otra vez, el diablo en la tez.
Parálisis, ese terror.
La búsqueda se abandonó en ese cuerpo,
en ese cuarto gris de humedades ateridas, el cuerpo apenas se endereza
a decir: aquí, aquí, el abandono.
Ver a la verdad trepar por los muros, ver a la fealdad reptar por ellos.
La fealdad y la crudeza como enredaderas
sostenidas en la verdad.
Una reja testigo, geometría que acompaña, en cada respiro, el llanto.
Aceptar esta vez, eso es llorar,
aceptar enciende la marcha del martirio.
Romper el eco y el reflejo de esa locura que hace doler los huesos y los versos,
romper el cristal que suda esa locura.
El demonio y su burla pisándose la cola,
quemándose la cola,
el demonio se burla de sí mismo.
Corre un caballo negro, corren la rabia y su espuma de olas,
se ensanchan los caminos, se multiplican, se confunden,
el gentío entorpece, una multitud estorbo.
Huir. A dónde esta vez.
“No te vayas”, se escuchó un eco de la voz demonio.
“Lo siento”, repitió el eco
y lo que encontró fue una espalda, la vista trasera del sombrero,
la canoa se aleja mar adentro. Se aleja amar adentro.
Esa canoa lleva su abandono, su delirio de años, sus pedazos.
“Lo siento”, volvió a repetir el eco.
Danza de serpientes, una palidez llovida y neblina,
la decepción empapada, ya un amuleto.
Cayó un golpe rojo.
Luchan dos furias, a más temible una que otra, forcejeo de imposibles.
Violenta desnudez de uno, en el cuerpo,
desnudez en la violencia encarnada del otro
aun entre terciopelos,
promesas en el aire y negativas que las sellan.
Compartieron peores trayectos,
se golpearon con feroces piedras que hicieron a palabras.
La burla era ya un consuelo, la humillación, una dosis diaria,
la limosna, un hábito al que ya no podían negarse, la necesitaban.
Era un vicio. Una forma de respiro. Era su mundo.
Un arma cargada.
Alrededor, marrón todo, un aire uva tinto en cada imagen,
esa belleza que hay en lo irremediable, en rumiar entre lo irremediable
y querer redimirlo.
Cómo esconder el aire tenso, el aliento cortado, la venganza en los ojos,
un trozo de tapiz verde cae del muro, caen las dudas y la embriaguez.
El muro verde y su salitre.
“No te vayas”, dijo la palidez, “no, esta vez.”
El demonio se recoge a sí mismo hecho un ovillo, se empaca a sí mismo,
la palidez tiembla, duda, vuelve a temblar.
La amenaza en el aire, ese golpe seco en la garganta, la miseria de llegar al punto,
de invitarlo a su muerte,
de escapársele a su muerte o escapársele a su vida.
Y convencer, vencer juntos
y ofrecer el sol. Aquél sol.
Casi una dádiva continua,
no poder con el no, desconocerlo, es tóxico, es tarde.
Es desolador.
Quiso su hombro y no su sombra
aun con lástima, “aun así, quédate”.
La palidez se envalentona,
avienta el abrigo y presume el arma,
que muera todo. Es hora.
El demonio pide su turno, su ver morir, ofrece la espalda.
La palidez apunta, va del susto en aumento hasta el terror
el demonio gira, enfrenta,
la palidez ruega,
quiere lágrimas, disculpas, pide migajas que el demonio no puede ofrecerle.
Un tiro en la mano,
el demonio sangra, gotea óxido y veneno, derrama imposibles,
en el corazón de la palma de la mano, en el ojo de la palma de la mano
tiene un mapa, un centro sangre, un río derramado.
La palidez retrocede llovida de culpa y miedo,
el demonio se enfría,
un violín estalla.
Arrancar la bala,
prisión veinticuatro meses
el paso del tren y sus nubes, su aleteo,
el humo, su ruido y su anuncio.
Y el campo y sus verdes todos
y su ruido de varas secas, los marcos de madera en las ventanas, las vetas,
dar en la veta, volver.
Volver al llanto en esa mesa, al compás de sinfonía, de orden,
esa mesa que obedece a la rigidez, ese cauce saliva de muerto,
ese tedio, ese luto.
Morderse los labios como quien respira
como quien busca oxígeno.
Los pasos vuelven sobre sí mismos,
la revoltura, la tinta, la pluma, los libros.
La escritura y la mano vendada y el alma vendida a sí mismo,
al diablo y la escritura.
Al diablo la escritura.
La palidez se desgarra en la ruina de su encierro,
veinticuatro meses de dolorosa rutina,
la ruina emocional y sus matices en gris.
Una hebilla ceñida a la amargura.
La rabia mueve al trinche en la paja, vigila el grano,
domar su propia rabia y ajustar la propia correa, quedarse con su animal,
quedarse con él mismo y a solas.
Quedarse. Lo que siempre evitó.
Las manos apenas pueden sostener la cabeza,
la tinta corre, acaso lo intenta,
y el sol.
El sol de frente,
el sol, como su propia frente,
la mano tapa al sol,
el sol esconde la mano, la mano del agujero.
El demonio escribe, lleva en los ojos el sol,
lleva en las pupilas dilatadas
al sol y al tedio.
Tres velas blancas en lumbre le calientan la mano vendada.
A la otra mano, a la mano sin agujero, la calienta el desliz de la pluma,
la escritura.
Lo calienta en su afán.
Se consume la cera una y otra vez, él consume su tedio lento, a sorbos.
Se consume en él,
se muerde a sí mismo y su cola.
La caligrafía danza in crescendo,
dibuja un violín y un chelo, traza la música en la ventana empañada,
corre una lágrima, corren dos.
El demonio y su verdad de sufrimiento,
el demonio, ese ángel caído
y el muro roído detrás.
Y detrás, el campo.
La palidez tras las rejas, tras esa nube gris,
detrás de sí mismo, detrás de su sombra,
habitante del mapa de la culpa.
La palidez mea culpa
respira culpa
y a tiempo lento, apenas respira.
La palidez busca a dios o es la culpa quien busca a dios.
Una lupa y un esmero recorren esa caligrafía,
la cadencia de la lumbre consume hasta el último papel
cada hoja, hecha fuego,
cada llama vuelve cenizas ese ojo del mal.
La lupa no entiende el sentido, no sabe traducir su vocablo
azul llama, papel ceniza,
palabra a palabra.
El campo, el abrigo,
el aire enfurecido, gimiente,
la decisión en los pasos, las trancas, los troncos, lo trunco.
Los verdes todos. Las verdades todas.
Un alineado campo de árboles del color de la arena,
escalar el musgo, trepar las piedras, bastón en mano.
Ver la vida desde lo alto y ver nada. Nada queda.
“No se puede perdonar que faltes,” repitió el eco
y no escribió más.
Nada que decir, quizás nunca hubo nada que decir
sino la yerba, el sonido de la paja y el crujir de los pasos.
Sino las piedras, la humedad de las piedras, su llanto y su canto sordo.
Sino los charcos, la maestría del silencio,
el reflejo mudo y la sordidez presente.
Tenerse. Ese camino entre tenerse y el mientras tanto de entretenerse.
Ahí, su nombre, si es que es posible tenerse enteramente, uno a sí mismo.
El alma y el cuerpo. Tenerse enteramente.
La palidez roza con un dedo la cara del demonio,
su perfil de humo, su emergencia y su acento.
Quieren hablarlo fácil,
decirlo fácil cuando nunca lo fue,
no le es fácil a la palidez ni al demonio, acaso tampoco al humo.
Huir. La palidez quiere huir,
el demonio dice “sí, será con alguien más.”
Dejar atrás, se escuchó el eco en la voz del demonio.
El sueño arena, el manto de arena,
perderse en ese ir lejos, desaparecer.
Se fue al país rojo, a los muros roídos en rojo, a las pieles negras de uñas afiladas,
al consuelo de la hembras negras y su jadeo en rojo.
Al consuelo.
Consuelo como cura, como enfermedad y como veneno,
la confesión y el dialecto de la arena,
el diálogo con la sombra, el dolor como música de fondo.
Lo ruidoso de estar vivo, lo inútil de un cuerpo que no sirve,
uno del que se adueñó el dolor
cuando los gruñidos y los gritos rotos poblaron la garganta.
El sueño arena, el sueño de la muerte.
Los velos blancos sobre el vuelo arena.
El cuerpo desvencijado en el reino del dolor, el sudor escurriendo en el rostro, visiones del sudor, gemidos en ese cuarto azul,
que el ojo del mar arrase las manchas, si puede.
Las manchas de la culpa.
Que la vida no me ampute lo que ya no tengo, no perder lo que ya perdí.
Y los ojos, de cara al sol.
Y la voz, buscando el sol.
Las ruedas de carreta hacia el sol
dejar atrás las trancas, los troncos, lo trunco,
lo roto, camino al sol.
El andar del adiós sin dios y los rechinidos de fondo.
El luto y su espalda, el negro apretando los pasos en un sendero de prisa.
Exiliado de la razón y el corazón.
Dejar atrás.
Un manto blanco ahora lo cubre, a él y al sueño de arena,
al reloj de arena de la palabra
y la vida entre la tinta.
La palidez aun vive, a fragmentos, a ratos rotos,
sobrevive en la arena donde el dolor lo quema,
le queda la copa verde, la espuma verde,
el recuento de la memoria y la rabia toda.
Dos copas de elixir verde, dos cucharas, dos terrones de azúcar se diluyen,
el demonio lo mira de frente y bebe sin soltar los ojos de los suyos
pide una dádiva, otra vez,
una limosna de amor.
El demonio y su mirada de cristal, también verde,
diluye los terrores y temblores esta vez,
pide la palma de su mano, le repasa a cuchillo cada línea del mapa de la mano.
Suave, apenas como si flotara, le dibuja cada línea
suelta el cuchillo y le besa la mano,
sonríe, también, con la verde mirada.
La palidez tiembla sin dejar de mirar su mano,
ahora abierta, vencida, entregada.
Y bebe.
Brinda por el beso del demonio, se brinda entero a ese beso.
Un pecado con alas,
una memoria alada, una cola de fuego.
El río, el mar, el verde.
Y el sol en el mar
en un beso
donde la tinta no hizo falta.
Ni la palabra.
Irma Zermeño (c)
sábado, 1 de diciembre de 2012
Leer el mar
La marejada en oleaje alto lo ocupa todo.
Leer tus palabras, una a una, es leer el mar a mares. Tus palabras que
son amares.
Es detener entre los dedos una gota de agua en un océano de jade.
Ninguna línea rota.
Cada renglón, un mar de leva agitado por los temporales.
El paisaje, olas de mucho seno y lento movimiento, entra por mis ojos
como aire salado.
Y queda.
Responderte sería arar en el mar, nada más inútil. Como envilecer tu
contendido y desangrarlo.
Leerte invita al silencio gimiente.
Vergüenza del resto. Tu voz avergüenza al mundo. Lejos de tu palabra
todo es rodeo. Mera aflicción, mero intento.
Alejarme de tu palabra sería romper el mar, hacer estrellar las olas
contra un peñasco y apreciar mi respuesta, cualquiera, como un ancho error,
como un flujo indeciso.
Encontrarme entre dos aguas, vacilación que se adueña de esta intención
que abandono.
Visos de palabras que acomodar en la cercanía de tu oído. Estériles como
arrojarse a la mar siendo un río breve y diluírme en segundos atenuando mi
forma y mis maneras.
Prefiero seguirte leyendo. Leerte de mar a mar y bañarme en tus acentos
como en agua lustral, como víctima para el sacrificio. Sacrificio al callar, al
no seguir el arroyo que forman tus palabras al este de las nubes.
Me alimento del río encrespado. Quiero permanecer silente en la mar de
belleza que resguardan tus palabras que me acogen, me seducen y me entierran.
Muerdo mis rodillas y lleno los segundos del silencio que crece
taimado.
Y crece.
Me baño en agua rosada por tu talento, por la tierra sensible que pisas,
por ser yo quien recibe tus cartas. Por morir en tu palabra insólita, inédita.
Apenas nacida, bienvenida.
Nada que decir.
Y ninguna línea rota.
Irma Zermeño ©
lunes, 10 de septiembre de 2012
Bestialmente Humanos
Enrique Walbey blog
Escultura contemporánea. El interior expresado en el exterior de la figura humana.
LUNES, 10 DE SEPTIEMBRE DE 2012
Sobre “Los extravíos y guías del espíritu” de Enrique Walbey.
Walbey habla de los “senderos de locura y negación, del infierno de la soledad y desesperanza”.
Yo encuentro un diálogo entre el despertar espiritual, entre su ser escultor y las ventanas interiores que no le son exclusivas.
Ese afán de encasillar a los artistas y rodearlos de tormentos pasionales, es negar que nos pertenecen a todos. Es querer ignorar que somos habitantes pasajeros de heridas y olvidos, coleccionistas de cicatrices y atemorizados del sufrimiento.
Vivir duele y reconocerlo cuesta. Y aun más frente a un público. Exponer ese sentir frente a la crítica.
Sentirse encadenado a tantas cosas, sentir púas sobre las muñecas o aferradas a los tobillos, saberse rodeado de espinas o reconocerse inmóvil. Caer en la mansedumbre o vivir en la garra de la fortaleza.
Walbey, en cada pieza, nos acerca al misterio; abre heridas y en la misma contemplación, de algún modo, las sutura. Ahí radica su magia. Ahí, la escultura que golpea nuestras emociones. Y de un modo tan conmovedor.
Su obra se regodea, a mis ojos, en los tres poderes del alma: el entendimiento, la memoria espiritual y la voluntad. El cuerpo parece un pretexto en el que sostener los gritos del espíritu. Nada menos.
El uso frecuente de magentas, y escurridos, invita a pensar en chorreos, en sangre. Y fluyen de la misma manera en que la sangre nos recorre por dentro.
Las posiciones de los cuerpos parecen imposibles, dolientes. La estética deteriorada; son cuerpos avejentados, flácidos, en apariencia de oscuras descomposiciones; no persigue la belleza que se persigue en nuestros días, sino la expresión que logra en piezas sin facciones ni rostros, porque no los necesita. Me permito afirmar que le estorbarían, le harían ruido.
Sería hacer competir la fuerza lumbre que en ellas estalla, que gritan esos cuerpos, con cualquier expresión facial, sea cual fuere.
Esa fuerza logra detenernos en cada pieza, es una contemplación que cuesta. Y cuesta porque implica reconocerse en ellas, saberse ahí, ser parte de ellas, habitarlas.
Son, a mis ojos, cuerpos asexuados y tan bestialmente humanos. Tan nuestros y tan universales.
El conocimiento de los materiales, y su factura, es impecable, lo que agudiza su fuerza. Y la monumentalidad potencia esta emoción; es por eso que crean polémica, porque raspan en lo profundo, porque como humanos preferimos evitar el tormento emotivo, negarlo, minimizarlo.
Tenerlo en lo monumental acelera, en algunos, una reacción que rechaza, que atemoriza y niega.
La obra de Walbey propone desenredar la hebra de nuestros orígenes.
A sus piezas, les corren por dentro cuerdas en tensión, gritan lo terrible, parecen gotear urgencias, preferir autoexilios, son huidas y salvaciones a un mismo tiempo.
Las manos de Walbey esculpen apelando a esas animalidades extrañas y confusiones monstruosas en el dolor que gritan los cuerpos. Es un expresionismo en toda la extensión del término.
La expresión en su tono más vivo, desgarrado; son piezas que muestran el color de la vida concentrada, con todas sus pasiones navaja.
Walbey no deja una sola emoción fuera de nuestra contemplación. Abarca el abanico emotivo de lado a lado.
Nos adentra en un crecer y decrecer turbio, de espesores rotundos, son piezas que se mueven entre los tantos matices de las tinieblas humanas, que, a la vez son una danza. Y son llamas.
Son contundentes figuras de fuego en el que parecen flotar y del que, a la vez, intentan escapar. Así. Ahí, mismo, dueñas de un contraste extraordinario.
Cadenas que son la cercanía de una realidad visible, de un tormento vecino, tan animal como humano, tan posible.
Nos miramos a nosotros mismos envejecidos, monumentales, pavorosamente humanos.
Es una obra sin tiempo, sin memoria, una obra latente. Es un lento asomo al hastío, al purgatorio, al infierno.
Es mirarnos en tránsito, en cuerpos que penetran tan puntualmente nuestras emociones más arrinconadas, las que nuestra sonrisa intenta dejar de lado, la que busca esconder.
Es pararnos frente al espejo del dolor. Mirar cada pieza y exponernos, reconocernos en cada fragmento para intentar unir nuestros pedazos. Ser ese escombro mientras lo contemplamos.
Nos empuja al autoconocimiento, nos arrolla, nos conmueve en su valentía, en su desnudez, en ese grito de auxilio de quien se acepta tan dramáticamente humano.
Walbey grita su fragilidad que es la nuestra, nos vuelve a la vulnerabilidad, a la brutalidad esencial, a la pasión más pura que, sin remedio, abraza al dolor, goce mediante.
Cómo nos cuesta la decrepitud, la decadencia, la vejez. Cuánto miedo cuando nos ronda. Y tan absurdo ignorar que es la siguiente parada, o la siguiente de la siguiente en este tránsito de carne y tiempo.
Su obra es una invitación a tirar las máscaras, a dejar el carnaval de las apariencias, a buscar ese prodigio y atrevernos a nadar en el acuario de lo auténtico.
Es adentrarnos en la noche con los ojos abiertos y las emociones dispuestas. Es aceptar nuestro lado salvaje y oscuro, aceptarnos esclavos de nuestras pasiones nos lleven donde nos lleven.
Es atrevernos a estar vivos. Tan verdaderamente vivos.
Es saber que miramos nuestros alcances y nuestra propia muerte de frente y sonreír por ello ya que nos viene pisando los talones.
Su obra es una invitación a la magia de las profundidades.
Irma Zermeño ©
Septiembre 2012.
martes, 21 de agosto de 2012
Las raíces que imagino
Las raíces que imagino
Por hermosas que puedan ser las palabras, tendemos a olvidar la raíz de donde proceden como miramos las flores sin pensar en sus abajos o sus entierros. La mirada se clava en los pétalos, en los colores, como somos cada vez más esclavos de nuestra estampa olvidando tantas veces la esencia.
Somos madera y raíz de la palabra, somos raíces de sangre y también, nuestra sombra de una sola pieza, ésa que no podemos fragmentar ni acomodar a nuestro antojo.
No somos siquiera dueños de nuestra sombra ni podemos romperla, como somos incapaces de cambiar la voz que tenemos y que tampoco elegimos.
Somos raíz, origen y fuente de silencio; ese mismo silencio que es capaz de oler cuando los besos se avecinan. Porque el silencio huele y a veces duele. Es capaz de llevarse todos los colores que conocemos, el clima, el ánimo y los antojos.
Y, sin embargo, no traiciona. Es más fácil traicionar con la palabra que con el silencio.
El silencio lastima a quien evita su propia compañía, a quien le duele ser quien es porque en silencio, vuelve a mirarse y deviene primer plano. Sus espinas, protagonistas. No hay distracción que sea cómplice del disimulo ni ruido que postergue una verdad. Y la verdad arde, raspa y abre una grieta y corta como la más fiera navaja. La verdad desangra. Y abre los ojos del desangrado.
Las raíces también son heridas, son de piedra, de tierra y sangre. En su cara más vistosa, son follaje, ramaje y flores como la mujer es curvas y ojo de agua y cabellos al aire y guiño y coquetería que camina y animal que seduce.
Del lado de las raíces, el que nos confronta, el lado incómodo, la mujer es también culpas, esperas, vanidades, maquillaje y apariencias. Sabe ser látigo y sabe usarlo.
Sin raíces nos secamos pero apegados a ellas es imposible crecer. Es como el aplauso continuo que termina por matar la mejor parte de quien lo recibe. Una vez que se acostumbró a ello, deja de merecer lo que supo ganarse a pulso mientras se creaba a si mismo en la pureza de la intención.
El silencio es el lenguaje del que sabe qué hacer con las manos, es el idioma del que se reconoce y después de muchos esfuerzos, aprendió a aceptarse. Es el lenguaje del que sabe que callar duele menos y enriquece más. Callar como los portugueses a quienes la saudade arrastra y el fado hiere.
Vivir es, a veces, como ir dando tumbos en un mundo sin raíces donde la nada pasea, lenta, por cada una de las estaciones; donde el ego parece ser lo único que nos persigue y, a la vez, perseguimos. Vivir un mundo en el que el reconocimiento que nos importa es el que viene de afuera, como lluvia que escurre por fuera de cualquier ventana. Como si nuestra propia lluvia o la que ocasiona el llanto, la revelación, el placer o la conmoción, no existiera. El goteo que notamos, y comparamos, es de los otros. Y esos otros, a su vez, dentro de cualquier habitación, esperan la lluvia que les llueve afuera de cualquier ventana. Y siempre afuera.
Raíces me remite a dar con la raíz del silencio, con la sabia que antecede a las flores, el otro lado que somos; sentir el otro lado del aire, ser esa sombra del aire, toparnos con el otro lado del fuego y serlo.
Volver al lodo, al barro, volver a sacar el mar que llevamos dentro. Recordar que somos el mar. Mirarnos dentro y recordarnos edén del ave que fuimos; el ave azul que se presume frente al tronco, que se luce para él y para sí mismo y sin saberlo o, acaso sin saberlo, mientras cree lucirse lo que hace es contagiarse de esa solidez, de esa dignidad del tronco y el árbol todo. En ese momento, y en todos, la raíz es el tronco y es la tierra y es cada rama y cada ave que ahí descansa y cada flor que asome por pura e impecable que se presuma. Es contagio y recuerdo que al unísono somos. El coro inmejorable, la última gota de lluvia.
Significar cada gesto que no vemos y que nos siembra y fragua por dentro, volver a la semilla; hurgar más dentro, cavarnos, sacudirnos, renunciar a los restos y los trastos, las resacas en negativo; arrancar el polvo oscuro que nos acomodó encima el tiempo y su paso de fantasma bien ceñido del brazo de la experiencia, la frustración, el ego herido y también: los ojos que entornamos, las bocas que anhelamos y las voces con las que hicimos dueto y eco, donde fuimos canto y sinfonía.
Reacomodarnos a resonar como latidos del mar, como raíces del fuego que en ese solo instante, son dos piedras que se frotan entre sí. El fuego nos echó raíces desde que no tenemos memoria. Dentro, fuimos hoguera y danza y lugar donde calentar las manos y llamas de hembra y macho, nudos y amarres que no cesan hasta que cae el revés del agua, porque lo tiene. Como tiene revés el fuego y la palabra.
El agua tiene curvas de mujer y tiene revés como la ropa de mujer. Y como tiene revés todo lo bueno.
Y que los pies descalzos sean puentes de uno al otro, que sean zapatos en sí mismos, lo mismo que listones entre manos que entrelazamos, que sean trenza entre tu hebra y la mía, un mismo estambre, madeja para hilvanarnos a mejor. Pies y manos y derecho y revés de lo que somos. Piezas de una sola pieza.
Y vendrán los puentes para cruzar el agua, para esquivar las espinas y esquinas que también somos. Espinas de hembra y macho que se untan, se embarran, se afilan, espinas que envenenan. Y cortaremos la hierba, la recurrente, la que embriaga, la hierba ciega, la que embrutece y la que nos guste remojada en té para bebernos y hasta agotarnos. Hasta decantar.
Dejar de buscar los puentes que evitan el dolor y la vida, dejaremos que la vida nos arañe y muerda y, filosa, nos arranque un trozo de piel si es que aún hace falta. Dejaremos de creer en la perfección porque no existe. Sabemos que no existe como un día supimos de los reyes magos y de papá Noel y de dónde vienen los niños, pero la eterna vanidad es bruma, lo nubla todo; así insistimos en perseguirla como se insiste en buscarle seis pies al gato porque tres sí que los tiene.
Si existiera la perfección la imagino aburrida, tiesa y lacia, tan lacia y fría como un cuerpo que recién yace en la muerte. La perfección, de existir, es un cadáver.
Volver a las raíces y volver la cara al estallido que grita el fuego y en ese grito trae la memoria de los siglos, nos recuenta de lo efímero que somos y serlo sin miedo porque no tiene remedio. Se trata de detener los ojos en el agua y sus curvas, en las esquinas de las flores, de desmenuzar rajas de canela entre las manos.
Y elegir, como se elige a quién amar y qué piel acariciar hasta caer dormida, dejar de ser madera del puente que une al mar dulce y salado que llevamos dentro con el agua externa, la del pantano, la que nos maltrata y nos disminuye. La que se guarda en frascos, la que ahoga.
Dejar de regar piedras intentando suavizarlas y nadar a ese lugar en el que las despedidas no florecen y las palabras son lo que parecen: magnolias.
Y la espuma no surge de la rabia que alcanzamos, ahí la espuma es agitación de olas de mujer, es alas de mujer que huele a nomeolvides, a días y años y quédate siempre y no marchites ni me marchites.
Raíces que nos agiten con violencia y sean trayecto de vuelta a la tierra, sin dejar de lado las sutilezas y volvamos a llenar los huecos de las manos y podamos espirar en azul y sudar como los nardos.
Volver a sabernos muelle, laberinto y espiral, transición sin tregua ni remedio. Y jóvenes y viejos, hembras y machos a un mismo tiempo. Animales, heridas y suturas y remedos sobre la marcha. Y réquiems y lamentos, tangos y encierros hedonistas de dos en dos. Y volver a ser el mundo en ese espejo de dos. Ser y hacer el mundo, ser y hacer el amor.
Ser una digna danza hacia la muerte; bailar de cachetito con la muerte con zapatillas de gala; torearla, lucirnos con ella para entregarnos vencidos cuando nos bese la frente. Solo así vivir y así domarnos el miedo.
Dejar lo crudo y las medias tintas y los grises en todas su formas, ahuyentar las resignaciones, dejar el pánico de padecer locura cuando, sin excepción, perseguimos enamorarnos y perdernos como un par de locos. Y lanzarnos a encontrar a ese otro loco.
Remar más de prisa hasta arrancarnos de los ojos el paisaje de esa cueva donde reina el miedo y parece arrullarnos desde siempre, esa técnica profesional que tiene el miedo que nunca llegamos a vencer. Nos domina.
El músico o el aprendiz de violín llega un día a dominarlo a fuerza de práctica y disciplina. Nosotros no pasamos de ser aprendices ineficientes, no dejamos de ser malos músicos, mediocres, apagados por el instrumento del miedo.
El miedo es el violín que nos toma entre sus manos, es el chelo que nos aprieta entre las piernas creando la tensión musical que le conviene.
El miedo nos lleva en su vientre, nos mece y canta al oído por las noches, nos susurra mentiras. Un tronco miedo del que nunca pudimos separarnos. La raíz del miedo y sus esclavos.
Somos como hierba que crece débil a la sombra de ese arbolazo frondoso, tan verde, tan primavera; somos la hierba que no se atreve a crecer, a despegarse un poco, la hierba que se aferra a esa raíz, matiz entre vientre y miedo. Le concedemos una especie de contrato que cumplimos en juramento silencioso y de la manera más fiel y puntual que conocemos, mientras nos dura el aliento y el respiro. Nada menos.
Acaso queramos, alguna vez, alejarnos de lo crudo, de las urgencias cotidianas, de los abismos que muerden; quizá dejemos la sequía que tuerce, los restos de miradas, la limosna que damos cuando damos. Quizá podamos cansarnos de ser las sobras, las migajas, la simple probadita del banquete que debiera significar vivir.
Acaso dejemos de usar “herida” en el lugar donde llevamos el nombre y saber que las heridas son sólo sonrisas, al revés. Son su revés.
Me gusta imaginarnos posibles. Sin restos, rastros, ni despojos. Sin infiernos.
Retomar el fuego que alumbra y no el que quema, elegir el azul y dejar el negro previo a la ceniza; dejar la velocidad, el hastío, el cochambre y la hora prisa que da frutos insípidos y casi siempre, tan amargos e intragables.
Las raíces que nos duelen, imagino y dibujo que las tomamos entre las manos con toda la ternura que exista para olerlas, repasarlas, tocarlas, trenzarlas, y frotarnos el rostro con ellas, mojarlas de lluvia, tenderlas al sol y volverlas cuerdas con las que saltar y con las que atarnos el cabello. Y cuerdas de una guitarra que nos lleve en su centro, guitarra que nos recueste sobre sus piernas y nos devuelva niños. Y nos vuelva música del mundo. Y queramos dejar de aspirar a dioses y nos volquemos sobre tambores y darnos alas y raíces, al unísono, en un coro que es hembra y macho y es niñez y adultez y es vida que no teme a un punto final. Vida que echó por la borda el suspenso, en la que no late el temor, vida a la que no le preocupa la interrupción. Vida que vivir.
Seamos seres que no vuelan para alcanzar medallas sino madejas enredadas de risa, seres que quieren ser y saben por dónde ir, seres a los que moldea el silencio sin destruirlos. Ser escultura en proceso.
Dejar de secarnos el alma entre nudos, asfixia y torcedura.
Que las raíces sean los nudos de los amantes, que las bisagras solo abran puertas que no cierran más y olvidaron cómo; que los ramajes columpien al viento, que seamos fruto con el perfume exacto de la guayaba, que sigamos verdes y siendo parte del huerto de dignidad que florece de mes en vez y de vez en mes y de año en vez.
Que dejen de talarnos las apariencias; seamos leña que hacer de nosotros mismos cada tarde, cada mañana de poda, ser retoño, poema y espiga y, por favor, con ese garbo.
El poeta es raíz y el poema, el fruto, a veces tan dulce como almíbar que escurre sobre lo que le duele al poeta. Ahí, el poema deviene sonrisa que se presume sobre la herida y la vence. El poema le endulza las lágrimas al poeta, las enjuga.
Ahí, sonríe frente a la palabra que creyó gastada, las ilusiones que vio agusanarse y la fe perdida. Y doler ya no le duele igual porque ese dolor parió a la hermosura.
Que los pies descalzos que somos trepen al árbol y sean a la vez tierra, nido y golondrina, sean hijos y nubes. Y una postal acuareleada sobre estar vivo.
Y ahí está ese árbol de pie, a la altura de toda la dignidad que es capaz de existir en un mundo, acaso más.
Propongo de raíz, desjugarnos como granada sangre, rociarnos como olivas, echar por
la borda la insipidez del níspero, ese lento pelar de fruto hacia ninguna parte.
Seamos el ostentoso coqueteo de la magnolia, imitemos la inmensidad de la vieja ceiba, transpiremos el aroma del guayabo con todos sus albures, quitémonos la piel como un higo maduro.
De raíz, defender nuestras batallas como robles, lloremos como sauces donde el llanto nunca supo llorar más hermosura, seamos ventanas con las tantas vistas de la madreperla; volvamos a ser posibles como el plúmbago que parece imposible y puedo mirar desde aquí.
Como el poeta espigado, curemos como sábila cada grieta y cada ojal. Coser cada agujero con hilo de humo del copal, tener a la tierra por cama en una maleza humana que nos parece tan impensable.
Y volver a mirar nuestras raíces.
Irma Zermeño (c)
lunes, 7 de mayo de 2012
Sobre "Agonía de ojos negros" por Eduardo Casar.
Sobre "Agonía de ojos negros"... por Eduardo Casar.
Tiene usted en sus manos la posibilidad de una experiencia
insustituible: la lectura de un auténtica “novela lírica”, original y
perturbadora. Se trata de una especie de poema de amor que se despliega
narrativamente, con pocos personajes y en una situación límite, una situación
extrema donde se va de la vida a la muerte, y de la memoria al olvido.
El amor, esa entidad tan compleja e intensa que han creado
los seres humanos, explora y exhibe en esta novela precisamente sus matices,
aquello que lo hace vivo, interesante, imprevisible. Las historias de amor a
las que nos han acostumbrado las narrativas de los medios masivos y la cultura
visual de nuestra época, suelen ser bipolares, maniqueas y contundentes: en
cambio aquí, en Agonía de ojos negros,
Irma Zermeño ha construido un “amor constante más allá de la muerte”; su
lenguaje, poético y profundamente emotivo, va cincelando un universo que se
enfoca desde dentro de un estado de coma (en uno de los personajes), hasta afuera
de un insólito estado de paciencia. Y a todo ello lo une, curiosamente, una
fuerte sensualidad, donde, además de la piel (esa hermosa superficie del alma),
es el olfato el otro hilo conductor, como un rastro invisible del deseo.
El estilo de la autora nos invita a la interpretación, a la
reflexión sobre nuestra propia condición humana. Aquí está ya la partitura:
anímese a ejecutarla.
Eduardo Casar
martes, 27 de septiembre de 2011
Y dentro del cajón de las miradas…
El retrovisor como una metáfora de los ojos puestos atrás, la necedad de la repetición, una y otra vez. Ese mismo paisaje que parece escrito en bronce, esa lentitud, esa tardanza, esa negación a dar el paso sólido que exige este instante, la duda eterna de enfrentar el presente.
El cuerpo en primavera, el sol en los ojos, humedeciendo la frente; la cabeza acalorada y el regreso de esa postal otra vez. Otrora, la nieve. La niebla de las heridas.
El ayer no parece querer despedirse y no parecemos querer soltarlo, tampoco.
El frío que crece dentro, que echa raíces. La escarcha pegada al recuerdo, al dolor del ayer. Sin regreso.
Lo tardío. No saber desdecir, no querer hacerlo. Tampoco saber cómo hacerlo desde el miedo y la parálisis que conlleva.
Ella dice: Siempre tuve miedo de tu miedo y tuve razón en tenerlo.
De aceptarlo, se le congela el alma. No puede hacer más.
El invierno ya caduco en el calendario. Mas vive latente en las emociones, en el roce de los dedos, en el desierto de la palabra, en el desperdicio de los días, en el afán de la disculpa.
La flor brota a sus anchas, casi frente a sus ojos. Grita su existencia, casi brilla para ser reconocida.
Él no puede verla. Vencido, sólo puede mirar lo remoto, la sequía, lo ya imposible, lo marchito aun cuando florece a plenitud frente a sus ojos.
Le queda meterse entero en el cajón de la añoranza, dejarse ceñir por el marco negro de la memoria, regodearse en ese lugar tan conocido, tan recurrente, ese refugio que es también la derrota, porque lo es. Ese lugar imaginario que a fuerza de repetirse, convence. Y termina por devenir comodidad que no rima con serenidad.
Retroceder, retroceder, retroceder hacia ninguna parte. Ya se sabe.
Ese granizo sólo queda en la rendición; en sus postales de historias vividas. Los días le gritan otra cosa, exigen presente. Y sólo se le ocurre la mirada colgada hacia atrás, la retirada. La cobardía.
Y volver atrás, ¿volver a dónde, volver a quién?
Un retorno a la resignación, al vacío, a donde no hay camino, a las huellas de tierra que quedaron en el hielo y que el sol deshizo. Al ayer.
¿Cómo volver al ayer? Y aun con alguna respuesta posible ¿para qué ir allí, en aras de qué?
Echar en cara a la memoria que se enciende con el dolor, su combustible.
Decía un amigo: la memoria, como un perro, se echa donde le da la gana… y es así. Y no discrimina aunque a gritos, quisiéramos que lo hiciera.
Volver al recién hielo, desde el sol. Y a voluntad, a placer. Hasta ahí llega nuestra ceguera humana.
Volver a los brazos de la reminiscencia, a embriagarse en su olor; volver al disfraz de el valiente desde la semilla del miedo. Al paisaje nevado, a ese último aliento lleno de desaliento, a lo que queda de lo que no se ha podido vivir y se cree que así se cuida mejor: como ofrenda entregada a la tierra, como tributo a los dioses, como un regalo oculto al que, a pesar de todo, nos asomamos de vez en vez para confirmar que allí está, aun oculto, a vista profana y en un lugar que niega como el misterio de la noche la luz de un día gris...
El memorioso insiste en volver a antaño, aun quizá con disimulo. Y se convence de que en ese gesto, mira de frente a la victoria.
Dice el lugar común: Vivir en el pasado es empezar a morir.
¿Y cuándo vendrá la apuesta por el presente y algo de arrojo y cojones frente al riesgo de que nos hagan sentir vulnerables ?
¿Cuándo vendrán los esfuerzos renovados para que podamos bañarnos al sol dejando atrás la nieve que nos ha tocado el alma y que nos hirió tantas veces?
¿Cuándo dejará el miedo de envenenar nuestro contento?
El amor y la ilusión debieran parecerse al descanso. Dejar de lado el combate y el frío acumulado, dejar de manosear el hielo para que lo deshaga el sol mientras recargamos los ojos en la ventana al frente y mirar, sin velos ni apasionamientos, el paisaje que nos ofrece con todas sus posibilidades.
Irma Zermeño (c).
El cuerpo en primavera, el sol en los ojos, humedeciendo la frente; la cabeza acalorada y el regreso de esa postal otra vez. Otrora, la nieve. La niebla de las heridas.
El ayer no parece querer despedirse y no parecemos querer soltarlo, tampoco.
El frío que crece dentro, que echa raíces. La escarcha pegada al recuerdo, al dolor del ayer. Sin regreso.
Lo tardío. No saber desdecir, no querer hacerlo. Tampoco saber cómo hacerlo desde el miedo y la parálisis que conlleva.
Ella dice: Siempre tuve miedo de tu miedo y tuve razón en tenerlo.
De aceptarlo, se le congela el alma. No puede hacer más.
El invierno ya caduco en el calendario. Mas vive latente en las emociones, en el roce de los dedos, en el desierto de la palabra, en el desperdicio de los días, en el afán de la disculpa.
La flor brota a sus anchas, casi frente a sus ojos. Grita su existencia, casi brilla para ser reconocida.
Él no puede verla. Vencido, sólo puede mirar lo remoto, la sequía, lo ya imposible, lo marchito aun cuando florece a plenitud frente a sus ojos.
Le queda meterse entero en el cajón de la añoranza, dejarse ceñir por el marco negro de la memoria, regodearse en ese lugar tan conocido, tan recurrente, ese refugio que es también la derrota, porque lo es. Ese lugar imaginario que a fuerza de repetirse, convence. Y termina por devenir comodidad que no rima con serenidad.
Retroceder, retroceder, retroceder hacia ninguna parte. Ya se sabe.
Ese granizo sólo queda en la rendición; en sus postales de historias vividas. Los días le gritan otra cosa, exigen presente. Y sólo se le ocurre la mirada colgada hacia atrás, la retirada. La cobardía.
Y volver atrás, ¿volver a dónde, volver a quién?
Un retorno a la resignación, al vacío, a donde no hay camino, a las huellas de tierra que quedaron en el hielo y que el sol deshizo. Al ayer.
¿Cómo volver al ayer? Y aun con alguna respuesta posible ¿para qué ir allí, en aras de qué?
Echar en cara a la memoria que se enciende con el dolor, su combustible.
Decía un amigo: la memoria, como un perro, se echa donde le da la gana… y es así. Y no discrimina aunque a gritos, quisiéramos que lo hiciera.
Volver al recién hielo, desde el sol. Y a voluntad, a placer. Hasta ahí llega nuestra ceguera humana.
Volver a los brazos de la reminiscencia, a embriagarse en su olor; volver al disfraz de el valiente desde la semilla del miedo. Al paisaje nevado, a ese último aliento lleno de desaliento, a lo que queda de lo que no se ha podido vivir y se cree que así se cuida mejor: como ofrenda entregada a la tierra, como tributo a los dioses, como un regalo oculto al que, a pesar de todo, nos asomamos de vez en vez para confirmar que allí está, aun oculto, a vista profana y en un lugar que niega como el misterio de la noche la luz de un día gris...
El memorioso insiste en volver a antaño, aun quizá con disimulo. Y se convence de que en ese gesto, mira de frente a la victoria.
Dice el lugar común: Vivir en el pasado es empezar a morir.
¿Y cuándo vendrá la apuesta por el presente y algo de arrojo y cojones frente al riesgo de que nos hagan sentir vulnerables ?
¿Cuándo vendrán los esfuerzos renovados para que podamos bañarnos al sol dejando atrás la nieve que nos ha tocado el alma y que nos hirió tantas veces?
¿Cuándo dejará el miedo de envenenar nuestro contento?
El amor y la ilusión debieran parecerse al descanso. Dejar de lado el combate y el frío acumulado, dejar de manosear el hielo para que lo deshaga el sol mientras recargamos los ojos en la ventana al frente y mirar, sin velos ni apasionamientos, el paisaje que nos ofrece con todas sus posibilidades.
Irma Zermeño (c).
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sábado, 11 de junio de 2011
Nada
Ella busca emular los ojos repletos. Posa con sobriedad. El retrato ha de quedar esta semana. Han de quedar los ojos repletos, no los que se vaciaron sobre aquella carita pequeña al apagarse. Ha de quedar la melena sana, no la descabellada. Ha de quedar una sonrisa, no la que se llenaba de esas manos delgadas que aplaudían cualquier cosa. Han de quedar las mejillas rosadas, no las que el niño se cansó de sujetar entre sus manos. Ha de quedar el cuello, no el que se inclinaba, amoroso, a consolarlo. La frente en alto, no la que se sumerge en el recuerdo niño. Los hombros altivos, no los cansados de abrazarla en escondite perpetuo. El pecho erguido, no el que llueve por dentro, jaula de ese corazón machacado: el que fuera nido y manantial de su hambre virgen. Los brazos sueltos, serenos, a los costados, no los que tiran de esa pesadilla lumbre. La piel joven, no la que murió atada a esa risa bajo las sábanas; la misma que ha enmohecido por dentro y no cicatriza. El vientre delgado que insinúa ese vestido lujo, no el que lo sostuvo en milagroso rito. Las piernas cruzadas en pose perfecta, no las que apenas pueden con ella y su nuevo peso, de plomo, las que tiemblan y debaten si tiene sentido dar un paso. Los pies en la zapatilla, no los que han olvidado andar, no los sin dirección. Los pies, hojas secas.
Ha de quedar lo figurativo y no lo abstracto. Lo objetivo y no, lo subjetivo. Lo objetivo, de encontrarlo.
Has de saber, Marcela, que al pintor tanto le da que te duela. Que él repite tu gesto sin saber lo que contiene, sin imaginar siquiera la multiplicidad de tu desgracia, que Mariano no aparecerá en el retrato. De ninguna forma, aunque lo lleves tatuado en la frente y en las sílabas, aunque tú lo sientas reírse contigo y por la pose que adoptas, aunque tú escuches que juega a poca distancia del pintor, aunque esté ahí mismo pidiéndote un dulce antes de comer; sí, aun cuando tu mirada se detenga en ese horizonte de contarle las pecas, aún así, no asomará como una extensión tuya, nada de eso.
Y no, lo tuyo no es un retrato, es sólo lo que él se inventa, una hermosura que desconoces, que si tuviste eres ya incapaz de recordarla; una sonrisa que ni en sueños te empata con la Mona Lisa, porque en la tuya no hay enigma ni misterio, hay un porqué pletórico de tu gesto vacío, hay tragedia, hay valor de afrontar los amaneceres de una vida desierta, un desierto extenso y transparente; no hay pincel ni color para los trazos que modelen tu sonrisa; no hay blanco que encienda un destello en tus ojos, no, nada de eso, porque al pintor tanto le da estar atento a los significados, porque los tuyos serían terribles, o nulos, porque sería un cuadro blanco, enteramente blanco, o negro, despiadadamente negro, como un cuadro de Malevich.
Y porque no se trata de eso, sino de que se lo han pedido con miedo de perder o ver desaparecer lo que te queda, a sabiendas de lo que sigue, que será marchito; que cada día te apagas algo más, que de mirarte dan ganas de llorar, que el niño de tus ojos, porque en tu caso es el niño y no la niña, tuvo veneno en la sangre, porque nadie tiene la culpa, aunque te sepa a tuya, porque …¡joder! la vida sigue, aun así, aún miserablemente jodida pero sigue, y tenías que saberlo, Marcela, tienes que saberlo, aunque te pese, aunque lacere, aunque desees que la vida se marchite contigo, que se esfume; aunque quisieras que de golpe, el pintor volviera los ojos de la paleta y no encontrara nada, porque sería el retrato más justo y más espléndido de lo que eres, el más preciso: Nada.
Porque sería bueno saber qué entiende él por nada y cómo la representa, pero, nada, sigues ahí con tu cara mustia y forzada, obligada a fingir lo que no eres, a hacer aparecer palabras gentiles que no nacen, o que nacen muertas, como debió nacer Mariano , en todo caso, para evitar que cada día le tomaras más por tuyo, para morir antes de desbordarte por él, antes de ser nada, como tú ahora, que te esperan mujer y te esperan esposa y te esperan renovada y a ratos, amante. Nada.
Apenas estacionar un gesto que le recuerde a tu marido cómo luce la sonrisa en tus labios, para que intente recrear ese color de ojos que Mariano avivó, ese rojizo tono de pelo que tanto te lastima ver de nuevo, y nada, que ojalá te quedaras ciega para no decir “esos ojos, ese color de pelo”, y desmemoriada, para no saberlo tampoco, y sorda , para no empatar todos los nombres con ese único nombre clavado en tu lengua , y loca, porque sería más conveniente, porque es divino confiarse a la locura, decirse estar loco cuando a uno le duele todo por dentro, le duele la memoria y el alma; sí, porque estar así, frente a un plato de papilla y una mano ajena que te alimente se vuelve la ilusión más grande, y sí, pero nada, ahí sigues, con tu gesto de señora, con la joyería encima que detestas, con un tipo al que no has de gritarle que se vaya al diablo, porque necesitan algo más de tí que tu pesadumbre, que tu frontera de muerte, que tu palabra vacía, que tu humanidad hiriente y a medias, y tus pasos secos, otoñales, y tu futuro ofensivo y tu presente lastimoso, por eso y nada; porque dejaste de habitar el negro de tus ojos que este señor elogia y que dejó de ser el negro azulado de los cuervos para ser el de los zopilotes, y la gracia del movimiento de tus dedos, su aleteo, sí, porque quedaste desguangüilada y quedas como la piel del maniquí, así, así de absurdo todo esto, porque la única palabra que llegas a escuchar es :“mamita”.
Sí, porque el diablo asomó la cola en ese cuerpito de tres años, porque tus brazos se vaciaron al dejar esas flores encima de la tumba y ahí quedó tu fuerza última, por eso, nada más, porque este juego es necio, porque el pintor insiste en estar del otro lado de tu dolor, porque el tuyo no lo vence, porque busca tu presencia que no existe, porque ah, cómo te debeló Mariano, cómo te rindió a tu propio destino, cómo se quedó dentro, que ni el padre sabe lo que te tuerce su falta, que ni entiende cómo, porque ser padre no se acerca nada a lo que uno siente, que tus pasos se hayan vuelto huecos, y nada, que el hombre pide el fuego que tus cenizas niegan y no habrá más que darle. A nadie, porque aquella actitud dante que te definía, se enterró ahí, ahí mismo, apretadita, a la justa medida de los brazos niños y amarrada entre ellos.
Dale, que le siga, que se apure, que si acaso asomará algo será una lágrima, otra nueva, una más, que si algo lo interrumpirá no será de golpe tu sonrisa sino las huellas de las manitas embarradas de cajeta en el muro que da contra tu espalda o el gemido del cansancio de Mariano que ya te espera concluir este absurdo para correr a abrazarlo y acunarlo ahí mismo, que lo único que esperas que te supla es ese maldito retrato, que sea soberbio, que cubra las necesidades de quien lo exige, que pueda tu marido vaciarse en esa imagen, que le sirva, que te sustituya y te supere por mucho y puedas así dedicarte a acunarlo sin prisas y sin decepcionar a nadie…
Y ha de quedar esta semana. Así sea. Amén.
Irma Zermeño (c).
Ha de quedar lo figurativo y no lo abstracto. Lo objetivo y no, lo subjetivo. Lo objetivo, de encontrarlo.
Has de saber, Marcela, que al pintor tanto le da que te duela. Que él repite tu gesto sin saber lo que contiene, sin imaginar siquiera la multiplicidad de tu desgracia, que Mariano no aparecerá en el retrato. De ninguna forma, aunque lo lleves tatuado en la frente y en las sílabas, aunque tú lo sientas reírse contigo y por la pose que adoptas, aunque tú escuches que juega a poca distancia del pintor, aunque esté ahí mismo pidiéndote un dulce antes de comer; sí, aun cuando tu mirada se detenga en ese horizonte de contarle las pecas, aún así, no asomará como una extensión tuya, nada de eso.
Y no, lo tuyo no es un retrato, es sólo lo que él se inventa, una hermosura que desconoces, que si tuviste eres ya incapaz de recordarla; una sonrisa que ni en sueños te empata con la Mona Lisa, porque en la tuya no hay enigma ni misterio, hay un porqué pletórico de tu gesto vacío, hay tragedia, hay valor de afrontar los amaneceres de una vida desierta, un desierto extenso y transparente; no hay pincel ni color para los trazos que modelen tu sonrisa; no hay blanco que encienda un destello en tus ojos, no, nada de eso, porque al pintor tanto le da estar atento a los significados, porque los tuyos serían terribles, o nulos, porque sería un cuadro blanco, enteramente blanco, o negro, despiadadamente negro, como un cuadro de Malevich.
Y porque no se trata de eso, sino de que se lo han pedido con miedo de perder o ver desaparecer lo que te queda, a sabiendas de lo que sigue, que será marchito; que cada día te apagas algo más, que de mirarte dan ganas de llorar, que el niño de tus ojos, porque en tu caso es el niño y no la niña, tuvo veneno en la sangre, porque nadie tiene la culpa, aunque te sepa a tuya, porque …¡joder! la vida sigue, aun así, aún miserablemente jodida pero sigue, y tenías que saberlo, Marcela, tienes que saberlo, aunque te pese, aunque lacere, aunque desees que la vida se marchite contigo, que se esfume; aunque quisieras que de golpe, el pintor volviera los ojos de la paleta y no encontrara nada, porque sería el retrato más justo y más espléndido de lo que eres, el más preciso: Nada.
Porque sería bueno saber qué entiende él por nada y cómo la representa, pero, nada, sigues ahí con tu cara mustia y forzada, obligada a fingir lo que no eres, a hacer aparecer palabras gentiles que no nacen, o que nacen muertas, como debió nacer Mariano , en todo caso, para evitar que cada día le tomaras más por tuyo, para morir antes de desbordarte por él, antes de ser nada, como tú ahora, que te esperan mujer y te esperan esposa y te esperan renovada y a ratos, amante. Nada.
Apenas estacionar un gesto que le recuerde a tu marido cómo luce la sonrisa en tus labios, para que intente recrear ese color de ojos que Mariano avivó, ese rojizo tono de pelo que tanto te lastima ver de nuevo, y nada, que ojalá te quedaras ciega para no decir “esos ojos, ese color de pelo”, y desmemoriada, para no saberlo tampoco, y sorda , para no empatar todos los nombres con ese único nombre clavado en tu lengua , y loca, porque sería más conveniente, porque es divino confiarse a la locura, decirse estar loco cuando a uno le duele todo por dentro, le duele la memoria y el alma; sí, porque estar así, frente a un plato de papilla y una mano ajena que te alimente se vuelve la ilusión más grande, y sí, pero nada, ahí sigues, con tu gesto de señora, con la joyería encima que detestas, con un tipo al que no has de gritarle que se vaya al diablo, porque necesitan algo más de tí que tu pesadumbre, que tu frontera de muerte, que tu palabra vacía, que tu humanidad hiriente y a medias, y tus pasos secos, otoñales, y tu futuro ofensivo y tu presente lastimoso, por eso y nada; porque dejaste de habitar el negro de tus ojos que este señor elogia y que dejó de ser el negro azulado de los cuervos para ser el de los zopilotes, y la gracia del movimiento de tus dedos, su aleteo, sí, porque quedaste desguangüilada y quedas como la piel del maniquí, así, así de absurdo todo esto, porque la única palabra que llegas a escuchar es :“mamita”.
Sí, porque el diablo asomó la cola en ese cuerpito de tres años, porque tus brazos se vaciaron al dejar esas flores encima de la tumba y ahí quedó tu fuerza última, por eso, nada más, porque este juego es necio, porque el pintor insiste en estar del otro lado de tu dolor, porque el tuyo no lo vence, porque busca tu presencia que no existe, porque ah, cómo te debeló Mariano, cómo te rindió a tu propio destino, cómo se quedó dentro, que ni el padre sabe lo que te tuerce su falta, que ni entiende cómo, porque ser padre no se acerca nada a lo que uno siente, que tus pasos se hayan vuelto huecos, y nada, que el hombre pide el fuego que tus cenizas niegan y no habrá más que darle. A nadie, porque aquella actitud dante que te definía, se enterró ahí, ahí mismo, apretadita, a la justa medida de los brazos niños y amarrada entre ellos.
Dale, que le siga, que se apure, que si acaso asomará algo será una lágrima, otra nueva, una más, que si algo lo interrumpirá no será de golpe tu sonrisa sino las huellas de las manitas embarradas de cajeta en el muro que da contra tu espalda o el gemido del cansancio de Mariano que ya te espera concluir este absurdo para correr a abrazarlo y acunarlo ahí mismo, que lo único que esperas que te supla es ese maldito retrato, que sea soberbio, que cubra las necesidades de quien lo exige, que pueda tu marido vaciarse en esa imagen, que le sirva, que te sustituya y te supere por mucho y puedas así dedicarte a acunarlo sin prisas y sin decepcionar a nadie…
Y ha de quedar esta semana. Así sea. Amén.
Irma Zermeño (c).
domingo, 15 de mayo de 2011
Re-trato
Re- trato
Acepté hacer el retrato. Las fotos no agradecieron mi embriaguez al tomarlas. Como toda borrachera, en su momento las encontré inmejorables. Pasé la euforia, la resaca del vino y dos crudas.
Una en forma de insoportable jaqueca. Otra: la cruda realidad de pobres imágenes. No tuve la humildad de aceptarlo.
La idea, el formato ya concebidos; así traté de asirme a ellas. La imagen fue
apareciendo de a poco, adquiriendo el carácter que quise imprimirle. La composición renacentista, la luz ascendiente en diagonal.
De entrada, cierta indiferencia impregnó meses a la conquista del resultado; luego, mi perfeccionismo de siempre, ése, mi peor enemigo. Y es que los enemigos no traicionan.
Llegó la fecha que antepuse como límite de entrega. Solicité una semana más. Algo me dice que me costaba soltarlo, aunque fuera ese su único objetivo. Darle un término. Con gusto lo recargaría en alguno de mis muros.
Al ceder la tarde y con ella la luz, lo llevaba sobre mi hombro -cual tumba en peregrinación- a esa esquina en mi recámara que ataja en línea recta hasta los ojos recién despiertos. Le apostaba a esa primera mirada virgen, que hace al cuadro cubrir su exigencia, que me hace saber lo que le falta. Llegó a buen término; un buen cuadro.
Festejo y banquete japonés en mi honor. O en honor del cuadro terminado tras meses de espera. Generosa cena. Variedad de pescado fresco, colorido, algas que abrazan la aleta apenas inmóvil, la escama reciente, sobre alargados montículos de arroz al vapor apretado. Parecían recién salir del mar para mostrarse dispuestos adornando platones y viandas.
Al centro, una larga y estrecha hendidura sobre la mesa forrada en piel oscura, repleta de rojas rosas en tríos que parecían interminables. Otra peregrinación en rojo sangre. Rojo protagonista que enganchaba mi mirada robándola hacia esa otra realidad. La mía: el vestido carmín del cuadro; imagen entre holanes que no pude soltar como único horizonte durante toda la cena. De las rosas al vestido se cerraba el único círculo posible, ida y vuelta, de mi lugar preferencial en la mesa a la celosa imagen.
Estuve mudo en la charla, sordo a la música, ciego a los demás, ajeno hacia los
interminables elogios. Consumí la sopa de golpe, ignoré su sabor hasta que percibí un trozo de queso soya detenido en la lengua. El mismo que me hizo cambiar el rumbo, me traía de vuelta a la cena. Me hacía por un segundo –acaso- olvidarme de la vista inquieta alineada en ese último hijo de mis manos, allí encarnado y digno. De pie cara a cara con su origen: ella.
Ella, que desde el instante que me recibió en la puerta, encontré distinta. Más joven, más delgada, derramando hermosura. No sé si más joven, no sé si más delgada. A todas luces, la sé distinta. Otra. Distante por mucho del reflejo en el pesado peregrino que cargó mi lomo tantas noches, el mismo que me retaba por amaneceres a la vez que era testigo en mi despertar.
Ella, la modelo. Él, el peregrino. Yo, el culpable.
La confusión encajada en esa nueva percepción. Cómo deslindar ese filoso triángulo. Si yo mismo soy una de sus aristas. El árbol y su fruto maduro, yo diría: pleno.
La semilla y el tiempo. La espera y el resultado afortunado. Mi pincel y su eco.
Entre los dos -ella y yo- a una distancia majadera, ese lienzo vivo que se generó
poco a poco.
Lo tuve para mí sin ella; entre noches de insomnio y bocetos; entre dudas y
posibilidades.
Conté apenas con una débil referencia en fotografía. De mala calidad, casi un
susurro empañado. Pero eso es lo de menos.
Esta noche aquí, cual celebridad, sostenido con soberbia en un lugar -que me es ajeno- como en pedestal, frente a mí y tan lejano a mí. Conmigo tanto tiempo a solas en coqueteo constante, en complicidad próxima, en diálogo privado e íntimo y ahora, con mayúscula insolencia me reta con su presencia altiva: me exhibe su nuevo y lujoso domicilio, lo restriega sobre mi rostro indeciso. Me grita, se regodea en su lograda independencia. Sin ápice de timidez me cuestiona la herencia que pude darle.
Tacha mi egoísmo. Se afirma un mero pretexto temático, un endeble barandal. Una escena más como tantas en mi vida de pintor. Parece enfatizar mi duda; si el resultado -dice- me favorece o la favorece a ella, si he sido justo.Difícil paradoja. Imprudente cuestionamiento cuando viene del mismo fruto, de la ironía que hice nacer, a la que di vida.
La injusticia perpetua; es una desventaja añeja; no descubro nada. El escultor se queja desde siempre de la fría temperatura del mármol en comparación con la cálida, temblorosa piel de la modelo que entre pudores se ofrece.
Mas hoy es mío el vacío, es mío ese espacio agrio que tuerce, enreda y anuda por dentro. Que más da cuantos lo han sentido.Soy yo quien enfrenta esa encarnación. Yo quien la firma.
Cuánto pudo cambiar ella en unos meses; no,no ha cambiado. Se siente halagada, favorecida por mí en las piernas torneadas, en la lisura del rostro y su expresión inocente. Se mira a placer, se reconoce a fidelidad; se gusta más de lo que puede aceptar en el espejo.
La imagen rebasa por mucho su expectativa que no era poca. Festeja, brinda, está orgullosa. Se presume abiertamente.
Su pintor consentido, todo su talento, ha clavado su energía en ella, la ha
reproducido de manera intacta, cabe decir mejor, según sus palabras.
Es mi mirada exigente que no sabe empatarlas. A ambas. Ellas, y su semejanza
incuestionable. La naturaleza -de ambas- y las visiones que de ella inspiran.
Lo esencial.
Me quedo con un sabor amargo en la boca. Injusto con el pescado fresco.
Quedo con cada espina de las rosas detenida en la garganta espesa. Me duele cada mirada ajena que se posa en la imagen teniéndola a ella -como yo- de frente. Me jode esa cercanía. Me lastra el silencio de quienes las miran juntas.
Aun cuando el silencio termine en verbal aplauso. Para mí, aplauso mudo, ingenuo.
Se lo digo; le ofrezco algún retoque. Me expongo con atrevimiento.
Habrá que reducir el contorno para ceñirlo al muro que le ha escogido. Me tienta esa nueva posible cercanía. Busco aprovechar el retorno; hacer venir la peregrinación aun pasajera.
La hago ver que la imagen dista de su belleza, que me quedé corto. Lo niega a
carcajada abierta. Rechaza mi sugerencia, cada palabra que le sabe a humildad absurda, a insistente mentira.No quiere que se toque el cuadro nuevamente. Me siento contrariado.
Obedezco mi instinto, quiero llevarlo conmigo a solas, tenerlo cerca. Que dicten los ojos, que traduzcan ese grito estridente de ausencia, de falta que retumba en mis sentidos.
Nada. Nadie parece entender que tenerlas juntas me provoca un regusto de fracaso, me tumba. Sólo confirma, hace patente la futilidad del retrato, nunca rendirá tributo ni será a medida mientras exista el origen en continua referencia.
Sólo sin ella; sin ese testimonio de vida, de fresca belleza móvil sería un retrato
hermoso. Parece serlo, lejos de mi mirada.
Antes, la modelo como personaje, como herramienta dialogando con el resto. Una referencia similar, un puente visible, un préstamo voluntario, un perfil posible. Tan solo un molde; un re-trato. Un volver a tratar. Y vaya que hay que volver y volver.
Eterno retorno hacia ninguna parte. Una representación, como en el mundo del teatro, un velo.
Yo y esa amargura que me cuesta tragar.
Ella y el sabor de satisfacción, de agradecimiento inmerecido.
Al encarnado sólo le pido margen lejos de ella. Como cuadro, como escena e imagen, me satisface, más que eso. Como retrato, siento la pálida visita del fracaso aun en su forma más sutil, más disfrazada. Achicaré el contorno y lo enviaré de vuelta. Dejo el molde.
La diferencia: no seré yo del otro lado de la puerta, quien la mire abrir con esa nueva hermosura que ahora parece estrenar.
La decepción, como el cuadro, no son cosa efímera.
Irma Zermeño (c).
Acepté hacer el retrato. Las fotos no agradecieron mi embriaguez al tomarlas. Como toda borrachera, en su momento las encontré inmejorables. Pasé la euforia, la resaca del vino y dos crudas.
Una en forma de insoportable jaqueca. Otra: la cruda realidad de pobres imágenes. No tuve la humildad de aceptarlo.
La idea, el formato ya concebidos; así traté de asirme a ellas. La imagen fue
apareciendo de a poco, adquiriendo el carácter que quise imprimirle. La composición renacentista, la luz ascendiente en diagonal.
De entrada, cierta indiferencia impregnó meses a la conquista del resultado; luego, mi perfeccionismo de siempre, ése, mi peor enemigo. Y es que los enemigos no traicionan.
Llegó la fecha que antepuse como límite de entrega. Solicité una semana más. Algo me dice que me costaba soltarlo, aunque fuera ese su único objetivo. Darle un término. Con gusto lo recargaría en alguno de mis muros.
Al ceder la tarde y con ella la luz, lo llevaba sobre mi hombro -cual tumba en peregrinación- a esa esquina en mi recámara que ataja en línea recta hasta los ojos recién despiertos. Le apostaba a esa primera mirada virgen, que hace al cuadro cubrir su exigencia, que me hace saber lo que le falta. Llegó a buen término; un buen cuadro.
Festejo y banquete japonés en mi honor. O en honor del cuadro terminado tras meses de espera. Generosa cena. Variedad de pescado fresco, colorido, algas que abrazan la aleta apenas inmóvil, la escama reciente, sobre alargados montículos de arroz al vapor apretado. Parecían recién salir del mar para mostrarse dispuestos adornando platones y viandas.
Al centro, una larga y estrecha hendidura sobre la mesa forrada en piel oscura, repleta de rojas rosas en tríos que parecían interminables. Otra peregrinación en rojo sangre. Rojo protagonista que enganchaba mi mirada robándola hacia esa otra realidad. La mía: el vestido carmín del cuadro; imagen entre holanes que no pude soltar como único horizonte durante toda la cena. De las rosas al vestido se cerraba el único círculo posible, ida y vuelta, de mi lugar preferencial en la mesa a la celosa imagen.
Estuve mudo en la charla, sordo a la música, ciego a los demás, ajeno hacia los
interminables elogios. Consumí la sopa de golpe, ignoré su sabor hasta que percibí un trozo de queso soya detenido en la lengua. El mismo que me hizo cambiar el rumbo, me traía de vuelta a la cena. Me hacía por un segundo –acaso- olvidarme de la vista inquieta alineada en ese último hijo de mis manos, allí encarnado y digno. De pie cara a cara con su origen: ella.
Ella, que desde el instante que me recibió en la puerta, encontré distinta. Más joven, más delgada, derramando hermosura. No sé si más joven, no sé si más delgada. A todas luces, la sé distinta. Otra. Distante por mucho del reflejo en el pesado peregrino que cargó mi lomo tantas noches, el mismo que me retaba por amaneceres a la vez que era testigo en mi despertar.
Ella, la modelo. Él, el peregrino. Yo, el culpable.
La confusión encajada en esa nueva percepción. Cómo deslindar ese filoso triángulo. Si yo mismo soy una de sus aristas. El árbol y su fruto maduro, yo diría: pleno.
La semilla y el tiempo. La espera y el resultado afortunado. Mi pincel y su eco.
Entre los dos -ella y yo- a una distancia majadera, ese lienzo vivo que se generó
poco a poco.
Lo tuve para mí sin ella; entre noches de insomnio y bocetos; entre dudas y
posibilidades.
Conté apenas con una débil referencia en fotografía. De mala calidad, casi un
susurro empañado. Pero eso es lo de menos.
Esta noche aquí, cual celebridad, sostenido con soberbia en un lugar -que me es ajeno- como en pedestal, frente a mí y tan lejano a mí. Conmigo tanto tiempo a solas en coqueteo constante, en complicidad próxima, en diálogo privado e íntimo y ahora, con mayúscula insolencia me reta con su presencia altiva: me exhibe su nuevo y lujoso domicilio, lo restriega sobre mi rostro indeciso. Me grita, se regodea en su lograda independencia. Sin ápice de timidez me cuestiona la herencia que pude darle.
Tacha mi egoísmo. Se afirma un mero pretexto temático, un endeble barandal. Una escena más como tantas en mi vida de pintor. Parece enfatizar mi duda; si el resultado -dice- me favorece o la favorece a ella, si he sido justo.Difícil paradoja. Imprudente cuestionamiento cuando viene del mismo fruto, de la ironía que hice nacer, a la que di vida.
La injusticia perpetua; es una desventaja añeja; no descubro nada. El escultor se queja desde siempre de la fría temperatura del mármol en comparación con la cálida, temblorosa piel de la modelo que entre pudores se ofrece.
Mas hoy es mío el vacío, es mío ese espacio agrio que tuerce, enreda y anuda por dentro. Que más da cuantos lo han sentido.Soy yo quien enfrenta esa encarnación. Yo quien la firma.
Cuánto pudo cambiar ella en unos meses; no,no ha cambiado. Se siente halagada, favorecida por mí en las piernas torneadas, en la lisura del rostro y su expresión inocente. Se mira a placer, se reconoce a fidelidad; se gusta más de lo que puede aceptar en el espejo.
La imagen rebasa por mucho su expectativa que no era poca. Festeja, brinda, está orgullosa. Se presume abiertamente.
Su pintor consentido, todo su talento, ha clavado su energía en ella, la ha
reproducido de manera intacta, cabe decir mejor, según sus palabras.
Es mi mirada exigente que no sabe empatarlas. A ambas. Ellas, y su semejanza
incuestionable. La naturaleza -de ambas- y las visiones que de ella inspiran.
Lo esencial.
Me quedo con un sabor amargo en la boca. Injusto con el pescado fresco.
Quedo con cada espina de las rosas detenida en la garganta espesa. Me duele cada mirada ajena que se posa en la imagen teniéndola a ella -como yo- de frente. Me jode esa cercanía. Me lastra el silencio de quienes las miran juntas.
Aun cuando el silencio termine en verbal aplauso. Para mí, aplauso mudo, ingenuo.
Se lo digo; le ofrezco algún retoque. Me expongo con atrevimiento.
Habrá que reducir el contorno para ceñirlo al muro que le ha escogido. Me tienta esa nueva posible cercanía. Busco aprovechar el retorno; hacer venir la peregrinación aun pasajera.
La hago ver que la imagen dista de su belleza, que me quedé corto. Lo niega a
carcajada abierta. Rechaza mi sugerencia, cada palabra que le sabe a humildad absurda, a insistente mentira.No quiere que se toque el cuadro nuevamente. Me siento contrariado.
Obedezco mi instinto, quiero llevarlo conmigo a solas, tenerlo cerca. Que dicten los ojos, que traduzcan ese grito estridente de ausencia, de falta que retumba en mis sentidos.
Nada. Nadie parece entender que tenerlas juntas me provoca un regusto de fracaso, me tumba. Sólo confirma, hace patente la futilidad del retrato, nunca rendirá tributo ni será a medida mientras exista el origen en continua referencia.
Sólo sin ella; sin ese testimonio de vida, de fresca belleza móvil sería un retrato
hermoso. Parece serlo, lejos de mi mirada.
Antes, la modelo como personaje, como herramienta dialogando con el resto. Una referencia similar, un puente visible, un préstamo voluntario, un perfil posible. Tan solo un molde; un re-trato. Un volver a tratar. Y vaya que hay que volver y volver.
Eterno retorno hacia ninguna parte. Una representación, como en el mundo del teatro, un velo.
Yo y esa amargura que me cuesta tragar.
Ella y el sabor de satisfacción, de agradecimiento inmerecido.
Al encarnado sólo le pido margen lejos de ella. Como cuadro, como escena e imagen, me satisface, más que eso. Como retrato, siento la pálida visita del fracaso aun en su forma más sutil, más disfrazada. Achicaré el contorno y lo enviaré de vuelta. Dejo el molde.
La diferencia: no seré yo del otro lado de la puerta, quien la mire abrir con esa nueva hermosura que ahora parece estrenar.
La decepción, como el cuadro, no son cosa efímera.
Irma Zermeño (c).
domingo, 13 de febrero de 2011
Don Gato
Don Gato
Para Sergio Jiménez,
Como corrido ranchero eras: “Viudo, divorciado y abandonado, en ese orden”.
“Viejo prolijo e insensato”; enemigo de los calcetines; amante repetitivo de la camisola de mezclilla desfajada, el suéter azul marino y los tenis blancos de lona percudida.
Vaqueros deslavados que siempre parecieron grandes sobre tu angosto talle: el mismo del Capitán Gato. La misma vivacidad. Un caifán.
Estoy tan orgullosa de tí que quiero presumirte. Dijiste, “yo tan orgulloso de tí, que te
quiero para mí solo. Nosotros somos nosotros. Acaso eso”.
Podías llamarme nietecita a tu antojo, repetirlo sin límite. Llamarme “el regalo de tu invierno”. No me perdonaste parafrasearte y llamarte abuelito. Eso no. Era tu juego. Jugar a “mi abuelo, al viejito antigüito” y liberar así mi defensa. Aclarabas en público tu preferencia por mí, defendías nuestro lazo puro. Puro.
Me hablaste de tus querencias, de “esas viejas rancias” con que buscabas compañía. Las que pasaban ratos contigo desempolvando libros, escuchando tus relatos, compartiendo tu negro despliegue de humor y –sobre todo- cálida sabiduría.
Miau-Tse-Tung, testigo. Envidiable escucha de tu voz recia, acompasada y firme.
Querías “envejecer con dignidad”. Vaya si lo hiciste. Montado en ese pupitre, vecino al mío, en que el sol te llegaba del oriente. Ahí mismo, donde te negabas a “acondonar” los textos. Los pies inquietos, ibas y venías… recitando a los clásicos en perfecta y sólida entonación. Una vida en ello.
“¡Coooño!” , gritabas cuando un verso te atoraba entre sus letras tenaza. Octavio Paz devenía claridad, asimilación, fácil lectura. Dedo índice al alza, esperando el turno a participar. Un niño. El espíritu niño reisidía en tus ojos brillantes, expresivos. Risa fácil. Carcajada ante el menor de los pretextos.
Había esa “otra realidad diagonal” entre nosotros. Complicidad en tus recados, en tu búsqueda de mi mirada aprobatoria. La “florecita” no hizo sino festejar el encuentro. Sino brindar por la magia de tu cercanía; sino grabar en la memoria cada una de tus frases.
-¿Qué le ves a este viejito apestoso?
- Espera… ¿tienes con qué apuntar? Y te dicto…
Nos enamoramos, a un mismo tiempo, de la poesía. Nos dispusimos a entender.
Seguiría Grecia. Frente al mar Egeo te acomodarías en una banca. El pelo y la barba crecidos a lo indecible. Yo, por ahí cerca, lograría vender artesanía mexicana. Tú, a escribir. Yo, a dibujar los gatos que ocuparan el relato. Muchos. Gatos esfinge.
Tu cara de hacha se perdería entre el pelo abandonado. “Mi sonrisa bastaría para lograr las ventas”, decías.
Habías conocido, a fondo, el éxito y el fracaso. En ese sentido, no te preocupaba nada. Desapegado de los dineros, de los excesos. La biblioteca del Ajusco y un buen cigarrillo en boca. Buen café entre las manos. Y la florecita cerca. Floreciendo por tu luz, por tu aliento.
La hooligan que tanta gracia te hacía. Los dibujos en su honor, grabadora sobre el hombro y zapatos rudos. Pesados. La conmovida por tu existencia. La dueña de ese cariño inmerecido. Inmerecido siempre.
Quien no compartió tu gusto por los huevos sin yema o sal ni por las rodajas de jitomate; la que olvidaba acercar el azúcar mascabado tras el desayuno. La que, entre risas, burlabas de comerlo todo con chiles toreados. La que se atrevió, entre pinceladas, a insinuar la sombra de un perro detrás de un gato. Inaceptable. Lo devolviste, indignado.
Prometí desaparecer al perro porque “los perros son los gatos de los gatos”.
A quien confesabas que recién te dejaba “la última vieja”; quien supo después, que fuiste tú quien la dejó de lado. A quien esperabas presumir esa dentadura comprada, reluciente y cerámica.
“Ahora sí me va a ver con sonrisa de chamaco, con sonrisa de millón de dólares”, contabas por ahí.
“Profe, piérdale el asco a esa mujer y bésela” , te dijo alguien entre bromas.
“Nunca vuelvas a mencionarla, metiche de mierda, esa mujer es sagrada, es mi nietecita, cómo se te ocurre”…
Enojón, gruñón, enérgico, neurótico acentuado siempre de ternura.
El azar nos entrelazó una tarde. Hilaste cabos. Venía acompañada. Me supiste feliz en esa compañía. Lo dijiste. Tu cara se trabó. Nuestro abrazo fue torpe. Apresuraste la retirada.
Se espaciaron tus llamadas. No quisiste, pese a mi insistencia y tu previo entusiasmo, celebrar tu cumpleaños conmigo.
“Te lo voy a decir en griego: No me estés chingando, no me invadas”. Y otra vez: “Nosotros somos nosotros, nadie más”.
Terminaste el libro. Llegaron título y portada. Sería la forma de celebrar el nuevo año. “Ya no tengo tiempo, como tú, de esperar a las editoriales”. Lo costearías tú mismo.
La promesa: Sobre la banqueta a que dan las librerías, estaríamos un domingo juntos regalando el libro a quien le interesara, “y verles la jeta”. Yo, a tu lado. La promesa.
La tuya, para inicio del año: la sonrisa perfecta, el libro saliendo del horno y Grecia.
El segundo día del año recibí una llamada nocturna. Te buscaban. Preguntaban por tí, “ya ve que con usted se le pasa el tiempo y lo estamos esperando”. Me dio un vuelco el vientre.
“No le diga que la molesté para eso, que no me lo perdona”, dijo alguien.
Se confirmó la noticia. Postdata, Tu gato ha muerto.
El auto sin mover desde dos días atrás. Tú, que odiabas posponer el desayuno en la calle. El parabrisas tapizado de hojas secas, algunas varas. Se tumbó la puerta.
Televisión prendida, tú, de frente. Yacías ahí por algo más de veinticuatro horas.
A un costado, libro terminado. Perfectamente ordenado y dispuesto. Al frente, por supuesto en griego, reza:
Gracias Irma,
Serás el sol de mis eternas primaveras.
Debajo, la transcripción al español. La agradezco.
El maleficio. Las visitaciones del diablo. Te vas, jinete de la divina providencia. Tu rostro tan cerca de mí, apagado. Inerte. Mis dedos rozan la madera de la caja en que te han metido. No puedo ver tu sonrisa ni estrenarla contigo. Decirte que sí, que es la sonrisa del millón de dólares. Mis ojos y su discurso del dolor, la imaginan.
No puedo sacudir -como antes- tus cenizas que me llegaban con el aire sino imaginar las que serás en unas horas.
La antorcha encendida. Corona de lágrimas. Flores blancas alrededor mientras Florecita gotea, derrama pétalos. Se marchita.
Miau-Tse-Tung tendría tanto que contarme mientras me calzo los zapatos dispares que tanto elogiabas. Los paréntesis que generabas en aras de festejarme. Sin eco ajeno. Tanto nos daba.
Única destinataria de tu acento jocoso. Tú, mi porra incansable.
La historia de los colores, el diccionario del amante griego, la pronunciación impetuosa de tu italiano, Tabucchi, Amada y la braga… Los travestis, Toulouse Lautrec, las plumas y lentejuelas bordeando mi cuello. El abrazo insospechado del huraño, finalmente agradecido. La abejita, las mañanitas en griego, el imitador. El causante de mi incipiente incursión en actuación. Locura todo.
“Mi niña bonita, nena, mi amiguita; te digo que dejes ya esa hierba, mira cómo te tiene diciendo locuras”, repite el eco en mi memoria…
Mi judío rebelde, mi cara de hacha, mi Capitán Gato, mi feo más bello. Y la senda de gloria.
Con Zeus, en el Olimpo, qué más da. No estás. No para mí sino apenas distendido entre las aguas del Egeo…
“Next!” gritarías eufórico en un momento así. No es tan sencillo.
Ojalá lo fuera…
Si supieras cómo me hablas desde que no estás, cómo apareces.
Desde que no eres.
Irma Zermeño ©.
Para Sergio Jiménez,
Como corrido ranchero eras: “Viudo, divorciado y abandonado, en ese orden”.
“Viejo prolijo e insensato”; enemigo de los calcetines; amante repetitivo de la camisola de mezclilla desfajada, el suéter azul marino y los tenis blancos de lona percudida.
Vaqueros deslavados que siempre parecieron grandes sobre tu angosto talle: el mismo del Capitán Gato. La misma vivacidad. Un caifán.
Estoy tan orgullosa de tí que quiero presumirte. Dijiste, “yo tan orgulloso de tí, que te
quiero para mí solo. Nosotros somos nosotros. Acaso eso”.
Podías llamarme nietecita a tu antojo, repetirlo sin límite. Llamarme “el regalo de tu invierno”. No me perdonaste parafrasearte y llamarte abuelito. Eso no. Era tu juego. Jugar a “mi abuelo, al viejito antigüito” y liberar así mi defensa. Aclarabas en público tu preferencia por mí, defendías nuestro lazo puro. Puro.
Me hablaste de tus querencias, de “esas viejas rancias” con que buscabas compañía. Las que pasaban ratos contigo desempolvando libros, escuchando tus relatos, compartiendo tu negro despliegue de humor y –sobre todo- cálida sabiduría.
Miau-Tse-Tung, testigo. Envidiable escucha de tu voz recia, acompasada y firme.
Querías “envejecer con dignidad”. Vaya si lo hiciste. Montado en ese pupitre, vecino al mío, en que el sol te llegaba del oriente. Ahí mismo, donde te negabas a “acondonar” los textos. Los pies inquietos, ibas y venías… recitando a los clásicos en perfecta y sólida entonación. Una vida en ello.
“¡Coooño!” , gritabas cuando un verso te atoraba entre sus letras tenaza. Octavio Paz devenía claridad, asimilación, fácil lectura. Dedo índice al alza, esperando el turno a participar. Un niño. El espíritu niño reisidía en tus ojos brillantes, expresivos. Risa fácil. Carcajada ante el menor de los pretextos.
Había esa “otra realidad diagonal” entre nosotros. Complicidad en tus recados, en tu búsqueda de mi mirada aprobatoria. La “florecita” no hizo sino festejar el encuentro. Sino brindar por la magia de tu cercanía; sino grabar en la memoria cada una de tus frases.
-¿Qué le ves a este viejito apestoso?
- Espera… ¿tienes con qué apuntar? Y te dicto…
Nos enamoramos, a un mismo tiempo, de la poesía. Nos dispusimos a entender.
Seguiría Grecia. Frente al mar Egeo te acomodarías en una banca. El pelo y la barba crecidos a lo indecible. Yo, por ahí cerca, lograría vender artesanía mexicana. Tú, a escribir. Yo, a dibujar los gatos que ocuparan el relato. Muchos. Gatos esfinge.
Tu cara de hacha se perdería entre el pelo abandonado. “Mi sonrisa bastaría para lograr las ventas”, decías.
Habías conocido, a fondo, el éxito y el fracaso. En ese sentido, no te preocupaba nada. Desapegado de los dineros, de los excesos. La biblioteca del Ajusco y un buen cigarrillo en boca. Buen café entre las manos. Y la florecita cerca. Floreciendo por tu luz, por tu aliento.
La hooligan que tanta gracia te hacía. Los dibujos en su honor, grabadora sobre el hombro y zapatos rudos. Pesados. La conmovida por tu existencia. La dueña de ese cariño inmerecido. Inmerecido siempre.
Quien no compartió tu gusto por los huevos sin yema o sal ni por las rodajas de jitomate; la que olvidaba acercar el azúcar mascabado tras el desayuno. La que, entre risas, burlabas de comerlo todo con chiles toreados. La que se atrevió, entre pinceladas, a insinuar la sombra de un perro detrás de un gato. Inaceptable. Lo devolviste, indignado.
Prometí desaparecer al perro porque “los perros son los gatos de los gatos”.
A quien confesabas que recién te dejaba “la última vieja”; quien supo después, que fuiste tú quien la dejó de lado. A quien esperabas presumir esa dentadura comprada, reluciente y cerámica.
“Ahora sí me va a ver con sonrisa de chamaco, con sonrisa de millón de dólares”, contabas por ahí.
“Profe, piérdale el asco a esa mujer y bésela” , te dijo alguien entre bromas.
“Nunca vuelvas a mencionarla, metiche de mierda, esa mujer es sagrada, es mi nietecita, cómo se te ocurre”…
Enojón, gruñón, enérgico, neurótico acentuado siempre de ternura.
El azar nos entrelazó una tarde. Hilaste cabos. Venía acompañada. Me supiste feliz en esa compañía. Lo dijiste. Tu cara se trabó. Nuestro abrazo fue torpe. Apresuraste la retirada.
Se espaciaron tus llamadas. No quisiste, pese a mi insistencia y tu previo entusiasmo, celebrar tu cumpleaños conmigo.
“Te lo voy a decir en griego: No me estés chingando, no me invadas”. Y otra vez: “Nosotros somos nosotros, nadie más”.
Terminaste el libro. Llegaron título y portada. Sería la forma de celebrar el nuevo año. “Ya no tengo tiempo, como tú, de esperar a las editoriales”. Lo costearías tú mismo.
La promesa: Sobre la banqueta a que dan las librerías, estaríamos un domingo juntos regalando el libro a quien le interesara, “y verles la jeta”. Yo, a tu lado. La promesa.
La tuya, para inicio del año: la sonrisa perfecta, el libro saliendo del horno y Grecia.
El segundo día del año recibí una llamada nocturna. Te buscaban. Preguntaban por tí, “ya ve que con usted se le pasa el tiempo y lo estamos esperando”. Me dio un vuelco el vientre.
“No le diga que la molesté para eso, que no me lo perdona”, dijo alguien.
Se confirmó la noticia. Postdata, Tu gato ha muerto.
El auto sin mover desde dos días atrás. Tú, que odiabas posponer el desayuno en la calle. El parabrisas tapizado de hojas secas, algunas varas. Se tumbó la puerta.
Televisión prendida, tú, de frente. Yacías ahí por algo más de veinticuatro horas.
A un costado, libro terminado. Perfectamente ordenado y dispuesto. Al frente, por supuesto en griego, reza:
Gracias Irma,
Serás el sol de mis eternas primaveras.
Debajo, la transcripción al español. La agradezco.
El maleficio. Las visitaciones del diablo. Te vas, jinete de la divina providencia. Tu rostro tan cerca de mí, apagado. Inerte. Mis dedos rozan la madera de la caja en que te han metido. No puedo ver tu sonrisa ni estrenarla contigo. Decirte que sí, que es la sonrisa del millón de dólares. Mis ojos y su discurso del dolor, la imaginan.
No puedo sacudir -como antes- tus cenizas que me llegaban con el aire sino imaginar las que serás en unas horas.
La antorcha encendida. Corona de lágrimas. Flores blancas alrededor mientras Florecita gotea, derrama pétalos. Se marchita.
Miau-Tse-Tung tendría tanto que contarme mientras me calzo los zapatos dispares que tanto elogiabas. Los paréntesis que generabas en aras de festejarme. Sin eco ajeno. Tanto nos daba.
Única destinataria de tu acento jocoso. Tú, mi porra incansable.
La historia de los colores, el diccionario del amante griego, la pronunciación impetuosa de tu italiano, Tabucchi, Amada y la braga… Los travestis, Toulouse Lautrec, las plumas y lentejuelas bordeando mi cuello. El abrazo insospechado del huraño, finalmente agradecido. La abejita, las mañanitas en griego, el imitador. El causante de mi incipiente incursión en actuación. Locura todo.
“Mi niña bonita, nena, mi amiguita; te digo que dejes ya esa hierba, mira cómo te tiene diciendo locuras”, repite el eco en mi memoria…
Mi judío rebelde, mi cara de hacha, mi Capitán Gato, mi feo más bello. Y la senda de gloria.
Con Zeus, en el Olimpo, qué más da. No estás. No para mí sino apenas distendido entre las aguas del Egeo…
“Next!” gritarías eufórico en un momento así. No es tan sencillo.
Ojalá lo fuera…
Si supieras cómo me hablas desde que no estás, cómo apareces.
Desde que no eres.
Irma Zermeño ©.
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